Antígona. Electra. Cristina

La ola de zafiedad y grosería que, aparte de invadir el mundo, se acentúa más al tratar ciertos personajes y ciertos temas; el triste fenómeno del chivo expiatorio y de ensañarse con el árbol caído (el extremo opuesto de la actitud civilizada, que es el contemplar a una persona que ha expiado su culpa no ya con simpatía sino incluso con respeto; el haber tenido alguna propia culpa a la vista del público y que haya sido condenada y expiada, ese hecho, en un mundo donde “el justo peca siete veces al día”, y tantos millones de culpas no salen nunca a la luz, pues ese hecho, subrayador de la condición humana, transmite, en su infortunio –y si es merecido, con más razón- un eco de la solemnidad de las grandes tragedias que hicieron Historia)… toda esta vulgaridad nos cierra los ojos ante un episodio que rivaliza con las tragedias griegas; con la obra de Proust; con cualquier drama de Shakespeare.

“No hay mayor obra de arte que un ser humano –escribía José María Pemán– . Por eso las grandes obras literarias suelen titularse lacónicamente con un nombre de persona. Otelo, Hamlet, Antígona”… Un Sófocles que hoy viviera, ajeno a la grosería barata y atento a la profundidad del drama del corazón humano, tendría que titularlo, trocándolo acaso por un nombre menos común, “Cristina”. Y la obra en cuestión, lejos de ser algo de rechifla y mal gusto, sería un enriquecimiento del patrimonio literario mundial, una digna émula de Hamlet o de la leyenda del rey Egeo, o de Tristán e Isolda. El misterio del amor humano, las ansias, por definición siempre insatisfechas, de permanencia y de eternidad, la fatalidad de una fruslería echando a perder años de sacrificio, la dedicación, fidelidad y lealtad, también casi por definición condenadas a la ingratitud…

Tragedia griega, y con ecos de Marcel Proust; en la obra de este último se describe cómo el narrador era incapaz de retener a su amada, cosa ajena al raciocinio; tanto desde el punto de vista sentimental (¿cómo desprecia una mujer un amor tan sincero y generoso?) como incluso desde el profano y materialista (el narrador era “de clase alta”, con lo que eso entonces significaba; ella, una perdida. Aunque fuera por conveniencia, lo lógico era que la muchacha al menos fingiera corresponderle). Pero no, uno no tiene el menor poder sobre el corazón humano; todo cálculo se estrella…

Nuestra época zafia ha olvidado hasta lo más elemental, el respeto y la simpatía que deben inspirar los grandes infortunios. (“Son merecidos”, dirán algunos – ¡y cómo juzga cuando quiere esta época que de tan tolerante presume!. “Merecidos”. Bueno… Con razón rezan los cristianos: “Señor, no nos trates como merecen nuestras culpas”; continuamente en casa misa se insiste al Todopoderoso: “¡No tengas en cuenta nuestros pecados!”. Dios nos libre de que nos den nuestro merecido…).

En “El Conde de Montecristo”, después de una escena tremenda en la corte de Justicia, en el transcurso de la cual el principal magistrado, señor de Villefort, cae en desgracia y se exhiben todas sus vergüenzas, cuando éste, hundido, abandona la sala, pues “vio abrirse ante él las filas de la multitud, aunque muy apretadas. Los grandes dolores son de tal modo venerables que no hay ejemplo ni aun en los tiempos más desgraciados, de que el primer movimiento de la multitud reunida no haya sido un movimiento de simpatía humana hacia una gran desgracia…” (la palabra “desgracia” usada en el sentido de “deshonra”).

“La multitud, impresionada, respetó…”. ¿No nos espantamos de cómo este comentario que tan intemporal parece, no pueda aplicarse hoy día? La de Dumas no es una novela rosa; se describen odios, venganzas, crueldades… y sin embargo esta frase indica una nobleza de fondo que en su momento era muy realista, y que hoy parece de cuento de hadas. Ya no tenemos sino chusma que insulta; ni un instante de estremecimiento ante las tambaleantes realidades de la vida, el tenue hilo que separa el prestigio de la miseria, el esplendor y el descrédito… Como si la vida no fuera con nosotros.

Una posible explicación de la hostilidad añadida, de la crueldad gratuita, hacia una mujer que ha apoyado a su esposo contra viento y marea, y de un modo que, si lo leyéramos en una novela, sonaría exagerado e inverosímil: que no se le perdona… precisamente eso.

Si la Infanta Cristina se hubiera divorciado hace doce años, y desde entonces hubiera tenido otros dos maridos, ricos y famosos, o bien otras “parejas”, pues… pasaría más inadvertida. Encajaría más en el sentir de la sociedad. 

La lealtad, la fidelidad a un cónyuge en toda circunstancia… No es ya que estas cosas no estén de moda, es que  despiertan odio activo. No se perdona que alguien tenga sentimientos intensos y profundos. No es de extrañar que esto suceda en el moribundo Occidente, caracterizado desde su inicio por un conocimiento de las pasiones humanas y un sentimiento de respeto por el misterio del sufrimiento que éstas producen, que va desde “Electra” a Marcel Proust.

No es momento de repetir chistes baratos, sino, para quien conserve un mínimo de humanidad, de respeto hacia un drama que pone de relieve las verdades más importantes de la vida.

(Tanto que decimos: “Un minuto de silencio, un minuto de silencio”, cuando no viene a cuento. Pues ahora sí que resultaría oportuno)




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *