Aún queda esperanza

Aún queda esperanza o los milagros existen, así podría haberse titulado también este artículo.

Que la Universidad de Sevilla haya editado las memorias como gobernador civil de José Utrera Molina es una doble buena noticia. Lo es porque era de justicia que en la ciudad por la que tanto hizo se tuviera este recuerdo hacia su persona. Y lo es, sobre todo, porque, con esta edición, la Universidad de Sevilla se desmarca, al menos momentáneamente, de esa línea general mantenida por las Universidades españolas, bastante desprestigiadas ya de por sí la mayoría de ellas, de seguidismo de la maldita corriente de corrección política que lleva tiempo colonizando el mundo.

Sevilla se lo debía a José Utrera Molina. No olvidemos que, hace tan solo cuatro años, en vísperas de la Nochevieja de 2016 y justo un día después del de los Inocentes (quizá pretendiera ser una infame celebración de dicha festividad), la Diputación Provincial de Sevilla, en un acuerdo ignominioso y en lo que fue un gesto de cinismo a los que ya nos tiene acostumbrados la clase política actual, resolvió retirarle la medalla de oro de la ciudad que la propia Diputación le había otorgado en el año 1969. En aquella ocasión votaron a favor de dicha retirada todos los grupos presentes en el Pleno provincial, incluido el de Ciudadanos, con la única vergonzosa y vergonzante excepción del Grupo popular que, haciendo lo que en ese partido es costumbre, se puso de perfil ante tamaña injusticia para con un hombre que, entre otras cosas que seguramente incluso ignoraran esos diputados provinciales del Partido Popular, fue en las listas de la Alianza Popular de Manuel Fraga en las elecciones generales de 1977 como candidato al Senado por la circunscripción de Málaga. Recientemente, en junio de este mismo año, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) ha reconocido a los herederos de José Utrera Molina, su derecho a seguir reclamando que se anule ese acuerdo de la Diputación de Sevilla revocando así una resolución anterior de un juzgado de primera instancia que consideró que el hijo de Utrera Molina, Luis Felipe, carecía de legitimidad para reclamar. El abogado de la familia Utrera Molina, José Manuel Sánchez del Águila, calificó certeramente la retirada de esa medalla de oro como “un caso emblemático de discurso del odio” y una “clamorosa y perversa desviación de poder”.

El Ayuntamiento de Sevilla le retiró también su condición de hijo adoptivo de la ciudad y la avenida que llevaba su nombre. 

Tamañas muestras de ingratitud por parte de la ciudad que tanto quiso y por la que tanto hizo en pro de su modernización y prosperidad nunca menguaron su enamoramiento perpetuo para con Sevilla ni envenenaron su carácter, siempre extrovertido y cariñoso.

Hombre profundamente familiar como era, sus ocho hijos, diecinueve nietos y un biznieto le procuraron la admiración, la ternura y el amor que le acompañó en sus últimos años, ajeno a los desprecios y las venganzas retrospectivas de una caterva de mediocres que no serían dignos ni de atarle los zapatos.  

Él, que fue una de las voces más críticas en sus últimos años para con la infame ley de memoria histórica, padeció sus perversos efectos en su persona y su recuerdo, tanto en su Málaga natal, en su querida Nerja y, como no, en esta Sevilla tan olvidadiza e ingrata en demasiadas ocasiones.

Él, que impulsó las barriadas de Sevilla donde tantos y tantos sevillanos de nacimiento o adopción viven hoy (“unos años interesantes desde la perspectiva local por cuanto el país registró un crecimiento notable, una sensible modernización y una transformación socio-económica apreciable”, reza la propia presentación del libro ahora editado por la Universidad de Sevilla), sufrió el bofetón del olvido y el desagradecimiento de la ciudad.

