Aprobado general

Por Juan Manuel Jiménez Muñoz
Que este Gobierno hace aguas es cosa muy bien sabida. Como si de una maldición se tratase, a un despropósito le sigue otro; y a ése, otro mayor.
Hay en particular un ministro de Podemos con las neuronas justitas para tirarse un pedo. O sea, dos neuronas: una para lanzarlo y otra para decir que él no ha sido. Son neuronas que se mueven libremente en el espacio vacío de la caja craneal, y que se comunican entre ellas usando el eco. Me refiero, ¡cómo no!, al ministro de Universidades, un tal Castell, un tipo de aspecto hippy que trabaja menos que el peluquero de Kiko Matamoros.
Este señor, junto a la ministra Celaá (ahora denominada “persona menstruante”), ha perpetrado el mayor ataque al esfuerzo personal desde que a Fernando Séptimo le metían las prostitutas en la cama. Y es que ambos (hippy y persona menstruante) han aprobado una Ley mediante la cual:
1-Los alumnos de Primaria y de Bachillerato ya pueden pasar de curso una y otra vez con hasta dos asignaturas suspensas. Eso si además, entre clase y clase, no les da por cambiar de sexo y confundir al maestro con bailes de nombres.
2-En casos excepcionales, ya pueden pasar de curso con tres suspensos: éstos llegarán muy lejos, posiblemente a concejales de urbanismo o a liberados sindicales.
3-Ya pueden acceder a la Universidad quienes tengan incluso dos suspensos en el Bachillerato: a eso le llamamos “nivel Dios”, pues suelen acabar en el Consejo de Ministros.
Partiendo de la base de que “estar leído y escribido” no significa forzosamente tener educación ni ser una magnífica persona, y de que hay genios sin estudios e idiotas con doctorado, esta apología del suspenso, esta hagiografía del perezoso, esta loa del igualitarismo por abajo, ha sido ejecutada por el ministro hippy con las siguientes palabras:
<<Condenar a la gente a perder años de vida porque ha tenido “un” suspenso me parece totalmente injusto y elitista>>.
Me pinchan y no sangro. No sé si tirarme al tren o si tirarme al maquinista. No sé si cortarme las venas o si dejármelas largas. Horroroso, lector. Horroroso. Esta gente tiene menos vergüenza que un gato en una matanza, y menos luces que una patera. Vamos a ver, señor Castell. Analicemos su frase por agrupaciones de palabras:
1-“Condenar a la gente a…”.
Amigo hippy: repetir curso para que el alumno aprenda algo no es “condenar a la gente”. Una condena es otra cosa. Una condena es meter en la cárcel a alguien por no respetar un semáforo, por robar una gallina o por organizar una insurrección en un territorio de España. Y esto último… ni siquiera. Repetir curso, cuando verdaderamente se precisa, es un favor que se le hace al alumno, a los padres, al Estado y a la sociedad en su conjunto. Insisto: repetir curso no es una condena. Una condena es verse como me he visto yo y como se han visto muchos: aprobando sin remisión en junio porque perdías la beca, quedándote en la capital los fines de semana para evitar distracciones en el pueblo, hincando codos y deshojando libros mientras tus amigos ligaban con las niñas y se tomaban dos cubatas en la discoteca. Porque becas teníamos muchos, y ahora todos, y los padres pueden ser más o menos ilustrados, o más o menos diligentes, o más o menos colaborativos, pero nadie le pone a su hijo una pistola en el pecho para que abandone los estudios. Más aún diré: afortunadamente, los niños con dificultad de aprendizaje, o con Síndrome de Down, o con dislexia, o con sordomudez, o con trastornos del espectro autista, tienen hoy recursos que en mi época no existían, y profesores de apoyo, y psicólogos a su servicio. Y muchísimos ¡lo logran! Lo logran, señor hippy. Lo logran. Y si ellos logran llegar en los estudios a las metas que desean… no me venga con milongas ni insulte a mi inteligencia. Si ellos pueden… todos pueden.
2-“…perder años de vida porque ha tenido un suspenso”.
Amigo hippy: repetir curso no es una enfermedad mortal. Y menos si el niño ha trabajado menos que el intermitente de un tren. Los años de vida se pierden cuando alguien pasa de curso sin haberse enterado del contenido del curso anterior. El alumno que arrastra suspensos es una especie de zombi en el curso superior, acumulando ignorancia, dando trabajo al maestro y molestando a sus compañeros para paliar el aburrimiento. Y sí, lo reconozco: es posible que, para fomentar el clientelismo, incluso con suspensos acabéis otorgándole un titulillo de algo, un titulillo que valdrá menos que la próxima moneda virtual de Cataluña, la que ha propuesto Junqueras: el bizcoin. Un titulillo que no servirá en ningún lugar serio del mundo, salvo en las mayores empresas de colocación del país: los sindicatos y los partidos políticos. Un titulillo que será pura basura. Un titulillo que, en el improbable caso de que cuele, nos pondrá en peligro a todos: un cirujano con suspensos trasplantándote un riñón; un arquitecto con suspensos calculando la carga máxima de un edificio de cincuenta plantas; o un presidente del Gobierno enmendándole la plana al Tribunal Supremo y decidiendo los años de condena que le salen del intestino grueso. O de los huevos.
3-“…me parece totalmente injusto y elitista”.
Amigo hippy: a mí lo que me parece injusto es que, desde la misma aula y en el mismo día, pueda pasar de curso una niña con todo sobresaliente y un niño con dos suspensos. Sí. Es muy injusto que esa persona menstruante llegue a la falsa conclusión de que sus profesores le acaban de tomar el pelo, cuando el pelo se lo está tomando usted. Y lo que me parece elitista es que ustedes, quienes hacen estas leyes para el común de los mortales, matriculen a sus hijos en colegios privados trilingües donde jamás permitirían la barrabasada de un aprobado general, y donde sus hijos entrarán en contacto con un estrecho círculo de influencias que les harán prosperar en la vida. Porque para los pobres, y para los hijos de los pobres, la única escalera de ascenso social ha sido el trabajo duro, el esfuerzo personal, la honestidad, la honradez, la educación pública, las oposiciones públicas y los títulos universitarios de prestigio. Y ustedes se van a cargar todo eso igualando por abajo, devaluando los títulos, edulcorando las oposiciones, haciendo trampas al solitario y convirtiendo a los ciudadanos en militantes sumisos. Y eso se lo digo yo que he estudiado en la enseñanza pública desde primero de parvulitos hasta sexto de medicina. Y por eso, justo por eso, ahora me puedo mostrar impertinente: porque me sale del intestino grueso. O de los huevos. Y porque ya no soy persona si no me llaman fascista dos o tres veces al día.
Señor ministro Castell. Conozco su impresionante currículum académico en las lindes del marxismo, cuando no dentro de él. Conozco su vibrante nacionalismo catalán de última hora, muy frecuente en un señor natural de Hellín, en la provincia de Albacete. Y a pesar de ello, a pesar de sus grandes virtudes, parodiando al gran Sazatornil, me atreveré a plantear un dilema: no sé si es usted imbécil por pertenecer al Gobierno, o si pertenece al Gobierno por venir averiado de serie.
En todo caso, señor Castell, le envío la peor maldición de mis tierras andaluzas. La peor de todas. La más grave. La más inquietante. La más profunda: <<ojalá se le seque la yerbabuena>>.
Cagoentó. ¡Qué daño está haciendo la ayahuasca!
Firmado:
Juan Manuel Jimenez Muñoz.
Persona no menstruante.

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