Cómo hacerse p… en un trimestre

Los mismos que defienden que la Naturaleza no se toca y se niegan a fumigar en la marisma del Guadalquivir o a dragar el río, alegando que perturbaría el estado natural de las cosas, son los firmes partidarios del aborto o de cambiar las pautas sexuales desde la infancia para fomentar la homosexualidad sin ningún tipo de complejos.

A esta gente, la Naturaleza le importa lo mismo que a mí la Liga de cricket en Nueva Zelanda, o sea, nada, pero desean que los seres humanos comamos cardos borriqueros y, como mucho, algún insecto, porque todo lo demás es atentar contra esa Naturaleza buena, endiosada y más papista que el Papa, quien se encargó de adobar en una encíclica una empanada pseudo panteísta, entre mística y parvularia, que aún le crujen las cuadernas a la teología.

Son, a su manera, algo rousseaunianos y creen que el estado natural de las cosas reúne toda la bondad del Universo. Luego, cuando explota un volcán o el anófeles que transmite la malaria cerebral o el del virus del Nilo la lían parda, invocan con sus mantras el espíritu de Pangea y señalan, muy agudos, que la Tierra protesta y por eso devuelve el golpe. Para entonces, organizan una batucada y se beben una caja de destilados ‘rusonianos’, de Rusia, y se arrean unos lingotazos de vodka que tiembla la Unión Soviética inexistente de la que habla Fernando Simón.

La idiotez más luminosa la ha alumbrado Ángela Merkel, que el otro día volvió a sentar a su mesa a una adolescente cabreada llamada Greta Thunberg, como si el futuro de la Tierra dependiera de las ocurrencias inanes de una nena con el coeficiente moral de una salamanquesa y el coeficiente intelectual de una piedra.

Con el catecismo escolar del cambio climático creen haberlo resuelto todo, pero nadie sabe de qué van a vivir ni en qué van a trabajar más de 8.000 millones de personas en 2050, mientras Alberto Garzón proclama que ya nos comemos un planeta cada año, o cada mes, no sé, lo que hace suponer que piensa articular un sistema de cámaras de gas y crematorios del que pueda extraerse y servir de abono toda la materia deconstruida de los fachas y disidentes.

No hay barrera que detenga el pensamiento líquido de esta gentuza, que sostiene que prohibir los prostíbulos es una manera efectiva de acabar con la prostitución, como si la prostitución sólo se ejerciera o necesitara de los lupanares de fluorescentes en la puerta que tan bien conocen algunos directivos del PSOE de Andalucía.

Para colmo, la “ninistra” de Igualdad argumenta que la medida pretenden adoptarla para frenar el contagio del covid19, cuando es de sobras conocida su intención desde antes de la aparición del virus y lo que revela es la estrechez moral de esta progresía de banquete que defiende que “mi cuerpo es mío” para decidir un aborto, pero no es tuyo para ponerle precio de alquiler al sexo que practiques.

En definitiva, para bajarte los ligueros y zumbar con alguien, ahora tienes que presentar un certificado de que “sí es sí”, incluso a posteriori (y vale arrepentirse antes durante y después de la coyunda), pero también un certificado de que no pagaste un sólo pavo y no invitaste ni a un café al susodicho o a la susodicha, lo cual podría considerarse pago en especie.

Nos quieren célibes, a todos y a todas, y nunca tentar la suerte si no hay papeles de por medio que registren un contubernio fiscal preexistente, aunque a ver qué carrera política dentro de Podemos resiste una medida como esa después de que el marqués del FRAP haya convertido su bragueta en una agencia de colocación, porque lo que Iglesias y otros miembros y ‘miembras’ del partido morado tienen en la entrepierna es una oficina del SEPE, autorizada, eso sí, por el presidente del Gobierno, que una de las primera medidas que adoptó recién llegado fue colocar a su santa en una oficina ignota que organiza cursos universitarios sin que ella necesite ni siquiera titulación.

A buen seguro, a alguien se le ocurrió una vez vaciar un tronco o cocer el barro para fabricar un recipiente que le permitiera aprovisionarse de agua. Cuando se dieron cuenta de que aquello era útil, alguien encontró la manera de ganarse la vida y se puso a fabricar en serie esos cacharros y a intercambiarlos por un precio.

Algo parecido debió ocurrir con el sexo y pronto la ley de la oferta y la demanda le abrió la puerta a la prostitución. Luego, para facilitar las cosas y evitar rencores y esfuerzos innecesarios, concentró dicha actividad en un punto concreto, consolidando así la nueva actividad: el oficio más viejo del mundo…, dicen, pero también el más natural de todos los comercios, cuyas plusvalías y fuerza de trabajo las reparte la Naturaleza a su capricho en función de la rotundidad de formas y saberes.

El día que esta gente se dé cuenta de la inutilidad de sus esfuerzos vanos, llevarán a las universidades un máster sobre cómo hacerse puta o puto en un trimestre. Y empezarán por las escuelas con cursos favorables a la pederastia. Ya están en ello.

El efecto mariposa del que hablan estos ecolocos contempla con penas muy severas si tocas un bichito letal o una rama de un bosque y con ello pretenden protegernos de las agresiones de una Naturaleza ordenadamente caótica que genera desastres sin asomo de intención ni crueldad, pero luego se la suda por completo trastocar la cadena de reproducción humana convirtiendo la normalidad en anomalía y la excentricidad en cosa cotidiana, aunque la Ciencia les demuestre, como ocurre en Francia, que un homosexual activo no puede donar sangre por meras razones lógicas de salud pública.

He dicho.




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