Como la noche y el día

A vueltas con Ana Frank, decía que se la “reivindica” muchas veces de manera absurda, y que muchos de los que la mencionan no parecen ni haberla leído. Y justo luego tropecé con una afirmación tan descabellada como que “Ana Frank era la Greta Thunberg de su tiempo”. Corta el habla oír semejante disparate. Pues salvo la edad similar (Ana era aún más joven), resulta difícil el hallar dos figuras más antitéticas.

Una es la que ni siquiera en medio de circunstancias atroces se enfada con el mundo. En Ana Frank no hay ni resentimiento, lo que en su caso sería más que perdonable. Acepta la vida tal como se le presenta y le saca el máximo partido. En su miserable escondrijo, leía muchísimo, y con verdadera ilusión por aprender; esto lo compartían sus compañeros de “piso”, en los que se racionaban el tiempo de uso de la mesa de estudio. Los benefactores les pasaban libros de la biblioteca, que había que devolver después de leídos. El padre de Ana y su hermana Margot se apuntaron a “un curso de latín por correspondencia” y trabajaban concienzudamente (la hermana era más aplicada aún). El chico Peter también estudiaba, aunque acaso con menos entusiasmo. 

El estudio era sin duda el sostén anímico de esa singular cárcel. Para Ana significaba el alimento de su vida interior, su conexión con el resto de la humanidad pasada y presente. Una lo piensa y… ¡es curioso! ¿Y si resulta que Ana (utilizo adrede su nombre españolizado, el máximo homenaje a los que acceden a la grandeza, cuando su nombre es patrimonio de todos y entonces presenta variaciones), que Ana tal vez tuviera una vida más gratificante que la de un joven displicente de nuestra era (obviemos por un momento la pandemia) todo el día viajando sin ton ni son y colgando fotos? Pues leyendo atentamente su diario, esto resulta bien posible. Se mantenía cargada de ilusión, de entusiasmo por cada libro nuevo, de interés por la vida. En torno al aparato de radio se reunían las dos familias con una expectación que nosotros ni imaginar podemos. Condiciones duras, durísimas, sí: pero la intensidad vital que allí se respiraba era máxima. 

Amante de la historia, de las genealogías, se confiesa monárquica. En un momento dado (siempre en pleno encierro, pasando casi hambre, temiendo en cada momento ser descubiertos, como efectivamente sucedió), escribe: “El príncipe Bernardo va a tener otro hijo. Me alegro”. La capacidad de alegrarse por estas cosas, ¿no indica una conexión profunda con el mundo, una armonía existencial? En otro momento, comentando otra noticia oída por la radio referida a Churchill-que iba a algún sitio en submarino-, exclama: “¡Es admirable! Ese hombre no conoce el miedo”. Esa capacidad de admiración, hallándose en circunstancias tan terribles (otro podía pensar que los riesgos que corriera Churchill siempre serían preferibles a su propia situación), indica una falta de rencor, un corazón tan sano que realmente… es el pasaporte para una vida plena. 

Da risa que alguien compare a esta niña (escribió desde los trece a los quince años) con el extremo opuesto que es la Thumberg, en cuanto a circunstancias privilegiadas y rencor hacia el mundo. 

Ana, en circunstancias terribles, amaba el mundo, del que se sentía parte plena (pese a la amenaza del nazismo, pero confiaba en su desaparición). Se encontraba integrada en su historia y su civilización, y quería estarlo cada vez más. Su horizonte aumentaba con cada libro: la Historia, la Historia del Arte, la mitología clásica, la Biblia. Llega a anotar: “Hoy por primera vez, nosotros, judíos, hemos celebrado la Navidad”

En el polo opuesto, tan opuesto que no cabe más, tenemos a una persona que es su absoluto contrario, tanto en circunstancias exteriores como en actitud vital.

Greta Thunberg está enfadada con el mundo, y sus circunstancias externas son de un privilegiado que no se da ni en los cuentos de hadas. Tan pronto la lleva a atravesar el Atlántico, en su yate de un millón de euros, el más apuesto de los príncipes de este mundo (Pierre de Mónaco, en otoño de 2019), como recorre toda Europa en la primera clase de los trenes escoltada por la policía mientras la aplauden y celebran millones de personas… Y con todo, se la ve amargada y llena de rencor. Odia el mundo, la Historia, la humanidad, y nada admira ni le interesa salvo su propia voz.

(Y lo más lamentable es que hay adultos que a Greta la ponen de “ejemplo” a los jóvenes. ¿Cómo es eso? Ah, sí, por la consigna de enseñarle a los jóvenes que “Hay que cambiar el mundo, cambiar el mundo” – esa cantinela nos la enseñaron desde el colegio- entendiendo  por eso, claro, el no esforzarse primero por conocerlo, y apreciar lo hecho hasta entonces, sino simplemente lanzarse a las calles a chillar y destrozar…)

En el fondo… es curioso, pero quitando los horribles últimos meses de campo de concentración, ¿y si la vida de Ana, allí en su cuchitril, pero conectada con la Historia, con la literatura, siguiendo la actualidad con interés palpitante, llena de amor por Holanda su país de adopción…, y si su vida fuera más gratificante y plena que la de Greta con el mundo a sus pies?

Pues es muy posible que sí.




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