Blas Infante en su contexto histórico

En 1898, España perdió, en una guerra humillante, sus últimas posesiones en Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Nuestra intelectualidad, por aquel entonces, se había entregado a una profundísima depresión, casi masoquista, de la mano de los Regeneracionistas. Estos pensadores, junto con algunas propuestas sensatas –“escuela y despensa”; desarrollo de una activa política hidráulica– defendían también ideas un tanto disparatadas, como por ejemplo un casticismo quijotesco, en algunos casos, o bien una sistemática denigración de nuestro pasado, como si toda nuestra historia hubiera sido desde antiguo un puro desatino. Muchos de estos autores mostraron un servilismo a Europa verdaderamente lacayuno, precisamente en el momento en que todo el continente estaba a punto de embarcarse en aquel absurdo matadero que fue la I Guerra Mundial. Menuda era la Europa que idolatraba, por ejemplo, Don Ramón Mª del Valle-Inclán.

En política nacional, el régimen de la Restauración trataba de ir democratizando nuestro sistema político con un rey (Alfonso XIII) que estaba punto de alcanzar la mayoría de edad. Todo el esfuerzo de modernización que trataba de hacer dicho régimen (“Revolución desde arriba”, leyes sociales, lucha contra el caciquismo, lento despegue económico) se veía frustrado por el maximalismo de la izquierda, que además de alentar la brutal ola terrorista que se desataba en España, tiraba por tierra toda la legitimidad del régimen con acusaciones constantes. Como si en Inglaterra o en Estados Unidos, –los sistemas liberales de aquella época, los únicos que acabaron evolucionando a la plena democracia– no tuvieran también corruptelas, caciquismos y una clase obrera con muchas carencias materiales.

La depresión nacional del 98 no era ajena a la de otras naciones latinas. Francia ya se había zafado bastante de la angustia de la “débacle” que le había causado el desenlace de la Guerra franco-prusiana; y en Portugal todavía se resentían del ultimátum que les había enviado Inglaterra prohibiéndoles unir Angola y Mozambique. En la Italia recientemente unificada (aunque no del todo), muchos se quejaban de haber recibido muy poco en el reparto de África. Y en Hispanoamérica, ya no cabía dudas sobre en qué consistía la “Doctrina Monroe”. Por todo Occidente, corrían vientos racistas, darwinistas y nietzscheanos, que aseguraban que existían razas superiores, las germánicas –principalmente la anglosajona y la alemana– mientras que las naciones latinas estaban acomplejadas por su debilidad racial, en una decadencia inversamente proporcional al grado de influencia teutona que estas pudiesen demostrar.

En ese contexto, tiene lugar el nacimiento de los nacionalismos periféricos en España, en los que el factor racista tuvo un papel estelar, aunque este no fuera el único. Todos estos parten de la evidencia de que España es un estado fracasado, debido a múltiples factores: su clima árido, su raza decadente (latina bastardeada por moriscos y/o marranos), su atraso clerical, su fijación por modelos políticos periclitados (defensa de la cristiandad, creación de un imperio mediante la fuerza bruta, la Inquisición…) La llamada Leyenda Negra había calado en nuestros propios compatriotas, de modo que la tan ansiada regeneración ya era, para muchos, imposible. España no era más que un caparazón monstruoso sin ninguna identidad digna de adhesión o de respeto.

Casi todo el mundo conoce el componente racista (para colmo, especialmente infundado) de Sabino Arana, inventor del nacionalismo vasco, para quien la éuskara era la raza más pura del mundo, sin mezcla alguna que la corrompiera. Francisco Caja demostró recientemente cómo el nacionalismo catalán también se nutrió de un considerable componente racista, ya que autores como Bartolomé Robert o Pompeu Gener consideraban que los pobladores de su región eran “carolingios” y por tanto “arios”, con un ADN de mucha mayor calidad que el de los cetrinos charnegos que acudían a trabajar a sus fábricas. También los prohombres del nacionalismo gallego, desde Eduardo Pondal a Vicente Risco, consideraron que los gallegos son celtas, y por tanto, nada tenían que ver con los subdesarrollados íberos que conformábamos el resto.

