Antisistema son ellos

“¿Ha cambiado el mundo o he cambiado yo?” es una pregunta que se hacen seguramente muchas personas cuando constatan ciertas incongruencias vitales, como disfrutar de cosas que antes no se estimaban o viceversa; o dejar de admirar instituciones que se han defendido toda la vida… Sí, es como para planteárselo: ¿qué ha cambiado?

Retrocedamos unos veinte años, o alguno más. Si se producía la llegada en visita oficial de un Jefe de Estado, u otro acontecimiento institucional solemne, era habitual, entre los que lo veían por televisión, que inevitablemente surgiera uno con el típico comentario sarcástico y destructivo. “¡Vaya cochazos! ¿Lo estás viendo? Un Mercedes detrás de otro. Qué asco”. Esas burlas eran como un jarro de agua fría para una persona inocente, que contemplaba el evento con cierto interés, y, sin entender de marcas de coches, le parecía lógico que algo que representaba a España tuviera el mayor decoro posible; sinceramente no comprendía el “Qué asco”, ¿asco de qué?

Esas escenas, esos jarros de agua fría, con chorros de cinismo, escepticismo y burla estéril (no daban ningún argumento, no se podía discutir con ellos pues no planteaban racionalmente nada- sólo soltaban su burla como un escupitajo) fueron siempre una constante. Representaban una ola de amargura, de malestar… quitaban “calidad de vida” espiritual. Corroían el sistema por el gusto de destruir, sin intentar mejorarlo. Luego apareció una palabra para definirlos: eran “los antisistema” (que viven del sistema, claro). Lo opuesto a una persona de mirada limpia; lo que menos me podía agradar.

Pero he aquí que en 2022 acuden a la capital de España decenas y decenas de Jefes de Estado y de Gobierno, reyes, personalidades, a un macro evento oficial; y resulta que las imágenes de esos actos (que antaño hubiera contemplado con inocente interés, como un campesino de otros tiempos admiraba la coronación de un rey, sin sombra de “envidia” sino orgulloso y sintiéndose representado)… le inspiran a la ex persona inocente una repugnancia tan intensa, un malestar tan profundo que sólo pasados unos días alcanza a reaccionar un poco, para intentar explicárselo.

¿Qué ha cambiado? No vale el tópico fácil de “eso es la edad” o “con el tiempo uno se desengaña de todo”, pues esas son puras frases cínicas y escépticas que no explican la verdad de las cosas.

Examinando la Historia, y mal que le pese a los cínicos (para quienes todo es un juego de poder y explotación, y al parecer no existen las buenas intenciones. “Cree el ladrón que todos son de su condición”) hay épocas más sinceras y sanas que otras. Amar el propio país es tan sano como amar a la familia. Lo lógico es contemplar con simpatía un evento nacional importante, como se participa de manera benevolente en la boda de un familiar.

Hace unos veinte años había muchos elementos que permitían a un bien pensante creerse en una sociedad sana; mirar por ejemplo con simpatía que los Reyes de España acudieran a inaugurar algo, e incluso ese algo quedaba revestido de una dignidad mayor. 

En 2022, ¿quiénes son los mandatarios que se reúnen? ¿A quién representan? ¿Son personas que creen en algo? ¿Algún elemento de la civilización occidental los une? Por no creer, no creen ni en que existan hombres y mujeres. Ni en la integridad de sus territorios. Ni en ninguna libertad individual, ni en el valor superior de la vida humana. Déspotas que nos prohíben de todo, hasta literalmente respirar (siguen las mascarillas en los transportes públicos… menos para ellos), que nos inducen a no comer, no viajar, no utilizar coches ni aviones… mientras con un chuleo que no tenían ni los reyes asirios ordenaban paralizar la capital de España para sus cortejos de vehículos.

La ex persona inocente no ha cambiado. No se ha convertido en cínica. Sigue creyendo en lo mismo. Le desagradan los corrosivos y estériles “antisistema”.

¿Qué ha cambiado entonces? Pues que ahora los antisistema son ellos (los grandes mandatarios).

Los mismos, literalmente, que salen a la calle con unas pancartas para chillar “por el medio ambiente” (¿qué sentido, qué utilidad tiene eso…?) son los que ocupan los puestos de poder. No son gobernantes, son tiranos. No representan a la civilización, sino al odio a la misma.

Hace años, hubiera incluso disfrutado de saber que el comedor del Palacio de Oriente, esa bellísima estancia (después de visitar ese palacio, es difícil conmoverse con ninguno otro. Frente a ese esplendor contenido y proporcionado, sereno y regio, cualquier otro suena a ostentación barata), que ese comedor se utilizara, que se diera allí un banquete de bienvenida a otros reyes o Jefes de Estado. En una época sana, con gobernantes que procuran el bien del pueblo, viviendo en un país consciente de su Historia, pues un buen banquete en semejante estancia hubiera sido un placer, un motivo de legítimo orgullo para todos. No hubiera habido nada que criticar, ¿por qué? Los ciudadanos nos hubiéramos sentido perfectamente representados.

En 2022, esa imagen, que ni contemplar he querido, de ese grupo de antisistemas venidos a más, supone una profanación de nuestros espacios más nobles. Han humillado y banalizado el Palacio Real, el Museo del Prado.

No he cambiado. Los antisistema son ellos.




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