Casi peor que la corrupción

Cohecho, soborno, corrupción… ¿hay algo peor que eso, algo más venenoso para el funcionamiento de una sociedad? Pues… Desde el punto de vista puramente moral, seguramente no. Pero si consideramos el potencial dañino y destructor, entonces, aunque parezca mentira, hay algo que, a efectos prácticos, pues resulta incluso peor, sí. Y ese algo es la ineficacia clamorosa, la dejadez, la desidia, la estulticia. 

Pongamos un ejemplo grotesco y exagerado, para entendernos. Imaginemos a un juez, suficientemente inteligente y conocedor de su oficio, pero que carece de escrúpulos (en realidad, esto es una discusión clásica, lo de “¿Quién es peor, el malo o el tonto?”), es decir, que si se le presenta un acusado que es enemigo personal, pues sentencia injustamente en su contra para vengarse; o bien acepta sobornos para dictaminar en un sentido u otro. Gran maldad, horrorosa actitud, por supuesto. Pero seguimos con el ejemplo: este ruin juez, en los múltiples casos que se le presentan en los que ni le han sobornado ni tiene interés personal, pues, por inercia, juzgará según lo que le parece oportuno; si es medianamente hábil y conoce el oficio, pues esas innumerables sentencias de casos en los que no le han sobornado, serán justas. 

Por comparación, imaginemos a un juez tonto y pasota; que ni se lee los papeles, ni presta atención, y que carece de entendimiento. En ese caso, todas las sentencias serán disparatadas. La injusticia y la sinrazón florecerán. Ética y moralmente, será más reprobable el primero (que ni está tan claro, porque la desidia en cuestiones cruciales es criminal. Pero digámoslo así por simplificar, que éticamente el “malo” es peor que el “tonto”). Pero a la hora de la verdad, el segundo causa incluso más daño. El primero produce unas cuantas sentencias injustas. Las del segundo, son injustas todas.

O imaginemos a un cirujano (seguimos con ejemplos grotescos e inverosímiles, “para que se entienda mejor”) que, viéndose frente a un paciente enemigo mortal, le acelere la muerte o el daño. Criminal, tremendo hecho; nada menos que una forma de asesinato. Pero en el resto de operaciones, si es medianamente hábil y entendido, por inercia, actuará bien. Por el contrario, un médico torpe, de manos temblonas, negligente y despreocupado, pues acabará sin querer con la vida de todos los que caigan en sus manos. Así pues, a efectos prácticos… el tonto hace mucho más daño que el malo.

Esta reflexión, que así con estos ejemplos zafios suena a vano pasatiempo intelectual, adquiere sin embargo una inmediatez, una aplicación práctica tremebunda si pensamos en alcaldes, consejeros y demás políticos. Cuando comentamos un despropósito (por ejemplo, una rotonda nueva que no sólo es innecesaria sino que hasta dificulta un tráfico antes fluido; o cientos de desmanes semejantes), es habitual que alguien replique, como dándole una explicación a tan absurda obra: “¡Lo que se habrán llevado con eso!”. Es decir, se da por hecho que algún alcalde o similar se ha enriquecido indebidamente con tal o cual actuación urbanística. Lo cual puede ser; pero aquí nos referimos a otro asunto.

Uno puede enriquecerse indebidamente con una actuación urbanística (cosa abyecta, por supuesto) pero no tiene por qué hacerla fea e inútil. En último caso, la desviación de fondos es una cosa, y a la ineficacia, desidia, estulticia, es otra. El sufrido ciudadano tiene ganas de exclamar: “Roba si quieres; róbame, pero no me arruines el paisaje o me entorpezcas la circulación”. Es decir: “Quédate con una comisión millonaria si quieres, pero haz una rotonda bonita, y en los cientos de lugares donde sí hace falta”. El verdadero crimen aquí no es la posible corrupción oculta, que ignoramos; el crimen, que nuestros ojos contemplan, es la desidia, la olímpica y absoluta indiferencia de un alcalde hacia el buen funcionamiento de su ciudad, el desprecio hacia el pueblo, que no le merece ni un segundo de su atención.

Que abundan los políticos venales y la corrupción es una cosa, ampliamente comentada. Pero apenas se comenta el hecho, aún más frecuente y aún más dañino, de la ineficacia y la desidia y hasta la pura necedad.

Desde que se ordenó en Sevilla el cierre de tiendas, bares y restaurantes a las seis de la tarde, aumentó brutalmente la venta de alcohol de toda graduación en todos los supermercados a partir de dicha hora. Es decir, en vez de consumir en los bares, de manera regulada, siguiendo los estrictos protocolos que se cumplen a rajatabla, pues se prefirió que los ciudadanos, jóvenes y no jóvenes, bebieran a granel en sus casas o más o menos escondidos. Es decir, arruinar a la hotelería para fomentar el alcoholismo y las fiestas secretas.  

Cierto que dos o tres semanas más tarde llegó la novedad de prohibir la venta de alcohol de alta graduación en los supermercados a partir de las seis de la tarde. ¡Eureka! Así pues… los políticos, tras madura reflexión, asesorados por “expertos”, cayeron en la cuenta de lo que cualquier ciudadano de a pie veía con sus propios ojos por la calle (los jóvenes y no jóvenes circulando por la tarde-noche con las bolsas de supermercado llenas de botellas).

Aquí no hablamos de cohecho, corrupción, soborno. Hablamos de que en política se producen esos casos de estulticia, torpeza, necedad, desidia suma que, al poner el ejemplo de un cirujano torpe e ignorante de manos temblonas, o de un juez tonto que apenas sabe leer, quedaba tan grotesco e inverosímil. Si nos presentan a un juez así (ignorante, tonto y medio sordo), poco importa ya que sea venal o no, que alguien lo haya o no sobornado: de por sí, es una persona que no debe trabajar en eso, que hará un daño incalculable.

Del mismo modo, cuando hablamos de las políticas de restricciones en Andalucía, a algunos nos irrita que siempre haya alguien queriéndolo explicar con que este o aquél político tiene intereses ocultos, o que gana con esto o aquello. Es que da igual. Cuando un gobernante es tan increíblemente tonto (el equivalente al juez analfabeto o al cirujano borracho y con Parkinson), el que sea venal o no es lo de menos; supongamos mejor que no lo es, pues no necesita más descalificativos. Pongamos que sea honrado y hasta bonachón. Pero no vale para ese puesto. El daño, miseria y ruina que puede causar, que están causando ante nuestros ojos impotentes, es de desolación.

¿Hay algo peor que el cohecho y la corrupción? Pues sí, hay algo incluso peor.




 

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