El complejo de inferioridad del español

En la tarjeta de felicitación navideña de los Reyes de España, se ha vuelto a utilizar como soporte gráfico una foto de Felipe y Letizia junto con sus dos guapas hijas, Leonor y Sofía, pero esta vez tomada el día de la Hispanidad en un balcón del Palacio Real. Una imagen que sólo cabe identificar como navideña porque las firmas de los fotografiados van precedidas del habitual «Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo 2018», ya que no existe ni un mínimo detalle religioso u ornamental relacionado directa o indirectamente con la Navidad.

Esta especie de «asepsia» religiosa en la felicitación navideña parece ya una costumbre en los actuales Reyes (o en sus asesores), porque viene siendo de habitual uso también en anteriores navidades. Pero llama la atención que, pese a la parquedad extrema en palabras e imágenes de la tarjeta, se conceda igual espacio que el ocupado por el «Feliz Navidad…» a similar felicitación en lengua inglesa. Y esto de haber metido ahí el inglés despista un poco; pues habiendo reducido el texto a la mínima expresión y tratándose de la felicitación del Rey de una nación donde felizmente gozamos de una lengua tan universal como la nuestra, ¿seguro que resultaba imprescindible el inglés? ¿Acaso Isabel II de Inglaterra felicita la Navidad también en nuestra lengua?    

Sirva este ejemplo navideño para mostrar el sometimiento lingüístico que a todos nos puede afectar, gracias al complejo de inferioridad que arrastramos sobre nuestra cultura y nuestra lengua; y no sólo al compararla con la anglosajona. Pues aun asumiendo la importancia práctica que para la comunicación en el mundo actual ofrece la lengua inglesa (debido a la relevancia poderosísima que fue adquiriendo Estados Unidos) y su más que aconsejable conocimiento, nuestra renuncia al uso del español en demasiadas instancias y ocasiones, así como la gozosa aceptación pamplinesca de términos invasivos del inglés -que no hay ya palabro que no asumamos con normalidad-, nos está conduciendo a usos y situaciones rayanos con el catetismo más ridículo. Como sucede, por ejemplo, con la progresiva imposición como condición previa y sine qua non del dominio de la lengua inglesa, incluso para ocupar puestos de trabajo donde en absoluto sería necesario. 

Aunque quizás todo este afán desmedido por el inglés se deba a un gesto de mayor acercamiento con la potencia extranjera que -como bien nos recordaba recientemente Pío Moa- mantiene en nuestro suelo «la única colonia existente en Europa y en un punto estratégicamente clave; una potencia invasora ante la cual la mayoría de nuestros gobiernos y políticos se muestran desde hace mucho tan amigos-lacayos. Una colonia que resume  a la perfección la decadencia, incapacidad e hispanofobia de fondo de la actual oligarquía política española… Y que ejerce además un efecto corruptor y desmoralizador sobre la política española en general, y de absorción de recursos y empobrecimiento en el entorno del peñón, que cuenta con la mayor tasa de paro de España… Gibraltar simboliza igualmente el proceso de colonización cultural, auténtica “gibraltarización” por medio del inglés, exhibido como lengua superior y de prestigio por nuestros políticos y agentes anglómanos, y destructor de nuestra cultura. El inglés se presenta como la lengua de la ciencia, la economía, el arte, la milicia… desplazando al español paulatinamente a lengua  familiar y de subculturas. Esta amenaza, que los partidos prefieren ocultar,  tiene mucha mayor gravedad que los ataques al español en algunas regiones españolas». 

Amén, Pío, amén.




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