Autobús  43: ¿elegía o esperanza?

El autobús urbano de toda la vida, con sus paradas, con los números de las distintas líneas y el cartelito indicando la ruta, es uno de los medios de transporte más amables que se hayan inventado. Florecen los VTC, con su servicio individualizadísimo, que cumplen una gran función. Pero incluso por eso mismo se aprecia a veces más el anonimato y la holgura de un autobús.

No todos se pueden permitir el uso frecuente de VTCs, ni todos apetecen el uso de patinetes y similares, que tanto han incrementado los peligros la vida urbana. En particular, los habitantes entrados en años del otro lado del río que llenaban alegres las líneas 40, 41 y 43 que los dejaba en pleno centro y los recogía de nuevo, en la plaza de la Magdalena bulliciosa y palpitante, a Triana y a Los Remedios.

Aceptando ya la consumada peatonalización de dicha plaza, las líneas de transporte se han trasladado a la calle Marqués de Paradas. Los usuarios de las líneas 40 y 41 deben recorrer un largo tramo más. 

Pero el 43… ¿qué ha pasado con el 43? El ciudadano inocente procedente de la calle San Eloy, tras continuar andando por Canalejas en dirección al río, busca en vano su parada en la calle, precisamente, de Marqués de Paradas. Al fin averigua que no, que el 43 (el más popular de los autobuses, un Tardón ambulante – un compendio de Esperanza de Triana y San Gonzalo, con “aires de Roma andaluza”, una intersección de la España profunda con los aledaños del Corte Inglés…) pues justo esa línea ha sido… ¿eliminada?

 

 

Eliminada del sentido común, eliminada de cuanto pueda concebir un sano juicio, sí. Existir… pues aún se ve, ya casi inútil. Pues para llegar a la parada principal (la “capofermata” de los italianos, que también han perpetrado/padecido desafueros similares en Roma), hay que terminar de recorrer Marqués de Paradas, esperar el semáforo, cruzar por Reyes Católicos, andar todavía un poco hasta cerca del puente de Isabel II… y esperar, de pie por cierto, al autobús. 

Pero el agravio final está por llegar: cuando por fin llega y cuando por fin arranca, el autobús se dirige de nuevo hacia el centro, “desanda” lo andado por el pobre ciudadano (“¡Vaya!, había una parada más cerca y no me he enterado!”, piensa la primera vez e incluso la segunda, ¡tan grande es el desafuero que hay que repetir la experiencia para terminarla de creer!), tuerce a la izquierda por la calle Julio César, pasa incluso por la calle Canalejas… pero no, no hay ninguna parada. ¿Dónde está la siguiente?, se piensa, que seguramente pillará más cerca que la principal… Pues no hay ninguna hasta el borde mismo puente del Cristo de la Expiración – pasada incluso la estación de autobuses. Es decir, hay que elegir entre caminar hasta cerca del puente de Triana o hasta el del Cachorro – pero viendo cómo el vehículo da una vueltecita por el centro, por las calles antes recorridas a pie, totalmente estéril…

¿Se debe a dificultades urbanísticas de establecer una parada de autobús, por mil motivos que a lo mejor ignoramos? No, porque el trayecto Reyes Católicos- San Pablo hasta llegar a la calle Bailén no ha cambiado (no se ha visto afectado por la infausta peatonalización de la Magdalena). Ante nuestros ojos, sigue existiendo físicamente el espacio que fue parada de autobús. Allí paraba el 41, como saben muchos sevillanos que utilizan ese servicio sólo durante la feria (y que seguramente en la venidera se dirigirán en vano a esa parada, ignorantes de su supresión, ¡tan fuera de tino, tan inimaginable resulta para quien no lo sepa!). 

Pero estábamos con el 43. Pues tanto el 41 que iba a la feria, como el 43 justo después de que peatonalizaran la plaza de la Magdalena, ambas líneas utilizaban ese andén de autobuses perfectamente trazado en la calle San Pablo (a la altura de la calle Bobby Deglané), y  a continuación giraban a la izquierda por la calle Cristo del Calvario, y a la izquierda otra vez por Canalejas y ya enfilaban cada uno hacia su puente. 

Utilizando esa parada ya existente (la inmediatamente anterior a la Plaza de la Magdalena que era ya la última), pues el desavío para el ciudadano tras la remodelación de la Magdalena se reducía a caminar algo más, pero no muchísimo. Y durante unos días, así funcionó. Perfectamente y sin la menor alteración para nadie. 

Pero de repente, alguien decidió… ¿el qué? ¿Molestar? No parece lógico que un Ayuntamiento desee fastidiar expresamente, en todo caso lo hará sin querer. Pero, ¿cuál es si no la explicación?

Tan evidente, tan obvio resulta que la zona delimitada como parara de autobús es tal, que durante meses los coches la han respetado. A nadie se le ocurría aparcar allí – aunque hubieran desparecido los indicadores de las líneas de autobuses, pero era una zona de autobús tan inequívoca que era impensable violarla. Así se ha mantenido hasta hace pocos días.

Ahora el 43 es un autobús inútil. Su recorrido por el Tardón y Triana no ha cambiado; pero ahora circula vacío. ¿Qué viajeros va a haber? Si una línea se originó para llevar viajeros del punto A al B, y se suprime el B… 

Estas humildes cosas, las que verdaderamente afectan a los vecinos de la ciudad, ¿le importan a alguien del Ayuntamiento? El alcalde inaugura un hotel, luego otro, luego se reúne con los grupos LGTBI…

Algún “representante del colectivo LGTBI” podría tal vez utilizar ese autobús. Sólo queda esperar que eso anime al alcalde, y restablezca la ruta que se utilizó, de manera plenamente satisfactoria, durante unos días.




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