Complejos de toda la vida

Cuando empezó esto de la democracia que iba para democracia pero se quedó en un camuflaje, en el disimulado escondite de tantos dictadores  de izquierdas, empezaron a crearnos el complejo de franquista. Logré sacudírmelo, incluso hoy me lo sacudo habiendo estudiado suficientemente la Historia para saber que si Franco no llega a ganar la guerra aquí se ve un ejemplar.

Bien pensado, me he pasado la vida superando complejos, he tenido narices para saltármelos a piola y personalidad propia para que me resbalara lo establecido, lo que se llevaba, lo que quedaba bien en una conversación.

Me han gustado Los Bravos más que Los Beatles, Raphael más que Elton John y Marisol más que Barbra Streisand. Nunca estuve dispuesto a formar parte de la gente que abría la boca con todo lo que viniera de fuera, con la de casos para el asombro que tenemos en España.

Prefiero a la Piedad del Baratillo antes que a la de Miguel Ángel en el Vaticano. El mármol bien esculpido es admirable, pero frío como él solo. Y la madera tallada para la congoja del Arenal es emocionante.

Me gustaron siempre las jovencitas. Sólo en ellas podía encontrarme, aún sin romperse, el mismo romanticismo inquebrantable de mi corazón. Las de mi edad venían ya de muchas vueltas, de sabérselas todas, con cristales en el estómago y gatos en la barriga. ¡Como que la mayoría de las mujeres son buenas, unas santas! Y un huevo. Me salí con la mía. Por eso con 60 años me casé con un encanto de 21.

Mis ideas siguen sin depender de las mudanzas de los demás, en un lamentable país donde creen que pensaré según donde se entierren unos huesos. Tampoco tengo el complejo de las tumbas.




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