Azahares

¿Qué tan sevillano, y me voy a permitir este sevillanismo, como un azahar floreciendo? El azahar, como la azucena el símbolo de la pureza, es el de la vida misma que nace tras el frío, tras lo oscuro, y se espera con las ansias que un niño aguarda un regalo.

El azahar suena, no, ¡repica! en nuestro interior en un volteo que suena a primavera, a resucitar de los sentidos dormidos, a felicidad de la luz desparramándose, a perfumes desplegándose en vientos aún frescos, a ganas por desempolvarse del sudario en el que nos envuelve el invierno, a nuevas ilusiones que se abren como sus pétalos. El azahar como metáfora de lo efímero y lo hermoso, de lo fragante y del recuerdo.

Y repica, sí, como el cuerpo de una campana donde retumba sus pistilos que surgen alegres; como dando una buena noticia, la mejor. 

Yo conocí uno, como se reconocen los azahares, por su aroma. A través de hojas desgranadas de papel reciclado de un periódico, la madrugada del lunes, floreció a la vista una noticia que me llenaba los pulmones de un inusitado bienestar en aquella noche cansada mientras daba cuenta de mis quehaceres. En la imagen, una mirada triunfadora, una sonrisa satisfecha y una llamada a la esperanza. A una esperanza que está en la lucha y en las ganas de por seguir a pesar de lo doloroso, de lo frustrante, de lo terrible, de lo innegable. Vi, increíble, una sonrisa de azahar: pura, luminosa, viva. 

¿Y el azahar sonríe? ¡Pues sí! ¡Sonríe! Sonríe con la fuerza del que se sabe recién renacido, incluso a pesar de no contar con más de unos pocos años de vida. Era una niña, quizás la expresión más hermosa de la más hermosa visión de una vida tramposa, que tocaba una campana en la planta de oncohematología en el Infantil del Hospital Virgen del Rocío. ¡Qué rama en flor! ¡Qué belleza! ¡Qué resplandor en la penumbra de un miedo! 

Extático, me detuve en aquella escena. Me sobraban las palabras que parecían correr presurosas por contarme qué pasaba. Miraba y repasaba cada detalle detenido en aquella fotografía gris que, sin embargo, era el arcoíris entero. Sonrisas. Sonrisas y ojos llenos de entusiasmo que también sonreían y competían con las comisuras de la boca por ver quién era capaz de demostrar mayor felicidad.

La campana de los sueños. Ganó la partida a aquellas palabras minúsculas el titular que, en un negro que me pareció más vívido que nunca, rezaba en el encabezamiento de la noticia. Mis ojos recorrieron inusitados, como hace mucho que no me interesaba ya las carnazas que traen los diarios a modo de noticias, las columnas que le seguían. Una campana que necesita un pase VIP para ser tocada. El pase VIP de haber superado el cáncer. Un toque, o los que sean, para anunciar que se ha vencido en la batalla; que las cicatrices anuncian una victoria; que hay lágrimas que merecen la pena. Un toque, o los que sean, para animar a otros que aún luchan y para aliviar el dolor, de alguna manera, de los que saben que esta guerra no siempre se gana.

Fue un árbol caído quien no quiso que su carcoma lo derribara inútil. Un árbol en flor que trajo la idea polinizadora de esa esperanza desde Canadá y que, sin embargo, no pudo reverdecer. Miriam Segura no pudo tocar la campana que ella misma trajo con la ilusión de escuchar cómo había logrado noquear a ese maldito invasor que se extendía por su cuerpo.

El azahar repica en las plantas de oncología del hospital sevillano. Cada campanada es una nueva primavera, un nuevo florecer, una nueva ocasión para disfrutar de esto tan efímero que es la vida. 

¡Gracias, Miriam!




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