¡Apartarse; están mirando!

Hace muchos años, sin teléfonos móviles entonces, pero sí, eso desde siempre, en el maremágnum de las máquinas fotográficas, flashes, tomavistas, en pleno bullicio delante del paso de la Macarena, comentaba un anciano nostálgico:

-¡Y pensar que cuando yo era joven (debía ser en los años cincuenta), alguna vez, viendo la Macarena, se oía un rumor: “¡que ahí hay uno con una cámara fotográfica!”, y nos apartábamos, le dejábamos sitio…! Y ahora todos haciendo fotos…

El exceso de fotos ha acompañado siempre a la Semana Santa (al menos, hasta donde podemos recordar incluso los no jóvenes). Si en los años noventa del pasado siglo había menos que ahora, la diferencia en cantidad se compensa con la mayor molestia que suponía el sonido de los disparos de las cámaras –hoy son silenciosas-, los trípodes a cada paso, el deslumbramiento de los flashes y hasta de los tomavistas. Por eso resultaba curioso el testimonio de aquel señor; de manera que hubo una época en que las personas vivían el momento, y la presencia de “una cámara” era tan rara que, admirados, hasta se apartaban…

Así pues, la presencia de cámaras en la Semana Santa de los noventa era constante, inevitable, tenaz… Más valía disfrutar de lo que tuvieran de bueno; por ejemplo, en medio de la penumbra, de repente brillaba un instante el rostro de la imagen de un Cristo –era el disparo de un flash… Los fogonazos tenían algo como de mágico. Eran la única ocasión de ver con claridad, pero sólo durante un momento fugacísimo, el rostro del Gran Poder a su paso por la plaza del Museo a oscuras.

Luego llegó la funesta revolución, casi coincidiendo con el milenio, de las cámaras digitales; las que acaban con la intriga de “cómo saldrá” la foto. Hasta entonces, por mucho que se abusara de las fotografías, como éstas no podían verse hasta después del revelado, pues no impedían las impresiones reales vividas en el momento. Aunque muchos sólo vieran la realidad a través del ojo de la cámara, al menos lo que veían “era” la realidad.

Con las cámaras digitales, se llegaba a no ver en ningún momento la imagen real, sino desde el principio sólo la versión fotográfica. Esto llegó al paroxismo con los móviles y otros dispositivos. A menudo, entre la multitud, no se puede ver el paso sino a través del dispositivo de la persona que está delante. 

Y así hemos llegado al 2023, a rizar el rizo del absurdo. La fotografía no es para adquirir un recuerdo que gustará contemplar más adelante; no, pues pasado el momento ni se miran. Primero dejaron de imprimirse, y luego dejaron hasta de mirarse. ¿Para qué se hacen pues? Posibles contestaciones:

-Por rutina, por inercia, sin saber muy bien por qué. Es algo que “hay que hacer”, lo hace todo el mundo, es lo establecido. “La Esperanza está en besamanos”, instintivamente uno hace la cola, y cumple el rito que ve que han hecho los de delante (hacer la foto- ¿qué otra cosa es una “veneración”? “Acto de sacar el móvil y hacer la foto ante la imagen sagrada”, pondrá en breve la RAE). No porque luego la vaya a mirar ni a servirle de nada.

-Para los que usan redes sociales, o mensajerías (que esto último ya prácticamente todos), como se ha perdido el lenguaje y hemos vuelto al de signos, el modo establecido de decirle a un amigo o familiar “He venido a este lugar, he asistido a tal o cual ceremonia” es hacer la foto y enviarla, sin palabras. Hasta el básico e intrascendente mensaje “Estoy en el supermercado”, muchas personas no saben expresarlo si no es con fotos. Así pues, una vivencia que se supone bella, y de cierta emoción y trascendencia, se reduce a un disparo de móvil y a un enviar o “colgar” en redes sociales. (Por qué ha de interesarle a un amigo o familiar algo que no le interesa mucho ni a uno mismo – desde luego no lo suficiente para concentrarse un momento en ello-, eso es otra historia)

-Contemplar, emocionarse, supone una cierta disposición de ánimo, una actitud de apertura a la belleza y a la trascendencia. No siempre se tiene esa capacidad. Las personas sensibles perciben cuándo, por cualquier circunstancia personal, deja de emocionarles lo que solía hacerles tal efecto y sufren por ello (“No sé qué me pasó. Visité El Escorial y es que me dio igual”, decía una estudiante entusiasta, irritada consigo misma al ver que el cansancio la había podido). Captar la belleza, deleitarse con ella, olvidarse un rato del resto del mundo, esto es algo hermosísimo pero ni está al alcance de todos, ni lo está para nadie a tiempo completo. Pero con el recurso fácil de “hacer la foto” pues ya, ¡qué más da si no me he emocionado, si no he contemplado, si me ha fallado el celestial regalo de un instante de absorción en la eternidad! La foto es algo concreto, fácil, es la “prueba” de que he estado allí. La foto acaba con sutilezas de si he sabido captar una emoción, de si una vivencia me dice algo, si me enriquece o no… Cuando la consigna es hacer la foto, la afoto, ciertamente se eliminan dudas y angustias. De eso todo el mundo es capaz. Con la foto hecha, todo el mundo sale satisfecho.

Podíamos seguir elucubrando sobre este tema tan crucial en nuestras vidas. Pero volvamos al principio- al señor que en los años cincuenta había oído decir “Apartarse, que hay una cámara de fotos”.

En las ceremonias de estos días, cuando se “venera” una imagen, se visitan los pasos ya montados en las iglesias, y luego, cuando estén ya incluso con las flores, todos querrán fotografiarse sonrientes delante de ellos, ¿no sería deseable, que, si por ende aparece alguien con los ojos anhelantes y las manos vacías (sin agarrar el móvil), deseando acercarse por ejemplo al Cristo Yacente, no sería adecuado que algún responsable dijera: “Apartarse, por favor, que hay un señor mirando”?

Frente a la banalidad de la foto, dejen paso a alguien que quiere hacer algo más elevado: contemplar.




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