Antonio

#BocaPrestada

Somos muchos los que alguna vez hemos pasado a tu lado. Yo confieso desde aquí, que jamás dejé sobre tu platillo una moneda. Quizás fuera por aquel miedo íntimo que nos infunde la pobreza y que nos hace apretar dentro del puño ese dinero que llevamos encima como una suerte de amuleto que nos protege de la penuria. Conozco quienes hicieron por ti más allá de deslizar algo de chatarra a tu vera. Quien te compró aquella manta que te cubría, quien te dejaba pagado el desayuno… Hasta sé de quien denunció por inhumanidad a los dueños de aquel portal del que te desahuciaron como en un descenso por el más ínfimo de los escalones de la indigencia, en una escalera por donde ellos bajaban aún mas que tú mismo.

Lo que no sé a ciencia cierta es donde quedaron los que alguna vez fueron tus seres más cercanos. Si alguna vez besaste los labios cálidos de una mujer a la que recuerdas en el borde de un vaso de café prestado. Si alguna vez, Antonio, acariciaste el pelo de un niño dormido que fuera de tu misma sangre y de tu misma piel. Y si alguna vez tuviste un hermano con el que jugar en ese hogar de luz en el tiempo pasado que será siempre la infancia.

Leo en el ABC de Sevilla que llevas más de quince años varado en esa fría playa del fracaso que es la calle. Como un náufrago de todas las esperanzas viendo desde abajo pasar a los demás, atareados en sus vidas, en sus trajines de prisas ajenas; un desterrado de todos los relojes que no tiene más tareas en su quehacer que aguardar la sucesión de la oscuridad incierta de la noche por la habitada soledad de la mañana.

¿Qué fue de ti, Antonio? ¿En qué momento la vida te dejo tan solo, postrado en el andén de unas vías donde no hay parada ni estación, esperando tal vez la fortuna de la caridad amable del despojo y la limosna?

Yo he pasado por tu lado, Antonio, rehuyéndote la mirada como si la pobreza fuera una lepra para la conciencia que infecta con la vista y se evita con el desprecio.

Ahora tengo noticia de que no habrá más techo de estrellas en tu noche, ni más calor abrasador en tu día; ahora leo que hay quien, en ti, nos ha socorrido a todos por la indignidad de nuestro desdén cubriéndote con una casa. Una casa que probablemente no será un hogar, pero con la que nos habremos lavado todos nosotros un poco la afrenta expuesta a la vista de nuestro egoísmo.




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