Casas de comidas y agua de colonia

Pues nada, señoras, señores y señoros, que no consigo aclararme en calidad de qué ni en qué consistía el foro en el que el otro día se plantó Begoña Gómez a disertar sobre lo que puede y debe hacer un restaurante (ella los lllamaba “casas de comidas”, que es denominación más castiza y menos afrancesada) no para servir platos apetitosos cocinados para atraer a su potencial clientela con los que saciar su hambre, sino para ejercitarse en el plan quinquenal diseñado por algún cabeza de huevo del Foro de Davos o por una de esas meninges privilegiadas de alguno de los Ministerios al servicio de su esposo.

En alguna parte he leído que debe resultar agotador ser las 24 horas y siete días por semana Yolanda Díaz o Irene Montero, pero no me dejen atrás a Begoña, por Dios, porque ser Begoña “a full”, a tiempo completo, lo imagino un calvario o una penitencia diseñada por un sádico.

Como sarna con gusto no pica, ahí lo dejo, pero me sigo preguntando de dónde leches ha salido esta gente tannnn profundamente soberbia como para atreverse a recomendar a quienes llevan dos, tres o seis generaciones ofertando sus productos y sus servicios en uno o varios establecimientos, en sus pueblos y ciudades o en una venta en mitad de la carretera, lo que deben hacer y qué platos servir a sus clientes.

Me pregunto, a la vez, qué carajos sabe de cocina, de negocios o de paladares exigentes esta individua de la que desconocemos si es alérgica a los boquerones de la costa o si abomina del cordero lechal en su jugo y con romero.

Dicen que estudió algo relacionado con el marketing, sin licenciatura alguna ni aspiración de cátedra posible en ninguna parte, salvo en el régimen instituido por su pariente de matrimonio, pero no se corta un pelo en pontificar que una casa de comidas podría, por ejemplo, convertirse en otra cosa. Algo así como una especie de aula educativa donde los comensales serían enseñados a catar las zanahorias o el tofú, que están de temporada en esta zona del Bierzo o de la Axarquía malagueña, en lugar de malgastar sus jugos gástricos con un chuletón de Ávila o unos calamares en su tinta, aunque a usted se le apetezcan.

Si usted insiste en solicitar unos huevos fritos con chorizo o una pipirrana, en ese mismo momento, es de suponer, de detrás de la barra saldría un agente del Ministerio para la Agenda 2030 o un comisario político del partido dispuesto a arrearles dos guantazos a los comensales e imponerles un multazo por insistir en su comanda, contrariando de ese modo los consejos de Begoña, que nos ilumina sobre que las casas de comida… (a ver si me sale la frasecita que se traía aprendida del espejo de su vestidor de seis puertas y que se le olvidó en el momento más inoportuno) “generar… educación… a ver, educar en comida sana a mis clientes a través de productos ecológicos de proximidad… Sólo con esta frase es completamente diferente a simplemente dar comidas”. ¡Ay, la madre que nos trajo a todos a este mundo!

Les confieso que yo mismo me he comido la frase de Begoña, ese sintagma de “educar-en-comida-sana-a-mis-clientes-a-través-de-productos-ecológicos-de-proximidad” y me he quedado con el mismo hambre que traía y no me ha sabido absolutamente a nada. Es más, tuve la tentación de clausurar en ese instante ese mamarracho sugerido para siempre.

En cambio, me planté hace poco en la Venta el Sacrificio, camino de Medina-Sidonia, y me zambullí en un espectáculo de berzas, pucheros, pulpos, flamenquines, jabalíes en salsa, carnes de venao con tomate, cabrillas o salmonetes de procedencia lejana o próxima pero desconocida, que todavía estoy llorando de la pena por no poder volver mañana mismo sin transición a sostenibilidad alguna.

Yo no sé qué se han creído estas empoderadas del feminismo ojiplático que se han pasado la vida ensimismadas con sus reflexiones de mesa de camilla, pero que de repente, porque les han dado una gorra de plato y un foro donde explicar sus paparruchadas nimias, piensan que lo que dicen es valioso no sólo para ellas sino para que se pare el mundo y se adapte a sus caprichos, como si fueran madres de un futuro en ciernes que están a punto de reinventarse.

Por lo demás, pues claro que por lo general cada “casa de comidas” oferta en sus menús productos de la zona (¡menudo hallazgo de la tocapelotas!), entre otras cosas porque es lo que mejor suelen cocinar quienes aprendieron de fogones con la abuela o con sus padres, que preparaban unas calderetas o unas migas al estilo de la zona que mandaban a los albañiles al tío del Bulli.

Pero, en todo caso, no alcanzo a comprender quién es ella para sugerir nada sobre la transformación de un restaurante en una escuela, ni qué narices pinta un ejemplo tan simplista con un proyecto de adaptación social a los requerimientos del siglo XXI.

Claro está que si Irene Montero reflexiona cada día una sandez nueva sobre los tonos del color rosa y Yolanda Díaz regurgita que Joe Biden se levanta cada mañana pensando en la legislación meningocócica que elabora ella sobre chavales que se dedican a repartir paquetes en una bicicleta, a punto de levantarse en armas contra la ocurrencia, entonces es que aquí se nos ha instalado un colegio de niñas pijas incapaces de entender que sus revoluciones y sus ocurrencias disparatadas nos importan lo mismo que el olor de sus colonias.

He dicho.




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