Buen rollito… de la primavera de 1937

Como era perfectamente previsible, al final del camino emprendido, en realidad revisitado por la izquierda, lo que encontramos es un fuego cruzado de acusaciones entre ellos mismos de ser fachas y contrarrevolucionarios, idéntico a lo ocurrido en 1936 y 1937 entre las distintas facciones de socialistas, comunistas y anarquistas y todos contra el POUM, Partido Obrero de Unificación Marxista, al que no tuvieron reparos en acusar de ser agentes de Berlín mientras éstos acusaban al resto de estar al servicio de Moscú.

En fin, que al final de toda esta miseria, Meritxell Batet y sus colegas del sanchismo, así como diversas facciones de Yolichari Díaz, también son fachas y agentes de la ultraderecha más extrema, según el criterio del tío de las rastas y de su amiga la ministra Ione Belarra, a la vez que el tal Garzón, el ministro con cartera (no el otro Garzón, que es ministro por consorcio amoroso con la ex ministra y Fiscal General del Estado en el alero), opina que la querella que anuncia el diputado canario lo es a título personal y no en nombre de la coalición de partidos que les permite sentarse en el Consejo de Ministros sin doblarla. Es decir, que según la otra parte de la tropa, los fachas son los libertarios del fumeque y de las rastas. Y así andamos.

Iniciada ya la guerra civil, en plena debacle en el frente de Aragón, las izquierdas se amalgamaron contra la CNT y especialmente contra el POUM, las Juventudes Libertarias y la Asociación de Amigos de Durruti, a los que acusaron de desviacionistas por poner en riesgo los suministros bélicos que le proporcionaba Stalin a la República, de tal modo que acabaron permitiendo el secuestro de Andrés Nin, seguramente por un agente de la NKVD (antecesor directo de lo que luego se convertiría en la KGB), acusado de trotskista y al que torturaron durante días antes de ser asesinado.

El resto de la cúpula ‘poumista’ fue juzgada por otro Iglesias en el Tribunal Supremo y su condena a muerte fue evitada por los pelos con el clásico irrespeto por la separación de poderes que acreditaba por entonces aquella horda de salvajes que antes había asesinado a Calvo Sotelo para inaugurar la contienda civil. Ése fue el verdadero golpe de Estado.

George Orwell, integrado voluntariamente a finales de diciembre de 1936 como miliciano en una columna del POUM en el frente de Aragón porque despreciaba el mando y la organización de las Brigadas Internacionales, regresó a la Barcelona del delirio marxista tras resultar herido, pero no fantaseaba nada en su “Homenaje a Cataluña” cuando describió el ambiente lisérgico de aquellos días: “Por primera vez en mi vida, me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas. Casi todos los edificios, cualquiera que fuera su tamaño, estaban en manos de los trabajadores y cubiertos con banderas rojas o con la bandera roja y negra de los anarquistas; las paredes ostentaban la hoz y el martillo y las iniciales de los partidos revolucionarios; casi todos los templos habían sido destruidos y sus imágenes, quemadas. Por todas partes, cuadrillas de obreros se dedicaban sistemáticamente a demoler iglesias. En toda tienda y en todo café se veían letreros que proclamaban su nueva condición de servicios socializados; hasta los limpiabotas habían sido colectivizados y sus cajas estaban pintadas de rojo y negro”. Buen rollito… de la primavera de 1937, cuando la policía republicana desalojó por la fuerza el edificio de Telefónica que ocupaban los anarquistas y se despellejaban a tiros entre ellos por las calles.

Citar a Noam Chomsky, solemne admirador de aquel libro de Orwell y trotskista declarado, al que una vez mencioné en un programa de radio, me valió una reprimenda pública de parte del sindicalismo actual, que consideraron, como ya ocurría en aquel entonces, que yo usaba sus palabras en claro desviacionismo de las verdaderas intenciones del ideólogo antes que lingüista. La nueva Komintern de cuatros pelusos amancebados en torno a una serie de panfletos como quintacolumnistas decretaban que yo no era digno de citar a Chomsky y que sólo ellos merecen interpretar la pureza de la causa, como ya ocurría en aquel lejano entonces por parte de los socialistas y comunistas de Negrín, de Largo Caballero, etc. Nada ha cambiado tanto y otra vez los sectarios ni siquiera se reconocen entre sí.

Le sucede igual al sanchismo con la cohorte de asesinos de la ETA, a cuyos comandos se disponen a rendir homenajes recibiéndolos con arcos del triunfo y coronas de laureles como si fuesen comandantes y centuriones de las tropas legionarias de Trajano que regresaran a Roma tras una larga campaña por la Dacia y los confines del Imperio.

Pronto los colegios y hospitales lucirán nombres como “Comando Madrid” o “Comando Vizcaya” y placas de recordatorio: “En este hospital permaneció ingresado Josu Ternera durante los aciagos días en que resultó herido en misión ejemplar contra la represión del Estado”. O bien: “En esta casa estuvieron escondidos Joseba Arregui “Fiti” y José Javier Arizkuren “Kantauri” tras la misión cumplida contra las fuerzas represivas del País Vasco. Hondarribia les dedica este merecido recuerdo”.

Sánchez acudirá en el Falcon con solemnidad de Estado a recoger las nueces de todos sus socios de gobierno, que un día lo pasarán por las horcas caudinas de la ignominiosa derrota.

He dicho.




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