Armenia

Siempre me ha llamado la atención cómo las competiciones deportivas de primer nivel (liga de fútbol de primera división, liga de baloncesto ACB, …) en España, ponen en el mapa localidades cuya ubicación sería difícil de hallar para muchos, de no ser porque aparecen al menos semanalmente en las noticias de las secciones de Deportes. Es el caso de Éibar, Villarreal, Manresa o Fuenlabrada, entre otros.

Recientemente ha sido noticia la buena marcha de la selección nacional de fútbol de Armenia, república proveniente de la antigua URSS, que a muchos nos cuesta situar entre el sudeste de  Rusia y el nordeste de Turquía, en su fase de clasificación al próximo mundial, al estar entrenada por un viejo conocido sevillano: Joaquín Caparrós.

Sin embargo, para muchos europeos el nombre de Armenia va unido al de genocidio. Tras las matanzas hamidianas (1894-1896) y de Adana en 1909, el imperio otomano (origen de la actual Turquía) entre 1915 y 1923 perpetró en este pueblo una masacre que muchos historiadores cuantifican en torno a 1,2 millones y otros en millón y medio de personas entre la población armenia, y no dudan en calificar como el primer genocidio del siglo XX.

El primer país convertido al Cristianismo –año 301, mucho antes del edicto de Constantino- sufrió un martirio atroz, materializado en asesinatos de intelectuales, fusilamiento de soldados por el mero hecho de haber nacido en Armenia, civiles deportados en condiciones de hambre, sed y exposición a la muerte, abandonados en los páramos de Siria o en las costas del mar Negro.

Pues bien, en los últimos meses, la guerra ha vuelto a golpear a los armenios de Nagorno Karabaj. El origen radica en la anexión que llevó a cabo Stalin de la provincia de Artsaj (Nagorno Karabaj, poblada mayoritariamente por armenios) al Azerbayán soviético. Siendo sus habitantes mayoritariamente armenios, a la caída de la URSS en 1991, se manifestaron a favor de su independencia con miras a unirse a Armenia y desligarse de Azerbayán, pero este país, anticipándose al deseo de los armenios de establecer su propio Estado independiente y de amplia mayoría cristiana, una vez descompuesta la URSS, protagonizó una serie de progromos contra los armenios (Bakú, Sumgayit, Ganja, …) que supuso la persecución y el asesinato de miles de sus habitantes.

Azerbayán, unida históricamente a Turquía (“dos países, una nación”) no aceptó esa voluntad popular en enero de 1992 y entabló una guerra que duró más de tres años, la cual se llevó por delante cerca de 30.000 personas, suponiendo la destrucción de todo Artsaj.

Recientemente, en septiembre del año pasado, ha tenido lugar otro conflicto entre Azerbayán y Armenia, que tras un mes de enfrentamientos bélicos ha concluido con la firma de un acuerdo por el que Armenia acepta perder los territorios ocupados, acuerdo tutelado por Turquía y Rusia (¡vaya par de vigilantes!), y que supone un paso más en el propósito panturquista del país otomano.

Cada año, el 24 de abril, el mundo occidental recuerda las vidas de aquellos que murieron en el primer genocidio del siglo XX y, como ha dicho el presidente de los EEUU Biden, “nos volvemos a comprometer a impedir que semejantes atrocidades vuelvan a suceder”. No es un asunto menor la calificación de genocidio, cuando su no reconocimiento por parte de Turquía, sigue siendo motivo de veto por Francia en las negociaciones para su potencial ingreso en la Unión Europea.

No podemos mirar de frente el horror. A veces tampoco se puede decir nada que consuele la pérdida irreparable que sufrió –y sufre- el pueblo armenio. Sólo podemos contemplar y orar. Desde esta columna, elevo hoy una oración por el pueblo armenio y le deseo de corazón que pueda enarbolar con orgullo su bandera en la inauguración del próximo mundial de fútbol, de la mano de un entrenador sevillano.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




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