Comuneros

El 23 de abril, festividad de san Jorge, es para muchos el día del libro, por conmemorarse la fecha en la que fallecieron Miguel de Cervantes y William Shakespeare en 1616, pero son pocos los que, fuera de la comunidad de Castilla y León donde es festivo, lo asocian a una efemérides clave en la Historia de España: la batalla de Villalar (Valladolid) en la que el monarca Carlos I de España y V de Alemania sometió el levantamiento de los comuneros comandados por Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, hace ahora justo quinientos años.

Resulta curioso como un mismo hecho histórico puede ser explicado desde distintos puntos de vista con el paso del tiempo: a la sazón, Carlos I había llegado a España desde Flandes en 1517 con 17 años ignorándolo todo de España, subiendo impuestos y distribuyendo oficios y privilegios entre sus paisanos flamencos. Tras ausentarse por un viaje a Alemania, se aprueban nuevas exacciones al pueblo, tienen lugar la rebelión de Segovia a la que pronto auxilian Madrid y Toledo, el incendio de Medina del Campo, la negativa  a aceptar como rey a Carlos estando aún viva Juana, su madre, y todo ello hace que estalle una rebelión en gran parte del territorio nacional, pues también hubo revueltas en Murcia, Guadalajara, Úbeda y Baeza que serían finalmente aplacadas en la citada batalla, siendo decapitados sus tres promotores.

Los liberales de la Constitución de Cádiz ponían de ejemplo este hecho histórico como un reflejo de que las libertades no son un bien importado, sino que forman parte de lo más profundo de la idiosincrasia española. Para el romanticismo, los comuneros fueron unos precursores de las revoluciones burguesas que no dudaron en inmolarse en aras de la sagrada libertad, afirmando a la nación como sujeto del poder político frente al poder real.

Estudiosos como Menéndez Pelayo, Ganivet o Gregorio Marañón pusieron el acento en la resistencia que la nobleza y las ciudades medievales oponían a la creciente autoridad real de las monarquías nacionales, que iban apareciendo también en Inglaterra con los Tudor o en Francia con los Valois.

Durante la segunda república, desde Fernández de los Ríos a Azaña, se nos presentaba este episodio como una suerte de mártires tempranos de la causa obrera, si bien un mínimo análisis de las biografías de Padilla (regidor de Toledo), Bravo (yerno del rabino mayor de Castilla) y Maldonado (comisionado de la ciudad de Salamanca) basta para descartar cualquier similitud con unos sans culottes castellanos. Hasta el propio régimen del general Franco los miró con simpatía por su fácil aprovechamiento nacionalista y de rechazo a lo extranjero.

La constitución vigente de 1978 apuesta por una reconciliación simbólica entre la nación y la corona cuando proclama en su artículo primero que “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”, para concluir estableciendo que “la forma política del Estado es la monarquía parlamentaria”

En nuestros días aparece como un episodio desconocido para muchos, probablemente hasta para algunos de nuestros diputados en el Congreso, sobre el que se pasa muy de puntillas en algunos libros de Historia, si es que se le menciona, porque ¿para qué hablar de un ejemplo de sectarismo desacomplejado, de un despotismo sin prejuicios, de cómo gobernar sin escuchar a los gobernados, de una apropiación de las instituciones cuando no de su amortización, y de un abuso de poder sin más límites que la propia voluntad de quien lo ostenta? Y mucho menos de que hubiera personas dispuestas a jugarse la vida por su libertad y en defensa de las leyes que habían llevado a sus ciudades a la prosperidad de la que gozaban: ¿les suena?

Invito a los lectores a realizar una búsqueda en Google y contemplar por unos momentos el hermoso lienzo de Gisbert Pérez titulado “La ejecución de los comuneros de Castilla”, expuesto en la primera planta del Congreso de los diputados  en Madrid, y que, desde una óptica romántica, idealiza el momento sublime en que va a ser decapitado Juan de Padilla, vestido con galas militares mientras contempla el cuerpo yacente sin cabeza de Juan Bravo al tiempo que Maldonado sube al cadalso.

Les sugiero a mis lectores para el próximo verano la lectura de la novela “Castellano”, de Lorenzo Silva, editada por Destino, para disfrutar conociendo los entresijos de este pasaje histórico, y concluyo conque siendo el acontecimiento el que es, su interpretación dependerá de las gafas con que lo veamos, y ya sabemos que las lentes cambian con la edad, y las monturas con las modas. Una cosa es releer la Historia, y otra reescribirla.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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1 Comment

  1. Alatriste dice:

    Estimado amigo: sin duda las lentes cambian con la edad. Conozco el cuadro y la historia desde mis primeros estudios básicos y evidentemente la visión o la opinión sobre los hechos es muy distinta. Desde el desconcierto infantil ( cómo es eso de que españoles matan a españoles ? ), pasando por el romanticismo adolescente-juvenil ( rebeldes justicieros contra tirano opresores ) hasta llegar a una visión más sosegada, siempre sabiendo que las cosas, las más de las veces no ocurren por una sola razón, sino por la suma de muchas y siempre teniendo en cuenta el contexto temporal. La creciente pérdida de poder e influencia de la nobleza frente a la monarquía, el hecho de que la monarquía esté representada por un rey extranjero, con otros muchos territorios y títulos a los que atender y gobernar, los privilegios a la corte flamenca y el desprecio a los castellanos, otro posible candidato ( el príncipe Fernando si no recuerdo mal ) que tenía sus partidarios, los cuales preveían, igual que los del príncipe Carlos disfrutar de prebendas, ventajas y canonjías. Malestar del pueblo llano?. Seguro. Intereses de los nobles ? También. Lo que pasa es que la clase a la que le interesaba que reinase el emperador fueron más fuertes. Extrapolación a la época actual ?. Claro que sí. La Historia, aunque no se deba reescribir, se vuelve a revivir si no la respetas. Pero vaya, que me apunto el libro para este verano, porque seguro que me va a servir para aprender algo más.

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