¿Cómo mantener la moral?

En días tan tremendos, es obvio que todos necesitamos hallar un soporte moral por algún lado. 

Encerrados en casa, inactivos, con perspectivas sombrías (en muchos casos, perspectivas de ruina sin más), es necesaria la fortaleza, la entereza, mantener el ánimo… como le quieran llamar.

Cómo se mantiene ese ánimo, eso es otro asunto. Ahí está claro que cada persona ha de buscarse sus propios recursos; que lo que levanta el espíritu de unos puede hundir el de otros.

La inmensa cascada de mensajes “positivos” que nos llega a diario, queramos o no, a todas horas… provoca reacciones muy diversas. Es muy cierto que la Humanidad siempre ha mantenido el humor y la frivolidad incluso en  medio de las peores catástrofes, porque tal vez eso es tan necesario como el aire o el mendrugo que saborea en época de escasez. No hay pues que irritarse por el aluvión de chistes que nos invade, aunque a los más “serios” nos haga poca gracia. 

Nada es nuevo, se dice. Cierto. Ya iba siendo raro que a nuestra generación no le hubiera tocado ni una guerra ni epidemia, algo tan inherente a la doliente Humanidad. Pero en fin: un elemento distinto siempre hay. Por ejemplo, esta parece ser la primera gran catástrofe épica que le sobreviene a una sociedad empapada de “pensamiento positivo”, y de “hay que ser feliz” como único lema.

Así pues, junto a los chistes (que éstos, como digo, se habrían dado también en otras épocas) nos encontramos ahora con miles de mensajes alegres y positivos. Con claridad afirmo primero: los que encuentren apoyo y ánimo en unos mensajes, bendito sea. Criminal fuera, ahora en estos momentos, criticar ni levemente lo que pueda animar la moral de algunas personas.

Se trata, más bien, de subrayar que lo mismo no sirve para todos; que lo que a unos ayuda, a otros les puede empeorar. Hay infinidad de familias encerradas en pisitos casi sin ventana, o que dan a un patio interior sin luz. No creo que les estimule el recibir mensajes como: “Disfruta del placer de estar en casa”, acompañado de fotos de espléndidas vistas de puestas de sol tomadas desde la terraza panorámica de un noveno piso. O mensajes recordándote la alegría de poder disfrutar de tus hijos, ay qué suerte, qué bella es la familia feliz, acompañado de tiernas fotos de lindos niños con sonrientes papás haciendo puzzles… pues qué entrañable, pero la convivencia familiar en general no es así, y este tipo de mensajes tan bien intencionados pueden resultar hirientes para muchos. Y no hay que recurrir al caso extremo de familias con problemas de violencia y demás. Simplemente quedándonos en lo “normal”, pues tener a unos niños todo el día en una casa pequeña, bregando a la vez con las infinitas dificultades de supervivencia estos días, pues… puede ser una experiencia infernal. 

Si a muchos ayuda e inspira un cierto mensaje, bendito sea. Pero a los susceptibles de que el mismo mensaje los haga ponerse peor… pues a éstos, para mantener la entereza, hay que aconsejarles que disciernan, y que con decisión corten la fuente de lo que puede desmoralizarles.

El famoso aplauso balconero vespertino, si eso eleva el ánimo de muchos, si eso contribuye a crear, como parece que está haciendo, una especie de espíritu nacional o de solidaridad mundial… pues, ¿quién podrá objetar a eso? Imposible. Pero… habrá a quien le chirríe, por mil razones. A este último, a quien puedo unirme, le aconsejaría que evitara el oírlo, que no viera los idílicos vídeos de familias felices sonriendo en sus balcones.

Eso de “Conócete a ti mismo” adquiere especial relieve en días como éstos. Hoy es crucial, para los retenidos en casa, el conocerse a sí mismos, discernir, acogerse a lo que les ayude y cortar de plano lo que les haga aún más daño. Son días de lucha por la supervivencia de la salud mental, además ya de la otra.

Se enfrentan, entre otras cosas, dos mundos. El del pensamiento positivo (sé feliz, sé feliz, convéncete de que es muy “diver” estar en casa), y el que considera que nos toca un período de enorme sufrimiento, que debemos llevar con resignación, sin espantarnos tampoco por ello.

A los que pertenecemos al segundo tal vez nos ayude el haber recitado muchas veces, a menudo en medio de burlas, lo de “en este valle de lágrimas”.




Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *