Carmencita es tortillera (¿seguro …?)

Carmen ha cumplido dieciséis años y es la mayor de cuatro hermanas. Sus padres dirigen una empresa en la que se dejan la piel para sacarlas adelante, sin tener tiempo ni para toser y sin poder dedicarse apenas a ninguna de ellas.

Carmen es enormemente sensible, temperamental, creativa y con dotes para el arte. También le encanta el deporte en equipo. Su concepción solidaria, su idea de que cada uno debe aportar lo que es y lo que tiene en colaboración con los otros, la llevó a implicarse desde muy niña en el equipo de fútbol del colegio, siendo la única chica que practicaba tal deporte, junto a sus compañeros masculinos, brutos pero nobles.

No obstante, con dolor de su corazón y ahora que cursa el bachillerato, ha colgado sus botines y guardado su balón en el trastero.

Aquello pudo con ella. Lo recuerda como un suceso de tintes dramáticos, que procura archivar para siempre. Allí naufragó su bellísima singladura de delantera encajando goles al contrario.

Le resultó totalmente excesivo advertir comentarios a sus espaldas, o directamente de frente, de muchos de sus compañeros y compañeras de clase …

“Sí, todos tenéis que saberlo. Carmencita es marimacho. Bollera. Lesbiana. Machorra. Por eso juega al fútbol y no participa en cotilleos de niñas, como le corresponde. Está claro como el agua. Es tortillera”.

Colgó las botas para que no siguieran vertiendo aceite hirviendo sobre ella. Pero … poco a poco … o de pronto … no lo sabe … se ve invadida por el sentimiento de apreciarse diferente a las demás chicas. Y este sentimiento, que parece ir tomando carta de naturaleza, la aturde, la confunde, la arrolla y la desborda.

Desea con todas sus fuerzas contactar con un grupo, con una pandilla… pero Carmen alberga unas exigencias éticas tan sumamente elevadas, una percepción moral y humanista transmitida en su familia y con la que no cabe negociar como en un mercadillo … que se le hace cuesta arriba hacer amigas en el ámbito escolar, para compartir con ellas sus proyectos e ideales.

No. No puede, ni quiere, ni debe irse de botellona con un grupito que la invita a ello. Ni tampoco va a criticar a nadie, como sabe que se estila en ese ambiente de laxa moralidad.

Por otra parte, quizá poco a poco, su alma no parece pedirle que se fije en los chicos. En ninguno de ellos. Intenta verlos guapos y simpáticos … pero no puede.

Y no sabe con certeza cuando, ni cómo, ni por qué … pero lo cierto es que se ha vuelto totalmente receptiva a cualquier muestra de afecto o de simpatía de alguna otra niña. En la soledad de su cuarto se imagina paseando de la mano con María, o sueña que le dice a Antonia lo guapa que está y lo mucho que la quiere.

Tiene dudas … ¿realmente es lesbiana, ha nacido así, como tantos afirman?

Carmen es tan bondadosa, tan inteligente y tan preocupada hacia los demás, que se siente incapaz de exponerle a sus padres su manera de sentir. Podría preocuparles y eso es lo último que ella querría.

Su ansiedad, agigantada y oculta, la está abocando a flaquear en los estudios, con lo lista que es. Por eso tiene que resolver su tema y busca y rebusca a golpe de Google y redes sociales, para solventarlo con prontitud.

De modo que navega por internet intentando buscar una respuesta. Es fácil, muy fácil, demasiado fácil … obtener información.

Y lo cierto es que la inmensa mayoría de comentarios, de foros y de debates, de supuestos estudios científicos y de respuestas capciosas de paripé, mangoneado todo ello por lobbies de la perversa ideología de género, de los cuales el movimiento LGTBI es uno de los principales, le subrayan machaconamente que ella no es hombre ni es mujer. Le aseguran que ella es lo que siente. Tiene 37 géneros donde elegir, 37. Incluso cabe rotar de uno a otro, dependiendo de apetencias y estados de ánimo, que a veces es conveniente ser bisexual o incluso trisexual, porque hay perros muy atractivos. Le dicen que el heteropatriarcado la explota y oprime al asignarle un rol de mujer, cuando sentirse lesbiana es revolucionario y es bello y es honesto y es práctico. Y gaitas.

No tiene ya duda. Es tortillera, como dicen. No tiene duda ninguna, pero se ahoga en ella misma.

Su padre la encuentra deshecha en lágrimas. Un día sí y otro también. Y a su madre le dice que no le apetece salir. Se encierra en casa y pinta o escribe. O llora.

