¿”Bajar la media de edad”?

En una entrevista al rector de la Universidad de Sevilla, éste anunciaba su intención de… “bajar la media de edad de profesores y catedráticos”. Al parecer, ahora está en torno a 53 años, y hay que bajarla. 

No he oído ninguna reacción a estas palabras. Al parecer, nadie se extraña, nadie se sorprende. En la Sorbona de Santo Tomás de Aquino o en la de Madame Curie nadie sabía la edad de los profesores ni les importaba. Pero por lo visto hoy eso es crucial.

Estamos tan habituados a eso de que “tiene que haber jóvenes” (en las críticas de Tripadvisor se alaba que el personal de este o tal hotel “es joven y eficaz”, que los empleados de tal empresa son “muy jóvenes y preparados”, que tal o cual equipo de inestigadores es estupendo porque “es de gente muy joven”), que no nos choca lo más mínimo. Produce el mismo efecto que cuando oímos decir: “Hay demasiados coches de más de diez años circulando, el Ministerio se propone rejuvenecer el parque móvil de España”.

Cuando algo se repite tanto, la costumbre hace que nos parezca lógico. Y sin embargo, a veces conviene pararse a meditar sobre si lo que vemos tan lógico lo es realmente. De manera que el objetivo del rector es “bajar la media de edad de los catedráticos…”. No se sabe ni qué comentar. Para disentir de algo hay que partir de un acuerdo sobre unos puntos básicos; cuando falta el menor consenso inicial sobre nada, pues entonces…

Hace tiempo que no se oye decir a un rector español que desea promover la excelencia en su Universidad, o el mayor amor a la Ciencia o cosas así. Siempre tienen otros proyectos al parecer más flamantes. Durante muchísimos años, desde la aparición de Internet en nuestras vidas, el objetivo invariable de cada nuevo rector, en entrevistas y declaraciones, era “digitalizar los datos de la Universidad”. Digitalizar el proceso de matrículas. Completar la digitalización. A vueltas con la digitalización… 

Muchos nos sorprendíamos. Era obvio que todo se iba a acabar digitalizando, por un proceso casi natural. No era necesario proponérselo como gran objetivo. El pasar de rellenar un formulario manualmente a hacerlo desde un ordenador parecía un detalle administrativo, junto con la (¿no era alta y noble?) misión de la Universidad. Pero durante al menos diez años, los rectores –y por supuesto, también directores de Institutos y colegio- no hablaban de otra cosa.

Pues ahora ya está todo digitalizado (como por otra parte tenía que suceder, simplemente siguiendo la línea de menor resistencia). ¿Y ahora qué? 

¿Cómo podemos mejorar la Universidad? A un profano se le ocurren mil cosas. Por ejemplo, intentar que los universitarios redacten mejor. Por ejemplo, que sepan expresarse. Y por supuesto, tener el mejor profesorado posible.

 Si la calidad del profesorado va a mejorar con maniobras administrativas varias, adelantando la jubilación de unos y retardando la de otros, bienvenidas sean. Pero el Objetivo tendrá que ser la excelencia, ¿no? Pues no, no se habla de excelencia sino que al parecer el objetivo, el bien en sí mismo, es bajar la media de edad del parque profesoril. 

En España tenemos una esperanza de vida de casi noventa años. Nos parece normalísimo que nuestras coquetas octogenarias llenen los gimnasios, piscinas, salas de baile; nadie se ríe de ningún “mayor” que haga deporte, que vaya de crucero en crucero, que se apunte a todo tipo de cursos de manualidades o de actividades mil, al contrario, la sociedad lo fomenta y aplaude y los octagenarios y nonagenarias de buen ver llenan las calles, las ferias, las playas, los autobuses, y se les ve estupendos, y todos los miramos con simpatía y nos alegramos muchísimo, y esto es algo espléndido. 

Pero un profesor de cincuenta y tres años es demasiado viejo. 

Dejemos que “los mayores” se diviertan, que bailen. Total, no sirven para nada más.




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