Con motivo de una visita a su amigo, el maestro del toreo Pepe Luis Vázquez, ya anciano y ciego en aquellos días del año 2013, escribía, en un artículo que tituló “Sevilla, esencia española”, estas palabras: 

“Si algo ocurre notable en mi propia vida, es la gracia de mantener el recuerdo de mi etapa sevillana, tal vez la más fértil y apasionada de todas las que he vivido en distintos puestos de servicio. Sevilla me reconforta y enciende mis recuerdos. No son sus calles, sus avenidas, sus edificios y la histórica envergadura que se refleja en muchos rincones de la ciudad. No son pues las estrechas calles o la visión completa de una ciudad enlazada por un río que constituye sin duda su alma. Pero hay algo que se antepone al paisaje urbano, que incluso nos hace olvidar puentes, calles estrechas, iglesias incomparables y lugares de indescriptible belleza. La realidad a que me refiero, es la más importante de todas, “el hombre”.

Y también:

Creo que, al referir esta anécdota, completo no un suspiro de admiración sino un golpe que recibo en el pecho al recordar todo lo que Sevilla ha significado para mí y que ofrezco a mis lectores como una muestra de un sentimiento inextinguible que me compensa, que me eleva y que adquiere en el tiempo la fortaleza de lo verdadero. A esto añado siempre mi recuerdo agradecido a Dios, que me permitió, a través del conocimiento de los hombres, vivir parte de su historia, tener vivamente en pie la memoria sevillana confundida junto al olor del azahar y la visión esbelta de sus viejas y enhiestas palmeras”.

Ni esta declaración de rendido amor a la ciudad ni tantas y tantas muestras que dio de ello a lo largo de toda su vida han sido motivo suficiente para que Sevilla, personificada en sus políticos, le agradeciera y compensara con su gratitud.

También en la introducción al libro de memorias que ahora aparece se dice:

 “…Según sus propias palabras, aquellos fueron los años más felices de su vida política. En esas tres provincias pudo apreciar el contacto directo con los problemas y con las gentes que los sufrían, pero también tuvo la satisfacción de arbitrar soluciones o, al menos, paliar los sufrimientos de quienes se acercaban a hablar con él. No todo fueron parabienes en su gestión, pero pudo sentir el agradecimiento de aquellos que supieron que aquel gobernador intentaba ayudarles. Estos aspectos humanos -que quedan más allá de lo estrictamente político- se dejan sentir con fuerza en estas memorias, lo cual no suele ser habitual. Muy especialmente fue su estancia en Sevilla la que le marcaría definitivamente: en lo político, porque tras su prolongada permanencia se le encomendarían tareas a nivel nacional; en lo personal, porque Sevilla sería ya su ciudad para siempre…” 

José Utrera Molina fue un hombre bueno, un hombre honrado y que hizo honor hasta el final de sus días de valores fundamentales hoy lamentablemente en desuso, un católico de los de antes y, ante todo, un hombre fiel y leal. Un hombre que llegó a Sevilla como gobernador civil después de serlo en Ciudad Real y Burgos, y al que Sevilla le robo el corazón, ese corazón que unos cuantos quisieron romperle al cabo de los años desde sus cómodas poltronas, en virtud de una ley vengativa e injusta, mas sin conseguirlo. 

Por todo eso, la publicación por parte de la Universidad hispalense de estas memorias de su época de gobernador civil es un acto de justicia que, pareciendo casi un milagro en esta España de hoy, deja una pequeñísima ventana abierta a la esperanza….

Y termino este recuerdo que es un agradecimiento a la Universidad de Sevilla, con otras palabras de José Utrera Molina que cobran especial significado con el transcurso de los años y los acontecimientos: 

“Yo tuve la ocasión de servir a Sevilla durante más de ocho años. De todo mi quehacer político recuerdo con especial relieve esta etapa en la que sin duda -con más o menos éxito-, puse siempre mis entrañas, mis esperanzas y mi corazón adivinando las glorias de su futuro. En la vida política, la palabra “recuerdo” cobra una inusitada valoración. Nos concede la gracia de ser millonarios de todos los rincones de nuestra alma que aún palpitan frente a la vejez y que no se desvanecen con el peso atosigante de las horas. A veces, este recuerdo es lacerante y duro; en otras ocasiones, aliviador y reconfortante y constituye trozos de nuestra vida que no se pierden en las tinieblas del olvido…”




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