Cayetano, pobrecito

Ante un libro, o película, o concierto que por alguna razón desagrade, resulta más sensato ignorarlo, y dedicar la atención a cosas que nos parezcan más estimables, ya que la tentación fácil de hacer una crítica negativa resulta en más publicidad para el libro o película en cuestión.

Sin embargo, a veces un libro o película es tan paradigmático de lo peor de una época que resulta imposible callarse, aun a riesgo de aumentar algunos gramos más la inmensa publicidad que ya tiene. Me refiero al anunciado libro del hermano menor del actual duque de Alba (y resulta algo sonrojante el designarlo así, en pleno siglo XXI… pero es que realmente no parece haber otro modo de identificarlo).

Queriendo o sin querer, en algún momento se nos pone ante los ojos la vistosa portada. “La soledad de un niño en palacio”. Me centraré aquí (aunque otros aspectos, como el decir, treinta años más tarde, que se le propuso por esposa a la Infanta Elena, indica una bajeza –tanto si es cierto como si no- que me asombra nadie advierta). Pero vayamos a la infancia desgraciada.

“Hoy día, si no dices que treinta años antes fuiste víctima de abusos sexuales, no eres nadie”, reza un comentario (¡al menos hay alguno!) en las redes sociales. Pues sí. Pero todavía hay algo más grave, si cabe. No es ya los abusos sexuales, sino el ansia de afirmar que uno fue muy infeliz de niño, circunstancia esta que se exhibe como una especie de mérito, de título que le da derecho a que el resto de la humanidad nos dediquemos a resarcirlo de algún modo.

Aclaremos. En las biografías de grandes personajes, típicas de los siglos XIX y hasta mediados del XX (incluyendo a personajes ficticios, como el David Copperfield de Dickens, o el Gabriel de Araceli de Galdós), se mencionaba, sí, la infancia dura y llena de privaciones, como preludio de lo que luego el héroe, superando las adversidades, fue capaz de emprender en la vida.  Cervantes, Beethoven, Churchill, Madame Curie… casi todos los personajes que han pasado a la historia tuvieron unos primeros años muy difíciles. Pero han pasado a la historia por lo que hicieron después. Si se menciona la niñez dura, es como anécdota, o para resaltar, de manera estimulante y animadora, cómo superaron las dificultades.

Las “biografías” de hoy, como la presente, son cosa muy distinta. Los agravios recibidos en la infancia son el tema principal, no se requieren méritos añadidos. Y se relatan de manera desafiante, como exigiendo universal simpatía. Se narran con orgullo, con detalle. No tienen el aire de confidencia, de desahogo, mezclado con algo de rubor, de una amiga que le cuenta sus problemas personales a otra. No; el tono es agresivo, exigente, como reclamando una indemnización a los lectores.

Esto es síntoma de tantas cosas… La errónea idea de que tenemos el derecho a ser felices; si somos niños, no digo ya nada (de ahí la habitual expresión “una infancia robada” a todo lo que sea salirse un minuto del guión de Disneylandia). La idea de que no tenemos ninguna obligación en esta vida (ni siquiera la de aguantarla, cuando nos deja de apetecer, venga el suicidio asistido). Sólo derechos, derechos, derechos,… y en cuanto nos hagan un agravio, que se entere todo el planeta.

No sé en qué programa de radio, hablando (¡cómo no!) de unas víctimas de abusos sexuales en los años ochenta, la entrevistada decía “… y así conseguiremos que, aun cuando los delitos hayan prescrito, al menos ellos puedan elaborar un relato de lo que sufrieron y así sentirse reconocidos…”.

Pues qué maravilla de proyecto vital. Entiendo que las biografías decimonónicas, llenas de ideales patrióticos o científicos, están desfasadas, pero… Hoy el ideal máximo al que se aspira es al de “construir un relato” para que todo el mundo se entere de lo malos que han sido conmigo.




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