Arreglarse durante la feria

¿Se mantendrá en 2023 en la Feria el nivel de esmero en el atuendo que es habitual a esta fiesta (olvidando por un momento el calzado femenino, que en vestidos largos puede no verse)?

Y de nuevo repetimos: quien considere que esto es asunto trivial, que lo piense dos veces.

No en vano dejó anotado Marcel Proust hace más de un siglo algo así como: “Los objetos más frívolos constituyen, pasados unos miles de años, la materia de estudio más seria para los austeros y eruditos investigadores”. Pensemos en los collares, los adornos de tocador milenarios que aparecen en los yacimientos arqueológicos… ¡cuánto dan de sí! ¡Cuántas tesis doctorales, diatribas, capítulos nuevos en manuales de Historia, espacios museísticos llenan! Y sobre todo, espacio en nuestras cabezas: impregnan toda nuestra memoria histórica (empleemos bien esta expresión). El busto de Nefertiti, la máscara de Tutankamón, la Dama de Elche, el Tesoro del Carambolo, ocupan un espacio en la mente de toda persona mínimamente civilizada; todo esto trajo consigo el arte de una señora al delinearse las pestañas. 

Pero no es necesario que transcurran miles de años para que las aparentes “frivolidades” adquieran toda su importancia. Podemos sopesarlo sin salir de nuestro presente.

El que las personas “se arreglen” o no para un acto, fiesta o ceremonia, -más notoriamente aún en esta época de prevalente informalidad, en la que lo habitual es el alarde de desaliño- ese hecho es casi lo más revelador que hay en cuanto a la autenticidad de un evento o ceremonia.

En nuestra desmedida ansia turística no ya de conocer otros lugares, que ya están casi todos “vistos”, sino de conocer otras fiestas, otras ceremonias peculiares de tal o cual ciudad, pues uno de los factores que más agradan al viajero, del cual se complace y presume de haber conocido de cerca, es la autenticidad de dicha fiesta, manifestada en el hecho de haber pocos turistas y que se pueda decir: “¡Todo es gente de allí, gente de allí!”. (Si permaneciéramos cada uno en nuestra ciudad o pueblo, todas las fiestas serían auténticas y llenas de autóctonos, ¿no es eso lo que tanto se desea? Pero este es otro tema).

Los turistas hoy día son inevitables, ya se trate de la aldea más recóndita. Pero un elemento infalible para comprobar si una fiesta local, aun con turistas, sigue siendo “auténtica” (concepto tan importante como difícil de definir. Algo de lo que las personas participan, lo sienten como propio, lo viven intensamente y a la vez como algo natural, sin aspavientos ni exceso de fotos ni exhibicionismos) es precisamente si los autóctonos se arreglan para acudir a la misma.

A veces estando de viaje nos sorprende una fiesta local, de origen religioso como casi siempre en la vieja Europa, y se advierte el incrementado bullicio, los miles de turistas con sus cámaras, sus móviles, las calles rebosando… Si de repente, en medio de la masa fotografiante, aparecen unos ciudadanos engalanados, pero con toda naturalidad (como los familiares de una niña de Primera Comunión yendo a la iglesia), entonces se puede decir que la fiesta, sea cual sea, mantiene elementos auténticos.

No es lo mismo ir a curiosear y a hacer fotos, que ser parte del evento. Y los que realmente participan del mismo del modo más genuino no lo hacen porque resulte muy guay o porque apetezca muchísimo, sino porque es parte del calendario, es algo que no se discute… Sí, curiosamente tal vez sea otro modo de medir la autenticidad de estas cosas: cuando se asiste sin planteárselo, y sin que se tengan ni siquiera unas ganas locas, sino porque, ¿cómo no vamos a estar ahí?

En la procesión del Corpus Christi del año pasado se advirtió una disminución del público “arreglado” y un aumento de los que, aun siendo de Sevilla, y habiendo acudido otras veces como partícipes plenos, pues esta vez venían mal vestidos y haciendo innumerables fotos. Evidentemente, el no venir arreglados (lo que hoy día parece implicar automáticamente el uniforme de mendigo-pantalón roto-pie enfundado en plástico chillón), y fotografiar a lo que sí lo están, y desfilan, es un modo de distanciarse del evento. Los que procesionan sí se visten esmerada y solemnemente, pero, al no estar acompañados en eso por el público, el atuendo parece ir adquiriendo el aire de un disfraz… Cuando toda la ciudad se engalanaba – se estrenaba vestido el día del Corpus Christi -, era una vivencia. Ahora es menos vivencia y más espectáculo. 

Aun los no feriantes debemos reconocer que la Feria se vive; acaso es lo que más. ¿El síntoma más claro? Los sevillanos acuden arreglados. Esperemos que así siga siendo, que el 2023 no nos defraude, que el esmero del atuendo no decaiga.

Los no feriantes también creíamos que estas cosas eran frívolas… antes de abrir los ojos y empezar a observar la civilización y el mundo.




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