Cara y cruz de la misma moneda

El deseo de expresarse de manera mesurada, huyendo del visceralismo, se frustra inevitablemente estos días, pues, por mucha serenidad que se le quiera poner, por más que nos limitemos, simplemente, a enunciar escuetamente lo que pasa, pues nos salen frases tremebundas, apocalípticas… ¿Cómo evitarlo, si esa es la realidad?

Un día se aprueba un decreto que parece firmado por el demonio mismo, que nos deja sin palabras, y, antes de asimilarlo, al día siguiente literalmente, al siguiente (si uno era el martes, el otro el miércoles), sale otro que nos deja aún peor.

Uno el del aire acondicionado; al día siguiente, el de los animales. 

Uno, el del maltrato ya directo y físico, con sadismo puro, hacia los súbditos de un tirano. Pero al día siguiente sale el del animalismo. Hablemos de este último. 

Los defensores de la vida humana, que se espantan, muy fundadamente, ante la ola de leyes pro-aborto y pro-eutanasia en todo el mundo, no suelen horrorizarse igual ante el fenómeno de la reproducción asistida (fecundación in vitro, vientres de alquiler). En cierto modo puede comprenderse, dados  los criterios sentimentales que hoy día tanto sustituyen a los principios morales absolutos. Efectivamente, lo segundo podrá ser algo inadecuado (dentro de los valores tradicionales y cristianos) pero que al final conduce a producir un lindo bebé; siempre será mucho menos “malo” que lo encaminado a aniquilarlo. Rara vez se tiene en cuenta que son dos caras de una misma moneda: la aparición de una vida humana como algo frívolo puro producto del voluntarismo (si no quiero un niño, pues se aniquila sin más; si me obstino en querer uno, pues todos los recursos de la ciencia y de la economía han de emplearse en ese mi deseo), exento totalmente de cualquier hálito sagrado y misterioso por encima de nuestra voluntad.

Con el animalismo sucede algo parecido. En una sociedad llena de hogares con mascotas a las que se les tiene cariño, una ley como la aprobada (“se prohíbe sacrificar mascotas… también maltratar animales vertebrados”) pues, incluso a los de valores tradicionales y cristianos, no les suena tan mal. (El que no les suene mal indica también que es completamente innecesaria, dado lo extendido que está el amor a los animales; pero esto todavía es secundario).

¡No les suena tan mal! Y por eso no se paran a pensar, no captan el tremendo horror de esta ley, su poder aniquilatorio de todo resto de civilización humana.

La mayoría de las leyes y normas de nuestro tiempo no se basan en grandes principios morales, sobre los cuales no hay acuerdo, sino que son normas pragmáticas cual las del tráfico. No se cuenta con la honradez de nadie; se nos trata como a delincuentes y casi nos obligan a serlo. Todo es un puro control de seguridad contando con que no paramos de mentir.

Y de repente surge una ley que no es “práctica”, sino de moral pura. No es defender a la naturaleza bajo el principio (antes tan obvio que no había ni que decirlo) de que es por el bien del hombre (la humanidad sufrirá si no hay agua potable, ni bosques; ya a un nivel más sofisticado, pues el amor a la naturaleza típico del hombre civilizado sufrirá si se extinguen especies curiosas. Y por supuesto hay que respetar los ganados y animales del vecino); no, es sacar un mandamiento nuevo, una pura ley de absoluto moral, donde a la vida animal (bueno, excluye a mosquitos y demás invertebrados… de momento) se la reviste de carácter sagrado. 

Hasta tal punto, que la sociedad dedicará recursos a castigar una cosa que no perjudica directamente a nadie. Como que en la intimidad de su finca un campesino elimine a un cachorrillo de una camada excesiva- cosa que además pocos harán, pues no entra en la mentalidad actual, pero en el hipotético caso de que sucediera, ¿qué daño concreto hace a nadie? Ah, no, esto no va de daños económicos ni ecológicos… esto es moral pura. “No se daña a un animal”. Es un Mandamiento. Y se dedicarán recursos del Estado para perseguir y castigar a los que infrinjan esta norma de moral pura (los que se “avergüenzan” de nuestro pasado y de  la Inquisición).

Todo esto mientras que deshacerse del embrión y hasta del feto humano sí está permitido (y recientemente, hasta exaltado y aplaudido… pero dejémoslo en lo permitido, pues más no podemos asimilar). Ahí no hay principios absolutos.

Todavía habrá quien diga: “Bueno, ni una cosa ni otra, que ni se maten a personas ni a animales”. Es una respuesta absurda, de quien no quiere ver. 

Por más que se empeñen, el ateísmo absoluto no existe. Algo hay que tener como sagrado e intocable, para empezar a entendernos. Para nuestra civilización bimilenaria, era la vida humana, poseedora del hálito divino. 

Derribada esa idea –del respeto a la vida humana como absoluto moral- se sacraliza otra cosa. Y se nos impone a la fuerza.

Las leyes del aborto y esta de sacralización de la vida animal son dos caras de una misma moneda.




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