La grave crisis de identidad que está pasando nuestra nación tiene su máxima expresión hoy en el grave asunto catalán. Se puede afirmar que Cataluña sintetiza y concentra lo que, de una manera quizá no tan extrema, está ocurriendo en todo el territorio nacional. El país, como decimos, está en un momento difícil de su historia, en la que hay grandes masas de ciudadanos que reniegan de su origen, de sus propios antepasados, abominan incluso de su lengua materna y están empeñadas en crear fronteritas que marquen diferencias con otros compatriotas suyos, a los cuales ellos consideran, al parecer, unos indeseables.


Esa sinrazón se basa en un afán de diferenciación que es a la vez victimista y supremacista. El nacionalismo se basa por un lado en el narcisismo propio (somos un pueblo tan guapo y especial que nos merecemos infinitos privilegios) y, por otro, en la transferencia de la culpa al “extraño” (los responsables de nuestros males están en Madrit, o son esos malos catalanes que no se apuntan a la romería). A medida que el nacionalista se siente superior, aumenta en realidad su auto-desprecio, porque ¿cómo es posible que siendo ellos tan superiores hayan sido sometidos durante tantos siglos por unos andrajosos? En cualquier caso, estamos ante una ideología tóxica que es esencialmente enemiga de la racionalidad y de la concordia, y que sorprendentemente encuentra un grado de plausibilidad insospechado en amplísimos sectores, otrora prudentes y moderados, de nuestra sociedad, incluido, el de la Iglesia Católica.

Muchos ciudadanos parece que ahora se caen del burro con la cuestión de la economía, que efectivamente es un factor importante, pero no es el único, y yo diría que ni siquiera es el fundamental. Parece que parte de esa burguesía catalana votante del PDCat está verdaderamente horrorizada con lo que está pasando con las empresas. Lo bueno del capitalismo es que no responde a ninguna ideología previa, construida al margen de la realidad, sino que responde a la misma naturaleza de los hechos. Si el empresario es libre para producir los bienes y servicios que él considere oportuno, los consumidores también lo somos para gastar nuestro dinero de la manera en que nos resulte más satisfactoria. Y como el empresario normalmente lo que quiere es vender su producto, lo lógico es que prefiera establecer su producción en lugares estables en los que no les vayan a cambiar las leyes de un día para otro. Eso es así con independencia de cuáles sean los anhelos sentimentales de la gente. Ahora muchos separatistas se hacen cruces de lo caro que les va a salir su “mini-república”. Pero el problema es que hay otros muchos que están dispuestos a pagar esa factura. Les pasa como a esos ricos irresponsables que se gastan en un capricho lo que para una persona sensata es una fortuna. ¿Y qué?, dirán ellos: en la vida, el dinero no lo es todo (a pesar de lo que piense Rajoy).

Pero el problema es aún más grave. Existen además muchos miles de personas que creen que esa ruina económica que acecha a la Republiqueta es una oportunidad para crear una nueva sociedad anticapitalista, en la que a los perros los atarán con longanizas. España es una de las sociedades más izquierdistas de Europa, en la que hay muchos miles de ciudadanos que ven a los empresarios como chupópteros insolidarios y, en consecuencia, no sienten ninguna alarma, todo lo contrario, cuando se habla de la fuga de empresas. Es verdad que hay mucha ignorancia, y tal vez funcione cierto resentimiento en tantos parados de larga duración, como existen aquí, y en tantos “ninis” que ni estudian ni trabajan y ven cómo se pasa la juventud esperando a ver quién les indica una receta fácil para salir de su situación. Pero la gravedad del problema se advierte cuando recapacitamos en que esas recetas anticapitalistas, que tan malos resultados han producido en todo el mundo, son las que defienden la mayoría de profesores, tanto universitarios como de enseñanzas medias, escritores, periodistas, artistas y cineastas; lo que se ha llamado siempre, la intelectualidad. Con razón dice el evangelio que si un ciego guía a otro ciego ambos caerán en la fosa.

Ver un partido como Podemos, que hace del igualitarismo su banderín de enganche, cómo es capaz de aceptar con agrado las desigualdades feudales, como es el llamado “cupo vasco”, es sintomático de cuáles son sus filias y sus fobias. Sin excepción alguna: todo lo que debilite la nación española es bueno para dicho partido, todo lo que la refuerce es malo. Desde el PSOE hasta Podemos, la izquierda española ha sido siempre anti-nacional, repudia el himno, la bandera, el patriotismo y considera “fascista” cualquier intento de defenderla. Si al menos hicieran sus planteamientos en nombre del internacionalismo, como en sus orígenes, la cosa sería por lo menos coherente. Pero no, esos apátridas exquisitos se han hecho fervientes adoradores de esas mini-patrias artificiales, mentirosas y liberticidas.

De manera que se combinan aquí dos grandes prejuicios difíciles de erradicar a pesar de las evidencias. Una: que España es un error histórico, que debe ser reparado sustituyéndola por reinos de taifas a la balcánica. Dos: que hay una alternativa viable para el desarrollo económico, a saber, que los políticos sean los que controlen nuestro bolsillo, al estilo de Hugo Chaves o de Lenin. Como para salir por patas…

Y mientras, la supuesta derecha hace lo posible por no enfadar a los nacionalistas, y pretende la disolución de España en la Unión Europea. Usan el art. 155, sí, pero lo menos posible, no sea que les llamen fachas, que es lo que más les preocupa. Es verdad que, al menos, tenemos algunas razones para la esperanza: en muchos de nuestros balcones luce la bandera roja y gualda. Algunos jueces están aplicando la ley sin complejos. Y esta vez, parece que tenemos un rey de verdad. No es poca cosa. Pero si tuviéramos que juzgar por los partidos que nos gobiernan, no daríamos un duro por el futuro de esta vieja y gloriosa nación.