Con o sin niños

Hojeando por casualidad un manual escolar contemporáneo (1º de la ESO, Ciencias de la Naturaleza), tropiezo con una frase que me impacta. Dice así: “El tener o no hijos es una de las decisiones más importantes que puede tomar una persona”.

¿Cómo explicar el que esta frase, aparentemente inocente, me resulte tan chocante y corrosiva?

Antiguamente, se tenía descendencia de manera natural. No se pensaba demasiado. Un niño, una niña se imaginaba años después teniendo hijos, y a continuación nietos. No quiere decir ni que le hiciera una ilusión tremenda, sino que, del mismo modo que desde el principio de la vida una sabe que envejecerá y morirá, y lo acepta con naturalidad (sobre todo porque “¡cuán largo me lo fiáis!”), de mismo modo se cuenta con que, llegado un momento, tendrá hijos y luego nietos.

Hoy día cada vez es más frecuente que, desde edad tempranísima, un niño declare que “de mayor no quiere tener hijos”. Los padres lo celebran, ¡cómo no!, como una “gracia” más de su inteligente y precoz hijo. Pero es más bien un síntoma triste de todo un cambio de cosmovisión – casi de una decadencia de la especie. Claro: si hasta en el colegio tiene libros así, no me extraña.

Se inculca el elemento volitivo, de decisión personal – no de algo que es casi ley de vida, que es lo más natural. Así pues, los niños piensan, observa la enorme esclavitud que sus padres tienen con ellos, y en toda lógica, ven que de mayores vivirán mucho mejor apuntándose al “sin niños”.

Innumerables jóvenes y no tan jóvenes repiten esa declaración, “No pienso tener hijos”, con un cierto aire desafiante y como de alardear de algo (¿de inteligencia, de originalidad…?).

Así pues, por un lado tenemos la resistencia a tener hijos, y por otro lado el abrumador fenómeno de la hiper paternidad, la sobreprotección de los hijos, la idolatría de la infancia. A cada instante podemos oír las solemnes frases: “Mi hijo es lo mejor que me ha pasado”, “Mi hija es lo único que me importa”, “Mi hijo es el centro de mi vida”… Abundan los treintañeros y cuarentañeros cuyo único tema de conversación son sus niños, con sus colegios, clases, deportes, y cuyo desinterés por el resto del mundo y la vida es abismal… Los niños parecen absorber la totalidad del tiempo y energía de los padres; no les queda para más.

Estos dos fenómenos, la caída de la natalidad y la idolatría hacia los hijos, ¿no son dos caras de una misma moneda?

No creo que la natalidad vaya a crecer con más ayudas, más permisos maternos y paternos, más leyes para implicar a los padres en los colegios, mayor insistencia en que la paternidad absorba la vida todavía más. Más bien eso subraya el hecho de ser padres se ha constituido como una especie casi de categoría sacerdotal. No todos tienen una vocación de esa intensidad.

Ejemplo anecdótico, pero revelador, es cómo se habla hoy del hecho de cambiar pañales. Antiguamente eso era algo necesario y prosaico, como podía serlo el manejar una fregona. Hoy se menciona como si fuera un ritual sagrado, que los padres y no otros han de realizar… ¿Extrañará que los solteritos felices se asusten?

Más eficaz podría ser el regreso a la naturalidad, y que se tengan hijos como cosa obvia, sin tener que convertirlos “en el centro de la vida”. Pero entonces habría que quitar de los libros de colegio esos renglones sobre “la importancia suprema de la decisión de tener o no hijos”. Como decía un hombre de campo con aire de Sancho Panza: “Bueno, a uno le han regalado la vida… ¡pues habrá que dársela a otra gente!”. Sin más.




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