Cansado de ser admirable

“PARA MI HIJA GUIOMAR, UNA VEZ MÁS, COMO CADA COSA QUE ESCRIBO, PORQUE ME OBLIGA A SER ADMIRABLE SIN QUERERLO, Y POSIBLEMENTE SIN SERLO, PERO QUE TAMBIÉN ME HACE MEJOR PERSONA SIMPLEMENTE POR EXISTIR.

ESPERANDO PUEDA PERDONARME, CUANDO, QUIZÁ ALGUNA VEZ, ALGUIEN LE HAGA LLEGAR ESTAS PALABRAS, POR SENTIR LO QUE SIENTO.”

Son las cuatro menos cuarto de la madrugada en esta UCI que es lo más parecido al infierno en la tierra. Donde nunca soy capaz de dormir. Llevamos ya tres meses aquí y aún no sabemos cuándo esto acabará. Y lo tengo que escribir.

Llevo demasiados años escuchando o leyendo (tan raras ahora las llamadas telefónicas cuando la gente cumple con un aséptico Whatsapp, incluso los más cercanos) esa frase. 

“Eres un padre admirable”.

Uno preferiría no ser un padre admirable, un “ejemplo”. Sinceramente preferiría ser un padre normal, corriente, como tantos, como la mayoría, y no ganarme esos adjetivos.  Simplemente preferiría dejar de sufrir.

Sí, ya sé, todos sufrimos en este valle de lágrimas que es la existencia, a todos se nos mueren seres queridos, madres, padres, hermanos… es “ley de vida”, como suele decirse. Pero, en ocasiones, a estos sufrimientos, digamos “universales” e inevitables, se suman otros que no esperas, que nadie puede esperar, y que además consideras una injusticia del destino. Hechos, circunstancias, que dan un vuelco a tu vida tal y como tú la concebías.

Cuando, por ejemplo, lo que más deseas en la vida es tener una familia numerosa, como tuvieron tus padres, para poder disfrutar de y con tus hijos, verlos crecer sanos y, ¿por qué no?, egoístamente, que te regalen la felicidad que solo da la risa de un niño, es lícito considerar una injusticia del, digamos, destino (ya sé, ya sé, nadie dijo que la vida fuera justa, pero, déjenme decir: para unos más que para otros), que tras un muy esperado y sufrido embarazo de trillizos, que, tras unos meses de feliz e ilusionada espera, todo se tuerza demasiado pronto, vengan al mundo con demasiada prisa y, a las pocas horas de nacer, dos de ellos sufran sendas hemorragias cerebrales que les hagan llevar ya para toda la vida la etiqueta de paralíticos cerebrales. 

Bien. Ya has ganado, sin tu buscarlo ni quererlo, un galón. Esa circunstancia os hace lograr a tu esposa y a ti el indeseado calificativo, y la mayor parte de los conocidos, incluida la familia, cuanto os vean con vuestros hijos, automática e indefectiblemente soltaran, con evidente gesto de pésame, un “sois unos padres admirables, todo un ejemplo”… un ejemplo que, estoy seguro, ninguno de ellos tiene deseo alguno que la vida les obligue a tener que seguir.

Cuando, tras unos primeros años de epilepsias, sustos continuos, hospitalizaciones y operaciones, que, entre otras cosas, hacen que no disfrutes como deseabas de esos primeros años de tus hijos, como hacen todos los padres,  y no solo no puedes disfrutar de la infancia de los que han nacido mal, sino tampoco de la del que ha nacido bien, y tampoco puedes disfrutar ni darle la atención que precisa y reclama a la otra hija que tenéis, que tiene solo cinco añitos cuando ellos nacen, y no alcanza a comprender por qué ha perdido a sus padres por culpa de esos hermanos que han nacido, le costará mucho tiempo y esfuerzo comprenderlo, y quizá nunca lo haga. 

