Cenizas

Mi corazón no se puede separar de esas familias canarias… Hoy todo es imagen. El Homo Videns y la sociedad del espectáculo son en realidad el verdadero magma mediático que funde lo esencial en unos segundos de destellos bien dosificados para impedir la introspección que algunas tragedias reclaman. Luego todo se olvida y queda sepultado por una nueva capa de lava mediática y así, sucesivamente, crece la montaña con sedimentos de imágenes ‘espectaculares’ que nos mantienen eternamente sorprendidos, irritados, asustados o directamente insensibilizados. En realidad, creemos ver películas y por lo tanto no reparamos en las victimas pues involuntariamente las imaginamos actores o fantasmas desencarnados. Hay, por otra parte, tanto victimismo exhibido – real o imaginario – que su saturación nos insensibiliza, pues el grito desagarrado o la lágrima angustiada ya forman parte del paisaje cotidiano y no siempre se tiene la certeza de estar ante una tragedia o frente a una calculada escenificación.

Ante ciertos acontecimientos solo me importa el hombre. ¡Respeto al hombre, respeto al hombre! gritaba Saint de Exupéry en “Ciudadela”, su maravillosa obra póstuma. De la guerra lo que mas me ha afectado siempre han sido los niños sin padres, los padres sin niños, los pueblos arrasados, los recuerdos destruidos, la ausencia de piedad, la frialdad ante la muerte… Me sucede exactamente igual ante un naufragio, el derrumbe de las Torres Gemelas o, como sucede estos días, ante las erupciones volcánicas en La Palma. No presto demasiada atención ante esa naturaleza a menudo amenazante y criminal, pero no puedo quitarme de la cabeza a esos cientos de familias que han visto desaparecer en minutos todo el bagaje acumulado en sus vidas. Un hogar no es solamente una vivienda, es muchísimo más.

Pensemos cada uno de nosotros en todo lo que atesoramos en nuestro hogar: libros dedicados, cartas de amor (de cuando escribíamos cartas de amor), dibujos de nuestros hijos, recuerdos de viajes, fotografías, pequeños artilugios únicos e insustituibles para nosotros (mi gramófono de 1917, el reloj de pared de mi abuelo, los dibujos de mi padre, su piano… ). Pensemos en todo lo intangible que también forma parte del hogar y que posiblemente sea lo que le otorga su principal y mas singular valor: el árbol o el río en dónde jugamos de niños, la alcoba en donde amaste alguna vez, el sendero que te llevaba a la escuela, el trastero con los viejos aperos, la mesa del desayuno en donde a veces aún eras capaz de escuchar el eco de la voz materna, la ventana por la que veías el reflejo de la luna sobre el mar, el olor del patio o del jardín… El hogar y la familia que en él palpita son el último reducto que nos queda cuando todo hunde y sus muros son a menudo los brazos protectores que nos recuerdan que allí, en esos pocos metros de intrahistoria, se concentra lo mejor y mas valioso de nuestra vida.

Por eso, cuando he visto las terribles imágenes de esas viviendas canarias siendo lentamente devoradas por la lava no he pensado ni en los costes económicos, ni en los peligros o amenazas geológicas o ambientales – que las hay – sino en el enorme vacío que tendrán que sufrir quienes ayer sentían un hogar, un entorno de recuerdos y de olores, y mañana solo tendrán el luto doloroso de las cenizas sobre lava petrificada. Imposible ponerse en su lugar. Como mucho puedo imaginar su angustia, pero no alcanzo a imaginar su dolor.




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