¿Clubs de Lectura?

A veces se oye hablar de iniciativas que se diría deben alegrar el alma de los lectores. Por ejemplo, un reportaje informaba sobre la existencia, dentro y fuera de España, de  una especie de “clubs”, tipo club inglés de las películas, en los que se entra sólo para leer; en una sala provista de cómodos sillones, los que entran tiene prohibido hasta saludarse unos a otros para no alterar el silencio: allí se va a leer y nada más.

Esta originalidad puede resultar simpática, especialmente a los que recordamos el club de Phileas Fogg, el de Julio Verne, con más nitidez que si en verdad lo hubiéramos visto. Nos parece ver al caballero imperturbable desplegando con destreza su periódico inglés de enormes dimensiones… Sí; puede resultar entrañable “disfrazarnos” de él, y acomodarnos en la butaca, ignorando a los demás presentes en el elegante salón, enfrascado cada uno en su novela.

Pero en el fondo, ocurrencias como ésta, por simpáticas que resulten, no son una buena noticia para los amantes de la lectura. O mejor dicho (porque a éstos nadie les puede quitar lo suyo), para los que desean una sociedad más lectora, para los que quieren que se recupere este hábito. Porque una iniciativa de este tipo lo que hace es clasificar el hecho de sentarse a leer un rato en silencio como una extravagancia ya catalogada, que requiere de clubs especiales y de condiciones pintorescas. En una sociedad “que no sabe qué inventar”, pues la noticia del club de lectores en silencio se presenta como una originalidad más.

Quien tiene el hábito de leer saca su libro mientras va en el metro y lee, aun de pie, en medio de la multitud, tan ricamente. En el metro, o en las colas y las salas de espera que nuestro estilo de vida nos impone tan constantemente, y por supuesto, en casa en cualquier rincón. Leer es algo cotidiano; no requiere condiciones especiales.

Puede sonar esto algo pesimista, pero realmente la lectura es un placer, y las iniciativas para fomentarla, aunque sólo sea porque así la convierten en una especie de deber, suelen estar condenadas al fracaso.

No se me ocurre nada más difícil de fomentar a base de campañas. Si bien todo es difícil de fomentar – las campañas de “concienciación” contra el alcohol y el tabaco, abogando por la seguridad vial, por la ecología, etc, siempre son menos efectivas que las simples multas y prohibiciones – todavía cabe pensar que algo le podrán convencer a alguien; a fuerza de ver ciertas imágenes, una persona puede dejar de arrojar colillas, o terminar de convencerse de lo malo que es beber al conducir. En el momento de hacer algo “malo”, a lo mejor el recuerdo de una imagen castigadora vista mil veces puede frenar la acción. Puede ser.

Pero la lectura de un libro es trasladarse en otro mundo, es aislarse; en cierto modo es rebelarse. No se puede inducir a ello. Las anuales ferias del libro que se celebran en la Plaza Nueva, con su estruendosa megafonía que casi recuerda a otra feria, podrán estimular multitud de cosas -promociones, encuentros sociales… si beneficia a la ciudad, o aunque sólo sea al gremio, bien está- pero difícilmente la experiencia siempre solitaria de enfrascarse en un libro.

Y las del Libro Antiguo, en apariencia más gratas para los verdaderos lectores, pues allí hay libros sin megafonía y sin la esclavitud de la moda, también desilusionan a veces. Los precios desproporcionados de muchos libros que compraríamos por afecto, pero sabiendo que no tienen valor material alguno (ediciones populares de los años 70 y 80, que en las mudanzas suelen ir a la basura) subrayan que al comprador de un libro viejo se le considera necesariamente un coleccionista o un mini especulador. El simple lector, el que quiere darse el pequeño placer de una lectura o relectura, sin más historias ni coleccionismo ni clubes, irá siendo cada vez más raro mientras más se le quiera “promocionar”.



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