Cuando, decía, después de esos primeros infernales años, llegas a una supuesta “normalidad” rutinaria que consiste básicamente en no tener vida propia, ni tiempo libre, ni tiempo para tu pareja, que consiste en que tu vida se reduce a trabajar para mantener esa familia y cuidar de ellos, sobre todo de esos dos que necesitan tantos cuidados y atención, y tienes que prescindir de todo lo que te procuraba placer. Dejas de viajar, de simplemente poder ir a un cine, de tener tiempo para leer, para escuchar esa música que tanto te gusta, de poder ver una película completa en la televisión, de tener momentos a solas con tu pareja, de cultivar tus aficiones, de dormir… simplemente porque no tienes tiempo más que para ellos… y la gente te ve por la calle empujando la silla ortopédica de uno de ellos y llevando de la mano a la otra y te repite “sois unos padres admirables…”, y te dan ganas no sabes si de gritar o de llorar.

Cuando tras casi doce años de que comenzara toda esta tragedia, porque lo es, y lo es siempre, porque otra cosa que detesto, llámenme lo que quieran, son esas manidas frases, “estos niños son una bendición”. “estos niños te dan mucha felicidad”, y yo pienso (pero no lo digo para que no piensen que soy mala persona, aunque quizá sí que lo sea) que es mentira, que estos niños lo que te traen es mucha infelicidad, mucho sufrimiento, no solo por su presente, también por la incertidumbre de su futuro, del no saber qué será de ellos cuando tu faltes. Y eso pesa en tu alma como una carga insoportable. 

Cuando, continúo, tras todo ese tiempo, instalados en esa indeseable rutina en que se transformaron vuestras vidas cuando todo dio un vuelco, ya creéis que, bueno, que eso es todo lo que podéis esperar de lo que os queda, del resto de lo que os quede por vivir… y entonces, a traición y sin esperarlo, llega un nuevo golpe al corazón y las tripas, y una intervención quirúrgica que podría haberse podido evitar si las cosas (qué novedad) no se hubieran vuelto a torcer, se programa para una fecha determinada, que luego se pospone varios meses a causa del maldito Covid, y, en lugar de que, como preveíais, la operación salga bien y todo sea cuestión de diez días y a casa… se transforma en una sucesión de operaciones que resultan otros tantos fracasos y en una especie de endiablada montaña rusa de sentimientos en que, tras una supuesta recuperación viene una nueva caída, y otra, y otra, y otra… y lo que iban a ser diez días se transforma en un mes, y otro, y otro, y no se sabe cuándo va a acabar. Viendo sufrir a tu hija, viendo como ya no es la hija con la que tu llegaste al hospital aquel día del ya lejano abril…. y no sabes si podrá volver a serlo o cuánto tardará en serlo de nuevo. Porque ni tan siquiera sabes cómo acabará todo esto que parece que nunca va a acabar…

Y esa gente que raramente llama, pero sí escribe WhatsApps, te repite una y otra vez, innegablemente, lo sé, no me malinterpretéis, con buena intención y con cariño, lo admirable que eres y que eres todo un ejemplo… y otros muchos, los más religiosos de entre ellos, con toda sinceridad y deseos de animarte, no lo dudo, te dicen que si Dios te hace padecer tanto es porque así lo hace con sus hijos predilectos y que Él te recompensara en la otra vida… Te dan unas ganas insoportables de gritar que no, que eso que te está ocurriendo no puede ser predilección de ese Dios que permite tanto sufrimiento en una pequeña y dulce niña de tan solo once años. Que no quieres ser admirable por estar con ella día y noche, aunque tus fuerzas y tu ánimo haya momentos en que creas que se han agotado. Que no quieres ser ejemplo de nadie por eso que te está ocurriendo y que no tienes otro remedio que afrontar. Una vez más. Como tantas ya. Y que solo deseas que todo acabe pronto, que ella deje de sufrir, que tu mujer también pueda dejar de sufrir, que por fin ella y vosotros podáis volver a casa con vuestros otros hijos. 

Y que tú dejes de sentirte un desagradecido y un ingrato, una mala persona, por maldecir cada vez que alguien, con su mejor intención, te dice que eres un ejemplo. 

Un padre admirable.             




 

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