Aprender de Wojtila veinteañero

Polonia, nación oprimida que tres veces en la Historia desapareció literalmente del mapa, para llamarse parte de otras naciones, gozó a partir del final de la Primera Guerra Mundial de unos veinte años de existencia en libertad. 

Esos veinte años casi coinciden con los primeros de vida del que vendría a ser Juan Pablo II, y acaban, como es sabido, en 1939. Durante la terrible ocupación nazi, en una época de persecución, hambre y terror sobrevenido, cuando el horizonte de su vida desapareció de golpe (entre otros mil desafueros, la Universidad de Cracovia, en la que Wojyila empezaba sus estudios, fue clausurada y sus profesores asesinados), es interesante observar la reacción de los que sobrevivieron, no sólo física sino moralmente.

Karol Wojtila formaba parte de un grupo de teatro de aficionados, el Teatro Rapsódico. Cuando todas las reuniones estaban prohibidas, y ya se sabe de qué modo castigadas (Auschwitz está al lado de Cracovia)… los miembros del grupo continuaron reuniéndose, y ensayando las obras en la mayor de las clandestinidades, jugándose la vida cada segundo, en medio de los horrores de la ciudad, de las mil tragedias personales.

Alguien podría pensar: “¿Y tan necesario era ese teatro? ¿Para eso se avenían a correr tantísimo peligro?”. Había escasez, precariedad total. Karol vivía con su padre, de delicada salud, y en un ambiente de piedad intensa, de responsabilidad, de lo que hoy llaman “valores”. Es decir, no haría las cosas por inconsciencia o capricho juvenil. ¿A qué venía tanto riesgo para jugar al teatro?

Más tarde, al morir su padre, ingresó en el seminario clandestino, y volvió a correr grandes riesgos para hacerse sacerdote. Eso todavía suena más comprensible: el fervor de una vocación para quien se siente llamado por Dios bien merece un riesgo. Pero, ¿el teatro?

Ochenta años más tarde, y trasladándonos a la piel de toro, un español que ame su lengua y su Historia y sufra por los ataques que hoy recibe, empieza a comprender mejor al actor aficionado Karol Wojtila.

La ocupación nazi amenazaba con aplastar la lengua y la cultura polaca. Los jóvenes del Teatro Rapsódico reaccionaron manteniéndola, recitándola. A sus ojos, esto era tan importante, o más, que defender a su patria con las armas. “Nuestra lengua, nuestra literatura, vamos a usarla”.

La comodidad en la que estamos instalados nos hará preferir, a aquellas circunstancias terribles, la de nuestra España de 2020 (¡al menos, por ahora!). Pero el peligro que se cierne sobre nuestra lengua no es, por insidioso, menos dramático. Las pintadas a un busto de Cervantes en Estados Unidos no son sino el símbolo de este proceso de degeneración silenciosa.

Está muy bien que el embajador proteste, y que se escriban libros y artículos en defensa de la verdad. Pero sugeriría reaccionar, ante los ataques a España, también de otra manera, y es cuidando de nuestra lengua. Recordar que en política se habla de “asuntos interiores”, no de “asuntos domésticos”; en español, “asuntos domésticos” es otra cosa. Recordar que “application” se traduce por “solicitud”, y “concurrence” por “competencia”, y “consistent” por “coherente”. Ya la batalla por el buen uso de lo que en español es “evidencia” la doy por perdida… No se dice, en buen español “Estamos felices de anunciar…”, sino “Con gran alegría comunicamos que…”.

Un amigo británico deseoso de practicar el castellano decía con asombro, paseando por las calles de Sevilla: “Pero, ¿por qué está todo en inglés?”. Empezando por el “Llegadas” del aeropuerto, donde se recibe a los viajeros con un “Welcome to Seville”, sin más. No cabe mayor autocolonialismo. Pero todavía la invasión de letreros urbanos, “Coffee shop, mid-term sales, Nails”, etc, todavía ese fenómeno al menos es descarado, y ya lo critican algunos. Dentro de lo humillante y absurdo, no es lo más peligroso. Tiene la excusa de que todo son cadenas, franquicias…

Es mucho peor el fenómeno del mal hablar por parte de los que incluso se consideran personas “cultas” y del mundo de las letras. Inconscientemente parecen creer que un término nuevo es “mejor”, más sofisticado que el de toda la vida. Son los que empezaron diciendo “evidencia” cuando no procedía, y “remarcar”, que tampoco es castellano pero sonaba más refinado que decir resaltar o subrayar o destacar… Es por ellos, por los pedantes, que la lengua degenera. Por ellos se perdieron los artículos de los titulares de las noticias (un periodista pretencioso es peor que un traductor automático). Hasta las preposiciones, que alguien definía como las entrañas del idioma, se usan ahora mal. ¿Por qué leemos tan a menudo “entró al teatro”, en vez de “entró EN”…?

Sonará extraño, pero un buen modo de reaccionar al ataque al buen Fray Junípero es detenerse un instante antes de hablar o sobre todo escribir, recordar cuál es la palabra castellana para decir algo (por ejemplo, “coherencia”), y emplearla, en vez de, por pereza mental, repetir el palabrejo mal traducido del inglés que al parecer es el que se estila.

Somos libres. Imitemos en empeño de los que, en la Polonia de hace ochenta años, actuaron en la clandestinidad, con el noble afán de preservar su lengua.


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