Balcanización

Corría el año 1876 y se estaba discutiendo en las Cortes la redacción de la nueva Constitución española (una más en aquel siglo convulso), cuando se le acercó al entonces presidente del gobierno, Antonio Cánovas, un miembro de la Comisión redactora que le hizo ver la dificultad de definir quiénes eran españoles, a lo que, al parecer, el gran estadista contestó: “Ponga Vd. los que no pueden ser otra cosa” (“Episodios Nacionales: Cánovas”, de Benito Pérez Galdós). 

Quizás las circunstancias que vivimos actualmente en España no hubieran facilitado una respuesta mejor y nos obligarían a un ejercicio de imaginación si quisiéramos contentar con ella a todas las fuerzas del espectro político.

En mi opinión, estamos asistiendo, la mayoría como espectadores pasivos, a una suerte de balcanización de España, en alusión a la partición de la antigua Yugoslavia, entendiendo por tal el sentido que le da el diccionario de la RAE: Acción de desmembrar un país en territorios o comunidades enfrentados, eso sí: cocida a fuego lento, muy lento, para evitar una reacción generalizada de la población e irla acostumbrando a una normalidad de más o menos difícil adaptación, donde ya no nos extraña que un ciudadano desconozca el nombre de cualquier diputado o senador (no digamos ya de la cámara autonómica) de su provincia: ¿representan al elector o a su partido?

Cada comunidad autónoma va a justificar su cuota de poder creando argumentarios de legitimidad a partir de la búsqueda y fabricación de hechos diferenciales que expliquen que no son simplemente un hecho administrativo, sino una “entidad de destino en lo universal”, donde prima lo local frente a lo global, lo que nos separa frente a lo que nos une.

No está pasando solo en España: Ahí están Escocia con Reino Unido, Córcega con Francia, Baviera con Alemania, Norte de Italia frente al resto de la península, valones y flamencos en Bélgica, sin hablar de Hispanoamérica, donde movimientos indigenistas cuestionan Estados, ya de por sí débiles, si bien en nuestro país, a diferencia de los casos anteriores, este movimiento se impulsa desde las élites políticas más próximas al actual gobierno, o se han dejado impulsar cuando era la actual oposición la que gobernaba, mirando hacia otro lado.

Son muchos los ejemplos de medidas que alientan esta tendencia y la extensión de este artículo no da para relacionarlas, pero sí quisiera resaltar que el hecho de no considerar la lengua española como vehicular en todo el Estado español supone renunciar a la koiné o lengua común, verdadero eje vertebrador de la unidad de España, y sí, en cambio, dedicar los esfuerzos a levantar las tapias del propio corral a ver si conseguimos vivir en un mundo más cerrado. 

Escrito queda.




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