No queremos con ello decir que nuestro innovador local fuera también un racista, sino tan solo comprobar el contexto hispanófobo y delirante en el que se enmarca la eclosión de los nacionalismos periféricos en España. Blas Infante es, sencillamente, uno más que se sumó a la locura tribalista y aldeana en la que se embarcó entonces nuestro país (todavía con poco éxito). Su principal mérito es haber sido el sistematizador del nacionalismo andaluz, o “padre de la patria”, como fue declarado por el Parlamento Andaluz en 1983. 

Pero, en este sentido, hemos de reconocer que Blas Infante parece, a primera vista, bastante sensato y moderado con respecto a algunas de las llamadas al odio contra lo español que protagonizaron otros “padres fundadores” como el ya mencionado Sabino Arana o Prat de la Riba. A falta de un modelo racista en el que cimentar su propuesta (por razones evidentes), Infante le echó imaginación al asunto y optó por una absurda sublimación de al-Ándalus, conforme a sus ideas masónicas y sociales, buscando una identidad semi-árabe para el pueblo andaluz, y con estos motivos diseñó su bandera (y de rebote, también la de Extremadura). De hecho, llegó a proponer la creación de un alfabeto andaluz, considerando que los andaluces éramos una cosa única en el mundo, “euro-africanos”, “euro-orientales”, cualquier cosa que ello signifique.

En lo que respecta a su relación con España, el pensamiento de Blas Infante viene dado por una más que notable ambigüedad. Lean, si pueden, el capítulo introductorio de su Ideal Andaluz y juzguen por ustedes mismos. Por un lado, el lema de su acción política “Andalucía por sí para España y la Humanidad” parece inspirado en un regionalismo más que razonable. Pero, caben dudas sobre su voluntad de que la palabra “España” no fuera incluida de forma táctica, para sustituir la originaria “Iberia” o “los pueblos”. Por otra parte, el notario no dudó en calificarse de “separatista” que quería acabar con la vieja nación, hablando sin reparos del “Estado libre de Andalucía”. Y muchos de sus admiradores se escandalizarían si supieran la opinión que el casareño tenía sobre la civilización europea: Infante es, en este sentido, un eurófobo de tomo y lomo.

Muchos de los que nos sentimos orgullosamente andaluces nos quejamos de que este hombre, autor de ocurrencias tan discutibles, haya sido canonizado civilmente, hasta el punto de que cualquier crítica contra él se considere blasfema. En una sociedad abierta, todo es debatible, con respeto y con argumentos, y pensamos honestamente que las propuestas de Blas Infante son disparatadas para la Andalucía de hoy. Lo cual se confirma cuando se comprueba cómo los mismos que le llevan flores a su monumento (de Podemos al PP) jamás piensan en aplicar las recetas que él mismo planteó. Les basta con mantener las estructuras políticas que tanto bien les produce a ellos y tan poco renta a la pobre Andalucía, furgón de cola de todas las regiones españolas y europeas.

Lo decimos sin la menor ironía y con todo el respeto: Blas Infante no merecía la ignominiosa muerte que le dieron, como tampoco la merecían otros muchos miles de españoles de ambos bandos que perecieron en aquellos años terribles. Pero su martirio no convierte a su causa en sagrada.

Hoy, en 2019, estamos cosechando en Cataluña los frutos de aquella siembra de discordias territoriales y de afanes identitarios, un nacionalismo que entonces solo parecían una simple ocurrencia surgida de ciertas tertulias desmadradas, protagonizadas por intelectuales arbitristas, a los que, entonces, nadie tomaba en serio. 

Lo vamos a repetir, como resumen de este artículo que se nos ha salido de madre: lean (si pueden), las obras de Blas Infante y juzguen por ustedes mismos.




 

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