Catetos a babor

La insolencia en España es una práctica reservada sólo a una parte del arco político y su electorado. La izquierda invoca casi cualquier cosa con carácter exclusivo y se permite la hemiplejia moral, política e intelectual de condenar en el resto lo que ella misma predica y practica.

Por ejemplo, toda esta batalla de tragafuegos en la calle incendiando ciudades nada tiene que ver con la libertad de expresión, sino con la caprichosa manera de entender el monopolio de las ideas.

Es deshonesto, muy deshonesto, abundar de reflexiones absurdas y de pretendidas noticias el mercado televisivo y radiofónico sobre los límites de la libertad de expresión a propósito de un tipo con varias condenas acumuladas por coacciones, amenazas, obstrucción a la Justicia y desacatos; además, también, de injurias.

Hasta el momento de escribir estas líneas, ninguno de los indignados por la condena al rapero destripador fue visto en semejante estado cuando asaltaban el bus de “los niños tienen pene y las niñas tienen vulva”.

Los portavoces y presentadores mediáticos, por el contrario, aullaban como lobos y descalificaban a quienes proclamaban en modo pancarta móvil una realidad biológica tan sencilla como esa e incluso silenciaban o justificaban las agresiones que recibía la comitiva por expresar una evidencia que la izquierda juzga como una provocación.

Y es que en tiempos de extravagancias y anormalidades sectarias, la obviedad es considerada un elemento cuasi revolucionario y un arma cargada de futuro, de modo que al final nos veremos todos detrás de una pancarta que enuncie algo tan radical y osado como que “el agua calma la sed”.

“La ideología, esa hermana gemela de la patología”, anota Jean-François Revel en sus memorias, lo cual le cuadra a la perfección a quienes desde la Biología trataron de argumentar en aquellos días del bus del pene y de las vulvas que esa afirmación no era un aserto acorde con la Ciencia.

Parece también obvio, por tanto, que lo que defienden no es la libertad de expresión, sino “la libertad de presión”, derecho también reservado en exclusiva para la misma muchachada y que no aplica cuando la gente protesta contra las medidas de confinamiento extremo que decretaba el gobierno a golpe de tambor y sine die.

Echenique, sin ir más lejos, es una anomalía no sólo en lo biológico, sino también en lo político, en lo moral y en lo ideológico. Lo mismo que María Jesús Montero, Carmen Calvo o Irene Montero, defensoras a ultranza de prohibir, amordazar y condenar con multas y penas de cárcel a los estudiosos que evalúen los hechos históricos y a su vez partidarias de que Hasel pueda dar rienda suelta a sus escupitajos en favor del asesinato de personas con nombres y apellidos.

Quienes no se cansan de rellenar ese pavo del presunto delito de “incitación al odio”, tan etéreo e impreciso, no sienten necesidad alguna de condenar no ya las recomendaciones del tal Hasel a sus escasos oyentes, sino ni siquiera la violencia desatada por hordas de salvajes comandados por líderes políticos del mismo gobierno.

Mención aparte merece Pablo Iglesias, supremo Marqués de la Contradicción Perpetua, quien el mismo día que los delincuentes expoliaban las tiendas de Louis Vuitton o el Decathlon de Paseo de Gracia (no las librerías), proponía, o exigía, que los medios de comunicación fuesen colocados bajo la bota del poder político por decreto.

Nada que envidiarle tiene a ese respecto la ministra de Hacienda, quien se muestra convencida de que la expresión natural del ejecutivo es legislar y contra tamaña confusión no cabe otra cosa que mandarla a hacer puñetas o a la Universidad. Partidaria de que ningún Hasel pueda ser juzgado, Marichús arremetía, sin saberlo, contra Giovanni Sartori y hasta contra García Trevijano, quienes nos recuerdan que la tarea del poder ejecutivo no es legislar, sino gobernar. La médico, que es ministra y ex consejera de Hacienda, no sabe de Medicina, no sabe de Hacienda y tampoco sabe nada de Montesquieu. Un espanto.

Para finiquitar el asunto, el ministro Antijabugo, Alberto Garzón, se descuelga con su “pero sin embargo” (sic) para “poner de manifestación” (sic) que se puede llegar a ser ministro haciendo uso libérrimo de la manera de expresarse con las cosas que él ya ha “proponido”… De este modo tan singular, ayer Irene Montero logró por primera vez (aunque no por méritos propios) acostarse en la segunda posición de ministros más torpes y absurdos del Gobierno de coalición. Son los catetos a babor de Alfredo Landa y alguien recordaba ayer que hasta hace poco, cuando salía un tipo como este Garzón, solían mandarlo a hacer la mili en la Cruz Roja… y le daban un tambor. Ahora, en cambio, son los que usurpan el legislativo y gobiernan mediante abuso del Real Decreto, como cualquier sátrapa bananero.

Yo he proponido muchas veces destituyirlos de sus cargos, aunque sé que no me hacerán ninguna casuística y los mantenerán en sus puestos.

He decido.




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