¿Cómo se ha de decir lo que se siente?

“Nos lo están quitando todo”, se oye decir. Dejando de lado si el privarnos de tantas cosas es con razón o sin ella, el hecho es que nuestro horizonte de posibles actividades ha pasado del infinito casi hasta el cero. ¿Qué nos queda, aparte de enaltecer hasta el extremo las tareas de pura supervivencia animal, y el empacho de imágenes virtuales? Pues el lenguaje. Con esta herramienta maravillosa podemos adentrarnos en el conocimiento y ensanchar el horizonte. Ana Frank en su buhardilla no paraba de leer y de estudiar. Edmundo Dantés (aun ficticio, valga por los verdaderos) se convirtió en otro hombre al ser instruido, aun sin libros, por su vecino de celda.

Cobra así más importancia que nunca lo que algún incauto puede considerar, si no se detiene en ello, que es asunto menor. Cuando acaso se trate de lo más crucial. A saber: mantener el significado de nuestras palabras, la personalidad característica de nuestro lenguaje.

Creo que las clásicas protestas contra los anglicismos que se producen desde el siglo pasado no suelen caer en la cuenta de cuáles son los más peligrosos. Oímos criticar, con razón, la prevalencia de palabras como “coffee, week-end, sales…” Alguno lamenta que los niños actuales no conocen el equivalente castellano de “timetable” o de “break”. Esto es ridículo, ciertamente, pero comparado con otras amenazas (como el decir “evidencia” por “prueba” o “problemas domésticos” en vez de “internos”) pues resulta menos nocivo.

Intentemos explicarlo. Decir: “Niños, copiad el timetable” es ridículo, sin duda. Pero no podemos afirmar que dañe a la lengua española, porque la palabra “horario”, aunque de momento desdeñen usarla, sigue existiendo y conserva todo su valor, no ha perdido ningún matiz. No ha quedado deformada. Ha sido ignorada, pero está ahí. Lo mismo al decir: “Os daré unos tips”; es absurdo, imitativo, tonto, hablar así. Pero la palabra castellana “consejo” no resulta tampoco dañada. La ignoran, pues vale, pero sigue así, intacta en su sentido, para quien quiera utilizarla. Del mismo modo siguen siendo válidas las palabras café, descanso, recreo, rebajas, fin de semana… y mil más. Así pues, su frecuente sustitución por el vocablo inglés será pedante, ridícula, servil… lo que quieran, pero no DAÑA la esencia de la lengua española.

El daño verdadero, tremendo y difícilmente remediable, se produce cuando, a consecuencia de una mala traducción (hoy día, el error de una sola persona puede llegarle instantáneamente a millones, que a su vez lo repetirán automáticamente) pues una palabra española empieza a utilizarse con un significado o matiz distinto del que hasta entonces tenía. Aquí tenemos evidencia, educación, cosas domésticas, consistencia, remover, promover… Se utilizan, cada vez más, de manera errónea pero nadie lo denuncia (hoy se denuncia todo menos eso, que es tal vez lo que más nos dañará a todos). En este caso no hablamos sólo de pedantería o servilismo; sino que la palabra castellana ha quedado herida de herida grave. Ya no tiene el significado, o el matiz o valor expresivo que tenía. Hemos perdido esa palabra. 

Es decir: lo verdaderamente nocivo no es emplear una palabra extranjera cuando tenemos la española equivalente. Lo enfermizo, lo mortal, es emplear palabras españolas deformando su significado. Porque entonces esa palabra deja de estar disponible. La pérdida es inconmensurable.

Evidencia. Vida doméstica. Palabras que vienen del latín, a su vez con raíces muy anteriores. Se necesitaron milenios para formar una palabra, una palabra que vino a expresar una realidad humana, y la palabra a su vez acaso fue contribuyendo a afirmar esa realidad. El mismo vocablo en diferentes tierras, según el uso, fue matizando su significado. Riqueza de la civilización; no lujo, sino necesidad básica humana y sólo humana… Todo eso destruido en un momento…

En español no se dice “billete inválido” sino “nulo”. Inválido significa otra cosa. No se “entra al salón” sino “en el salón”. “Hay mucha concurrencia” indicaría un salón concurrido, nada que ver con la competencia o rivalidad comercial. Ser consistente es una cosa, a no confundir con ser coherente. Se dice “denuncien cualquier información errónea”, no “alguna información”. Promover es una cosa, y ascender otra. Remover, se remueve el café, no es cesar a alguien en un cargo. Y la buena educación va aparte del sistema de enseñanza y de los estudios de una persona. De un libro no se tiran copias sino ejemplares… ¡Cuánto, por desgracia, podríamos seguir!

Al lado de este ingente daño, de esta privación básica y primaria que es una lengua hermosa en la que expresarse, pues el hecho de la pedantería o moda tonta de decir “coffee” por café es asunto menor. Sería preferible que emplearan TODAS las palabras extranjeras que quisieran, pero que NO TOCARAN las castellanas, adulterando su sentido, dejándolas deformadas e inservibles…

Lo curioso es que hasta el disfrute de la lengua inglesa, para los que también la amamos (aunque la preferida sea la española) pues se ve afectado por estos malos usos. A veces se da el caso de hojear un periódico británico, leer una frase como “the book sold a million copies” y, por un instante, tener la (falsa) impresión de un error. No es tal; está bien dicho. Pero los que tienen sensibilidad para las palabras han sufrido tantas veces al tener que oír “un millón de copias”, en vez de “ejemplares”, que al tropezar con la expresión original, pues ya la palabra “copy” resulta molesta, casi suena a error aunque esa vez no lo sea. 

Así pues, la deformación de las palabras no sólo mata la pureza del español sino hasta la calidad del disfrute de otras lenguas…

Hasta estando presos contamos con que nos quedará el lenguaje. Si perdemos eso… Nuestro Quevedo exclamaba apasionadamente “¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”. Pero sin palabras, ¿cómo lo diremos?




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