Ella no habla de su universo íntimo. Sabiéndose vulnerable en sus afectos y emociones, su defensa es el secreto.

“Debe ser que tengo la regla, no os preocupéis”.

Los padres participan en la parroquia, donde hay maravillosas personas con ideales humanistas, consagrados profesionalmente a bucear en el alma y en la mente para ayudar a soltar el lastre que merma el desarrollo de cualquier ser humano bloqueado emocionalmente. Como Carmen. Para sacar a flote su mejor versión.

En las primeras sesiones con ella, la terapeuta advierte enseguida que, por un cúmulo de adversas circunstancias, la muchacha no ha podido desarrollar su personalidad de mujer, quedando su feminidad a medio hacer.

Y que esa carencia emocional se ha visto agravada por la falta de un modelo femenino de referencia para marcar su rumbo vital, con su madre siempre trabajando y sin poder acompañarla en un simple paseo, y con sus hermanas pequeñas incapaces de entenderla.

De modo que, sin ser consciente siquiera de ello, ha proyectado tales carencias, lo que a ella le falta, en otras chicas, puesto que, en el hondón de su alma, querría ser como ellas. Querría haber desarrollado su vertiente de mujer y tiñe esa proyección de un halo romántico, de una ensoñación… de una proyección imposible, porque los sueños, sueños son.

La terapeuta trabaja con ella en coordinación con sus padres y su entorno más cercano. Aunque solo el corazón femenino sabe del valor afectivo de la relación de una hija con su padre, es a la madre a quien ahora le toca estar en primera fila. Ofreciéndole su tiempo. Siendo su cómplice. Trabando juntas ilusiones, odiseas y proyectos.

Paso a paso Carmen va recuperando esos jirones de su personalidad que perdió por el camino. Cicatrizan sus heridas y perdona a quienes la dañaron. Comienza a entender que nuestra identidad, de hombre o de mujer, marca nuestro destino. Ella es mujer. Evidente. Y cuenta con bellísimas referencias y modelos. Su madre, sin ir más lejos.

Todos nos perdemos, que hasta el director de orquesta trastoca los acordes y a veces las olas distraen al marino. Pero ella ha retomado su camino y hasta ha vuelto a ponerse la equipación de fútbol y a calzarse los botines, la tía. Porque sabe que este deporte que ama es compatible con su ser femenino, con su creatividad e intuición, con su esencia de mujer. Y en la misma parroquia de sus padres ha conocido a un grupo de chavales y chavalas, con quienes comparte su persona y su amistad.

Debo confesarles que el personaje de Carmen es fruto de mi imaginación. No obstante, esta ficticia historia viene a corresponderse, cuarta más, cuarta menos, con la de muchísimos adolescentes, en un porcentaje mucho más elevado del que pudiéramos pensar, con el hándicap que les supone a estos escolares escuchar los comentarios, irresponsables y pueriles, de ciertos de sus profesores progres y tal, animándoles a elegir su opción sexual en función de lo que sientan, y con el drama de una ideología de género que invade redes sociales y medios de comunicación, anestesiando sus conciencias, confundiéndoles y atontándoles.

Reconozco que las ideas que expreso en este artículo pueden ser muy simples. No soy ningún experto en temas de confusión de identidad que pueden afectar a las generaciones más jóvenes. También sé que los sentimientos y emociones son un variadísimo mosaico, que ofrecen recovecos, flecos y matices imposibles de describir, y menos por un aprendiz como es un servidor.

Sencillamente, con este artículo quiero expresar mi admiración y mi sincero agradecimiento hacia los equipos de laicos que trabajan con rigor en la Iglesia, o en sus despachos profesionales, a favor de la dignidad del ser humano y buscando la verdad de nuestra ineludible identidad como hombres y como mujeres.

Y animo a mis amigos con dos dedos de frente a plantar cara y poner pie en pared ante la ideología de muerte que nos invade.

No nos queda otra que ponernos contracorriente. Aquí nos las den todas. Salga el Sol por Antequera cuando nos tachen de arcaicos, retrógrados o ultracatólicos, que nos toca lucir como galones de oro tales insultos si con nuestra opinión damos una patada en el trasero a la dictadura de la estupidez, de los portavoces y portavozas y de los miembros y miembras.

Demos la batalla cultural que nuestras Cármenes nos demandan, que la pasividad y la neutralidad da alas al monstruo de la ideología de género-génera que les acecha.

Todo sea por lo que más se ama en el mundo. Nuestras Carmencitas. Nuestra hijas y nuestros hijos.

Pepe Rodríguez Hervella
perrogrifon1965@gmail.com




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