Por Miguel Ángel Loma.
Ha ocasionado un cierto revuelo informativo, ocupando excesivo espacio en algún telediario como si se tratase de un grave y primordial suceso, el conocimiento de la grabación de unos desafortunados breves comentarios que se cruzaban dos o tres policías. Se trataba de unos comentarios privados entre agentes públicos, pero hechos al paso de los furgones de la Guardia Civil que conducían a la cárcel a Oriol Junqueras y otros ex miembros del Gobierno de la Generalidad, en cumplimiento de la prisión preventiva dictada por la jueza Lamela.
 
El alarmante tono e impostada importancia otorgado por algunos medios a tan chusco «notición», y la reclamación de una urgente actuación en todos los órdenes contra dichos policías (cuyas palabras fueron grabadas, por supuesto, sin su conocimiento) es indicativo del sesgado y enrarecido ambiente en que vivimos afectados por el «conflicto» catalán.
 
Cierto es que los comentarios tenían un tono sarcástico y poco caritativo respecto a una posible «acogedora» recepción de los reclusos preventivos a la llegada de su nuevo hogar, e incluso sobre una prodigiosa sanación de los problemas oculares de alguno de los imputados por métodos hoy muy normalizados. Y vale que no sonaban así como muy sofisticados… Pero ¿cuántos terribles comentarios y con peor mala baba llevan soportando últimamente estos policías y sus compañeros en Cataluña, por sujetos y sujetas que han sido emponzoñados en su odio contra las fuerzas de seguridad del Estado y lo que éstas representan?
 
Algunos contestarán a lo anterior, que aguantar ese tipo de cosas (escupitajos incluidos) va en los sueldos de policías y guardias civiles; y que han de adquirir la sensibilidad de un paquidermo ante toda clase de insultos, imprecaciones y descalificaciones. Y quizás ello deba ser así, mientras ejercen su tan a veces incómodo trabajo. Quizás. Pero esa misma obligación de aguantar lo que les echen, tendrían también que disfrutar quienes ahora han sido objeto de los inapropiados comentarios privados de dos o tres policías, ya que se trata de personajes públicos, y por ello quedan expuestos a críticas más o menos jocosas, pero sin llegar a tener contenidos delictivos.
 
Vale que esos comentarios policiales no fueron los más bonitos ni los más elegantes, cierto. Pero desde luego no adquieren ni el alcance ni la gravedad que le han pretendido dar algunos, intentado cargar sobre estos policías una responsabilidad poco menos que equiparable a la de quienes han conseguido, con sus ilegales y provocativas acciones y proclamas, enfrentar a media población contra la otra media, y lanzar a la gente contra las fuerzas de seguridad del Estado. Esos mismos que ahora se supone que han sido vejados tan terriblemente por unos comentarios privados, que a alguno sólo le ha faltado calificar como un delito de leso soberanismo contra el ex Gobierno de la Generalidad de Cataluña. ¡Venga ya!