¡Buenas noches!

Una buena parte de mi vida la pasé deambulando por la noche. No pude desprenderme de ella hasta bien pasados los veintitantos. Y no es que quiera ahora crucificarla, sino todo lo contrario. No en vano, fueron muchos los vaivenes que acontecieron en ella y que me marcaron para siempre. Como tantas y tantas otras cosas, oiga. Que uno es mortal, y cuando yo decida irme quiero que mis cenizas se esparzan sobre las maltrechas calles de este barrio en el que sobrevivo.

En los comienzos de la treintena se me acabó el chollo, al de la noche me refiero. Y se me vinieron los hijos, como por encanto, y ahora me encuentro con cinco. Eso sí, cada uno en sus casas y Dios en la de todos. Es lo que dice mi suegra, que alcanza los noventa y dos y tiene la cabeza mejor que la suya y la mía, no le quepa la menor duda. En fin, que lo nocturno cedió el paso, sin previo aviso, a lo diurno. Y aquí me encuentro, desde entonces, involucrado de lleno en los maravillosos caprichos de la mañana.

Que eso de maravillosos caprichos es un decir, porque hoy me topé de frente con una de las estampas más negras y que por desgracia se vienen repitiendo con cierta frecuencia en esta jungla que denominamos sociedad: tres coches completamente calcinados a causa del fuego provocado por la mano de un criminal, que amparado en la obscuridad decidió ejecutar su particular venganza. Y esta clase de sucesos, a los que habría que tratar con más mano dura, me dieron el día casi completo, amigos. Menos mal, que ya va siendo la hora de la retirada y tengo al pie de un sorbo mi Valium 5. ¡Buenas noches! 




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *