Según el principio de Peter, en cualquier organización jerárquica, aquellos que realizan bien su trabajo son promocionados a puestos de mayor responsabilidad hasta que llegan al puesto donde alcanzan su máximo nivel de incompetencia. Y ahí es donde se quedan, para perjuicio de todos, porque la labor que realizan ya excede de sus cualidades. Pero este principio no se suele cumplir en las organizaciones políticas, donde encontramos a demasiados incompetentes/as que nunca paran de ascender.

Es el caso de la carrera política de la actual vicepresidenta de Gobierno, la egabrense Carmen Calvo, que aprovechando la ola de la cuota femenina (que para algunas ultrafeministas como ella, fue más bien un auténtico tsunami), hace tiempo que dejó atrás su máximo nivel de incompetencia política.


No se trata sólo de sus deslices verbales y pestiños progrefeministoides: («Ni Pixie ni Dixie», «Soy cocinera antes que fraila», «El español está lleno de “anglicanismos”», «Un concierto de rock en español hace más por el castellano que el Instituto Cervantes», «Hay que acabar con el estereotipo del amor romántico: es machismo encubierto», etc.); sino de su vanidosillo talante de intelectual, que la lleva a ir de sobrada por la vida considerando que todos somos idiotas. Como acabamos de comprobar con su manipuladora visita en camisón al Vaticano, para vender el macabro asunto de la exhumación/inhumación de Franco. Pero eso sí, reconozcamos que para gozo de periodistas y comentaristas esta mujer nunca defrauda: siempre tira al monte de un buen titular.

Aunque también es cierto que, mucho peor que ella son quienes la han ido ascendiendo… El útimo, un mentiroso compulsivo, encumbrado hasta lo más alto en su partido gracias a la (tan poco feminista) «cuota guapo/a», tan de moda últimamente en las organizaciones políticas.