Caridad mal entendida

No sólo la maldad hace daño en el mundo, también la caridad mal entendida. Un notable ejemplo de esa falsa, mal empleada bondad, se produce cuando se nos conmina a ser muy comprensivos, muy benévolos e indulgentes, ¡oh!, hasta “muy cristianos” hacia los poderosos que abusan de su poder.

No hay duda de que sería espléndido si cada uno de nosotros aumentara su bondad y caridad; esto ha de manifestarse siendo comprensivos con los que nos ofenden personalmente a nosotros, no guardándoles rencor, siendo benevolentes… Sería, y es, de lo más deseable. 

Distinto es sin embargo mostrarse igualmente benévolos y comprensivos con gobernantes que abusan de su  poder. No digo ni que haya que tenerles rencor personal; en todo caso, pongamos en práctica aquello de “Odia el delito y compadece al delincuente”. Pero el delito (máxime si es de político oprimiendo al pueblo) hay que detestarlo.  Porque en este caso, ser “buenos y comprensivos y hasta buenos cristianos”, entendiendo por tal el dejar pasar el delito… ¿a quién beneficia? ¿No será a nosotros, que siempre conviene estar a bien con el poder? ¿No será al poderoso, para que tenga aún más libertad oprimiendo? No, no parece, a poco que se analice, muy benéfico ese sorprendente ataque de “bondad y comprensión y benevolencia” que hacia los poderosos experimentan personas que en otros ámbitos son hasta irascibles.

El repulsivo incidente que tuvo lugar recientemente en Sevilla, cuando tras un enfrentamiento entre un cliente (cliente que era el teniente alcalde de la ciudad) y el personal de un restaurante, resulta que se personaron en  dicho restaurante ocho policías como ocho castillos, a inspeccionar a fondo el local a ver si hallaban irregularidades denunciables… este incidente con todos los ingredientes de lo más bajo y repugnante de la naturaleza humana (el rencor, el ansia de venganza, el uso de castigos institucionales para vengarse, empleando recursos públicos, de quien “le faltó al respeto”, el despotismo, la chulería de ni disimular siquiera el uso dictatorial de un cargo público, usado para “escarmentar” a placer, no al delincuente, sino al enemigo personal aunque sea de un instante –porque ya son “amigos” otra vez…), pues ahora los periódicos nos dicen, campechana y amigablemente, que “todo el mundo tiene un mal día” y que este incidente “nos ha permitido conocer el lado humano de Cabrera”, que es un ser humano como los demás, que se puede enfadar… Ahora el que no lo “perdone” resulta que es el malo; y seguir comentando el incidente, es “ganas de sacarle rédito político a una peleílla sin importancia”. Zanjado el asunto, zanjado. El que lo quiera desenterrar, por lo visto es un rencoroso amargado… 

Pues animo a todo el mundo a perdonar a sus enemigos personales, a no enfadarse nunca, a ser buenísimos… PERO en el caso de abuso de poder, callarse no es caridad, es lo contrario.

Esto me recuerda a un caso infinitamente menos grave, y de escaso interés para España, un caso que casi pertenece al ámbito de la “prensa del corazón”, pero que presenta elementos interesantes. Me refiero a los reyes de Holanda, que, tras veranear a placer en Grecia en pleno período de confinamiento estricto de su país, y al destaparse el hecho y causar cierta polémica, pues respondieron con un comunicado. Y ahí voy: al comunicado.

Ciertamente, hay pocas personas que pidan perdón con sinceridad y de corazón. A menudo la petición de perdón es casi un insulto velado (como algunos que dicen, en tono sarcástico: “Perdona si en ALGO te HE PODIDO ofender”, como diciendo: “Eres un retorcido y no te he ofendido en nada, pero para que se vea lo bueno que soy pues hasta te pido perdón para que te calles, aunque no sé ni por qué te lo pido”). Pero hay veces en que la petición de perdón daría para el Premio Nobel al cinismo; una “excusa” en la que el que la presenta queda ensalzado, y el que está enfrente queda humillado por su ignorancia.

¿Qué decía el comunicado de Guillermo y Máxima de Holanda? (personajes en general simpáticos, que por ende honraron con su presencia la última –y tan última- Feria de Sevilla. Son simpáticos. Una cosa no quita la otra). Pues decía lo siguiente: tras la vaga y etérea semi disculpa típica de estos casos (“en las circunstancias actuales… no era lo más adecuado… comprendemos…”), pues pontificaba: “Los reyes no son infalibles”.

¡Los reyes no son infalibles! No sólo no se disculpa, sino que deja  a los críticos con cara de tontos. Así pues, el que se quejara de ese viaje a Grecia era un ignorante, un supersticioso trasnochado que se pensaba que los reyes eran seres infalibles. El regio comunicado, paternalmente, lo saca de su ignorancia, ¡menos mal! El que, después de eso, siga censurando la conducta de sus monarcas, ya sabe que será acusado de tener ideas trasnochadas. O, peor, aún, aunque nadie lo acuse, él mismo se sentirá como incómodo (es el efecto de las dictaduras –que no digo que Holanda lo sea, hablo en general: modelan la propia mente de las personas, se meten en su cerebro). Al final, han hecho casi un favor, los reyes, actuando con errores humanos, para sacarnos de ese concepto retrógrada de la infalibilidad regia.

(El caído en desgracia rey Juan Carlos, curiosamente, sí pronunció las palabras de disculpa más verdaderamente de disculpa que nunca he oído de ningún personaje destacado: “Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir”. Y punto. No añadió un estrambote para ridiculizar a los críticos. Se dirá de él lo que se quiera, pero eso fue una disculpa.)

Pero en fin… ¡no caigamos en el engaño! No piquemos en el anzuelo de mostrarnos “benévolos, comprensivos, oh, son errores muy humanos” con los abusos de poder de interés general. Para ser benévolos y comprensivos, tenemos toda nuestra esfera personal, familiar, laboral, mil cosas con las que ejercitarnos. Ser tan “comprensivo”  con el tirano tiene otro nombre.




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