En esta grave situación por la que atraviesa nuestra nación observo con estupor cómo hay mucha gente, yo diría que casi una mayoría, que observa con indiferencia lo que está ocurriendo allí, como si aquello fuera una cuestión bizantina, semejante al sexo de los ángeles, que no merece ni un minuto de tiempo. Todavía es más irracional la posición de un importante sector de nuestra población que ve con simpatía la causa independentista, sobre la base de consideraciones buenistas del tipo “no hay que imponer la españolidad a quien no se siente español” y sandeces semejantes.
Sin embargo, no hay nada más fácil que defender la unidad de España con argumentaciones históricas y jurídico-políticas. Desde el punto de vista histórico, Cataluña no es nación sencillamente porque no lo ha sido nunca, sino más bien un conjunto de condados que desde la Edad Media están íntimamente ligados a la corona de Aragón y, desde finales del siglo XV, a la monarquía hispánica. Los nacionalistas catalanes no tienen ningún título semejante a los que pueden tener Escocia, Estonia o Quebec, que sí fueron entidades soberanas (o colonias) en algún momento de su historia. De ahí que se inventen episodios burdamente manipulados para justificar sus proyectos actuales, como la ofrenda floral a Rafael de Casanova, ocurrencia surgida del magín de Jordi Pujol durante la transición, que convertía a dicho personaje, de militar absolutista que luchaba por el rey de España, en un híbrido entre Companys y Trapero, derrotado de mala manera por el centralismo de “Madrit”. Qué más da la mentira si sirve a la causa.
Desde el punto de vista del derecho, ningún estado actual reconoce el derecho de autodeterminación a sus territorios. La ONU tiene dicho por activa y por pasiva que la autodeterminación es un concepto aplicable solo a los territorios coloniales, cosa que nunca ha sido Cataluña. Y la razón de ello no es ningún prurito dictatorial o antidemocrático. España, como sujeto de soberanía, no puede fragmentarse en unidades menores por la misma razón que una hipotética Cataluña independiente nunca le reconocería el derecho a decidir ni al valle de Arán, ni a la provincia de Tarragona, ni al municipio de Badalona ni a la república independiente de Ikea. Un general reconocimiento del “derecho a decidir” nos llevaría a la atomización cantonalista o más bien a un caos anarquista, absolutamente incompatible con el mundo moderno. Afirmar lo contrario llevaría al disparate de decir que USA, Francia, Portugal o Alemania son dictaduras.
Muchos, en consecuencia, prescinden de argumentos racionales y llevan la cuestión al mero sentimentalismo. Muchos catalanes no solo no se sienten españoles, sino que sufren estertores cada vez que su DNI les recuerda su nacionalidad, cosa que despierta la comprensión de esta gente tan solidaria. Sin embargo, nadie parece solidarizarse con los sentimientos de otros muchos catalanes y españoles que ven como una amputación el desmembramiento de lo que siempre ha conformado una comunidad viva. Sentimentalismo por sentimentalismo, no está de más señalar que uno es integrador e inclusivo, mientras que el otro es xenófobo y excluyente; uno se basa en el amor a todos, el otro se basa en el amor a lo suyo y en el rechazo a lo que ellos consideran “los demás”.
En España, la operación separatista la están organizando dos fuerzas políticas que, si conocemos la historia del siglo XX, sabemos que unas veces han colaborado entre sí estrechamente (produciendo gravísimos daños a España) y otras veces se han acabado peleando, como es posible que suceda ahora. Nos referimos, en primer lugar, a la burguesía supremacista y cuasi racista catalana, representada por el PDCat, partido corrupto y prepotente que aspira a una independencia casi simbólica, en la cual puedan seguir parasitando al resto de España. La fuga de empresas que se está produciendo estos días puede que abra los ojos al sector especialmente filisteo de este grupo, no en el sentido de hacerlos patriotas españoles (cosa imposible), pero sí en el de hacerlos más “moderados” y prudentes.
El otro sector en cuestión es el de la izquierda radical, representada allí por ERC y las CUP, y en el resto del estado por Podemos, verdadero motor de lo que más que un golpe de estado es una verdadera revolución, o, al menos, eso esperan ellos que sea. Hoy por hoy, Barcelona se ha convertido en la patria mundial del perroflautismo, con miles de okupas, porreteros y ácratas, que no tienen nada que perder con la que se les viene encima. Se da allí una extraña alianza entre este progrerío irresponsable y postmoderno con los cazurros agricultores de las pintorescas aldeas del interior, que son igual de catetos que en otras partes de España, aunque cuenten incluso con un obispillo entre sus filas.
Muchos españoles de buena fe han respirado con alivio cuando por fin Rajoy ha conseguido recabar el apoyo del PSOE y de Ciudadanos para aplicar el 155, eso sí, con muchísima proporción y prudencia, como le gusta al presidente. Pero pocos parecen haber advertido que el precio que Pedro Sánchez ha puesto para colaborar ha sido abrir una reforma constitucional que solo desea la izquierda. No es que pensemos que la Constitución es intangible; es que nos tememos que la reforma va a ir en el sentido de querer apaciguar a los enemigos de España, tarea tan suicida como imposible. Por no hablar de las continuas ofertas para que el Sr. Putsch-Demonio vuelva al buen camino, como si nada hubiera pasado, como si el daño no estuviera hecho. Todo indica que se está preparando una nueva traición al pueblo español, según la cual, en aras de la “paz” y del “consenso”, se va a trocear la soberanía nacional, ofreciendo privilegios a una comunidad autónoma, blindándoles competencias que ha asumido irregularmente, como la representación exterior o el monopolio de la escuela, y dotándola de una financiación privilegiada. Toda esta cesión se hace para ganar unos años más antes de la implosión territorial del país, que no podrá soportar estas tensiones localistas basadas en la mentira y en el egoísmo de las regiones. En esa operación, los que gritaban “Puigdemont a prisión” serán presentados como extremistas insolidarios, y no como lo que son: patriotas y defensores de la Constitución. Mucho nos tememos que los partidos del sistema están dispuestos a bajarse los pantalones ante el desafío separatista y comunista. Esperemos que el pueblo español reaccione de una vez y no permita semejante felonía.