¿Busca silencio? ¡A la Feria!

El hermoso palacio de la condesa de Lebrija, que tan inesperadamente mora en las estrecheces de la calle Cuna (una calle esta que nunca fue demasiado popular, pese a su ubicación; no obstante, tal vez eso ha hecho que mantenga su aspecto inalterable. Es más parecida a sí misma que otras más “afortunadas”…) se contagia estos días del fenómeno “exposición temporal” del que tanto podríamos hablar – en otro momento.

El caso es que con ojos inocentes entramos a ver los dos cuadros de Rubens. No por prolífico resulta menos genial el pintor flamenco, conocido por muchos como “el que las pintaba tan gordas”, y admirado por todos los que con algo de detenimiento han contemplado, libres de prejuicios, su inconfundible modo de expresar la lozanía del cuerpo humano, que rezuma hasta en sus cuadros de santos… Rubens abunda mucho en el Museo del Prado y en otros, pero en Sevilla no suele parar; así, esta pequeña exposición resulta novedosa.

Pero, ¡ay!, tenemos al lado del cuadro el inevitable audiovisual. Pegado a la obra de arte, hablando la máquina sola a todo volumen, en varios idiomas, contrastando grotescamente el ambiente noble y umbrío y casi desierto de esta casa palacio con la farragosa palabrería que se impone a viva fuerza al visitante… No hay nadie en este momento mirando los cuadros, pero la máquina sigue hablando sola, cual tele encendida en hogar vacío. El mismo espectáculo sórdido que se da en aeropuertos, salas de espera de hospitales y tantos lugares… 

De nuevo: es otro tema, de importancia creciente, el asunto de cómo debe exponerse una obra de arte, y hasta qué punto la obsesión didáctico-explicativa arruina la experiencia de saborear directamente la misma. Pero este sería un debate más sofisticado. Vayamos a algo más simple, más básico: cómo podemos sobrevivir con un hilo musical o parlante a todas horas.

La música estruendosa de fondo como cosa habitual (es decir, fuera del ámbito de discotecas, etc) empezó en las tiendas juveniles de prendas informales; parecía algo propicio a sumir el ánimo en un estado ligero y alegre, invitando a divertirse mientras una se prueba cosas, facilitando el impulso de la compra… Vale. Ahora ese ritmo discotequero se ha impuesto en todas partes. En supermercados, en el cien por cien de las tiendas, incluídas las de gran lujo que se supone no invitan a la compra rápida e impulsiva. En cualquier rincón de los hoteles de cinco estrellas, donde antaño se ofrecía un solaz de asiento elegante, sin coste, a todo el mundo. ¡En las librerías de viejo! ¿Habrá algo menos adecuado para el aficionado a libros antiguos que un hilo musical marchoso…? Pues no falta. Y ahora en los museos, si no música, máquina parlante.

No se concibe pues que exista actividad alguna, u ocio alguno, que requiera serenidad y silencio. Leer el periódico en un hotel; contemplar un cuadro barroco; rastrear tesoros poéticos en páginas polvorientas… nada se considera que pueda hacerse sin ruido de fondo. Hasta las iglesias, ¡las iglesias!, ponen muchas veces su hilo musical… 

La pasada Feria de Sevilla se llevó a cabo la iniciativa, secundada luego por algunos pueblos, de dejar las atracciones sin música unas horas para no aturdir a los niños autistas. Diríase que si en algún lugar del mundo está justificado el estruendo de fondo es en ese espacio de excitación, locura, velocidad, gasto, bulla y diversión que supone la bien llamada Calle del Infierno. Pero si anhelamos unos minutos de silencio, siendo autistas o no, en abril del año que viene habrá que acudir allí.




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