Todo llega. En esta vida que, en ocasiones, es más purgatorio que otra cosa, todo nos llega: hasta la muerte. La muerte es casi un estadio romántico –por lo literario– de su antecesora. Un momento de tal relevancia que no se posible evitar tratarla si quiera en lo más espurio, en la ficción. Porque la muerte es un tránsito tan común y tan extraordinario que no cabe sino tratarla con familiaridad y nadie puede negarla.


Sin embargo, el hombre, tan afanoso desmitificador como enardecido mitómano, aún quiere codearse con ella. Ella, que con su silencio terrible; con ese vacío, como de oídos ensordecidos tras una detonación, que se produce cuando corta de raíz el último hálito que el cuerpo, tan mecánico, exhala; ella, muda, sin nada en la mirada, sin sentimientos, sin remordimientos, no tiene remilgos a la hora de que el propio hombre experimente si quiere. Ella no pierde nunca; a veces solo da plazos, pero es implacable recaudadora. Y el hombre es ingenuo y soberbio, capaz de todo por ello; y ella lo sabe. No se sonríe, no espera sentada frotándose las manos, sigue su quehacer hasta que el aviso le llegue.

Suicidios, accidentes, asesinatos, enfermedades… no es la mala suerte. Eso sí que no existe. La suerte, buena o no, solo es el refugio del que, sin creer, tiene que explicar algo. Las causas que la invitan [a la muerte] son solo la justificación de su existencia: es porque dejamos de ser. Pero siempre está junto a nosotros. Nos acompaña en cualquier momento, incluso cuando su momento no le debiera de pertenecer; para esos casos, el hombre ha dado vigor a la teatralidad de su circunstancia, porque hasta dejarse morir cuando la desesperación es un muro infranqueable tiene su punto de fin de la función. He conocido quien, bajo el cielo blanco de cemento del edificio del balneario de la Caleta, enterrado en cartones un frío mes de enero, alguien se entregó, exhausto, a no volver a abrir sus ojos. O en la habitación de un hospital, a quien no tenía solución por mor de una metástasis, se aferraba a la mano de sus hijos como si con ello no quisiera tener que dejar de sentir la vida, que se le escapaba como por la puerta de la catedral abierta de par en par. Es ese teatro de la vida, en el que sin querer actuamos en los papeles al que por nuestra experiencia vital nos aferramos.


Ahora, que de nuevo salta al escenario actores que han protagonizado la obra prohibida, la obra que escandaliza a propios y extraños por diferentes causas, «Eutanasia» [Buena muerte],  el dilema vuelve a los palcos. Nuestros cómodos palcos. Nuestros lejanos palcos. Desde ellos vemos cómo la vida y la muerte se desarrolla, y debatimos en unos casos, nos posicionamos en otros y en alguno hasta nos aburre tener que pensar en ello.

No seré yo quien juzgue a Ángel, para unos el de la Muerte, para otros el Conforto que ha terminado, con aquella teatralidad que decía, con la vida de María José, su esposa. Para unos ha sido un acto de amor, heroico, piadoso; para otros un asesinato se supone, a tenor de las declaraciones del autor y actor de la obra, consentido con la otra triste protagonista. En alguna de las más altas poltronas, políticos, periodistas, filósofos –los auténticos y también los de medio pelo–, y demás afines a este drástico final, han saltado de estas enardecidos, con lágrimas en los ojos casi, aplaudiendo y reclamando que estas representaciones dejen ya de estar vetadas.

El derecho a la muerte digna es otro derecho de la vida. ¿Quién discute eso? Pero, ¿para quién la muerte es indigna? Entiendan. Hablo de la muerte en su estado natural o provocado por hechos comunes, no hablo de genocidios, de crímenes inhumanos sobre inocentes. Así, el sufrimiento que la suele preceder en muchísimos casos, ¿es indigno? Los tratamientos paliativos, ¿son indignos? La lucha por la supervivencia, aunque la batalla esté perdida, ¿es indigna? No, yo no lo creo; como tampoco creo que sea indigno querer morirse, pero este dilema es más complejo. La muerte no puede estar asistida por nadie que no sea un profesional, no puede darse sin autorización explícita y en total conocimiento de la persona en concreto, y tampoco sin la presencia de alguna autoridad jurídica; recuerden que tras un fallecimiento este ha de certificarse por un médico y autorizarse su traslado para su inhumación por parte de un juez (o autoridad similar competente).

Puedo decir que comprendo que no le guste ver sufrir a un ser querido, aunque eso es un motivo poco original, ¿a quién le gusta? ¿Propiciaría usted la muerte de un ser querido por ello? ¿Sabe usted las secuelas psicológicas que ello le conllevaría? Puede que, quizás, al final se sintiera aliviado porque la otra persona no sufre. Eso entra dentro de lo personal, en mi caso no sería capaz, se lo aseguro.

No seré yo quien juzgue, en este caso, a Ángel, el esposo de María José; pero, como hice con Ramón Sampedro y con la mano aliviadora que le facilitó el veneno, tampoco le aplaudiré. Porque llamar a un medio de comunicación para darle pábulo al acto final, parece ser que antes incluso de llamar a los servicios de emergencia, se supone que para reclamar este tipo de derechos, es un error de orden y hasta pareciera que de publicidad particular.

Ahora empieza la demagogia de medios y políticos, en plena campaña electoral, poniendo tildes a quienes no abogan por este tipo de muertes. Recuérdenlo.