Érase una vez una jovencita que -como siempre se cubría la cabeza con una capucha morada- la llamaban Caperucita progresita. Adoctrinada desde su más tierna infancia en el feminismo de género y un avanzado progresismo ecologista, había optado por definirse como mujer heterosexual pues, además de poseer órganos sexuales femeninos, le gustaban los hombres una barbaridad, pese al insensible y grosero primitivismo que los caracterizaba.Aleccionada en un desmedido cariño a los animales y en un rabioso empoderamiento feministoide, la habían convencido de que era libre y capaz de hacer todo lo que le apeteciera y viniera en gana, pues ella era la única dueña de su cuerpo, de su vida y de sus relaciones. Y por supuesto, nada debía de temer de sus amiguetes de juergas por muy verracos que a veces se pusieran. ¡Con sólo recordarles que «el no es no», bastaría para pararles los pies y las garras al más machirulo!

Y acaso fuera por la firme credulidad en todas estas ingenuas consignas panfletarias, por lo que una mala noche recibió las primeras dentelladas de uno de sus coleguitas de festejos, cuya faena acabó «interrumpida» entre temblores y lágrimas en una mala clínica. Y acaso fue también por lo que otro mal día, cuando paseaba por un paraje solitario para ver a su abuelita, fue sorprendida por un ser parecido a un  lobo (aún no se sabe si actuó solo o en manada), cuyo ataque no pudo impedir, por más que intentó convencerle de que ella amaba mucho a todos los animales, y que el no era no.


Tras experiencias similares a las anteriores, a veces se angustiaba nuestra joven Caperucita preguntándose por qué le sucedían unas cosas tan terribles a ella… A ella que siempre había seguido dócilmente todo lo que le habían enseñado desde pequeñita.