Annual

Todos los años celebramos efemérides, y en el presente 2021 hay varias: es Año Jubilar Jacobeo y también Guadalupano, por ser domingos los días 25 de julio y 12 de diciembre; es Año Ignaciano, al transcurrir el quinto centenario de la conversión del santo de Loyola; se cumplen cientos de años de las construcciones de la catedrales de Burgos y Palencia, así como los primeros cien de la feria de los patios de Córdoba, y, como sevillanos, viviremos actos que nos recuerden el centenario del nacimiento del rey Alfonso X el Sabio, hijo de nuestro santo patrón, muy vinculado a la capital hispalense, donde falleció, y a quien debemos el símbolo de nuestra ciudad, NO-MADEJA-DO, según la mayoría de los historiadores.

Probablemente ya habrán leído u oído algo al respecto de estos eventos, pero quizás no lo hayan hecho sobre un acontecimiento del que se van a cumplir cien años en el próximo verano: el desastre de Annual, poblado en el norte de Marruecos entre Melilla y el peñón de Alhucemas, acaecido entre finales de julio y principios de agosto de 1921.

Para conocer los orígenes de aquella terrible matanza donde murieron más de diez mil españoles, hay que remontarse a la conferencia de Berlín (1884-1885), donde Europa se repartió toda África, de forma muy beneficiosa para Francia y Reino Unido. Dado que el sultanato de Marruecos no había sido objeto de reparto, que la pérdida de las colonias en América había herido el orgullo patrio y que a Reino Unido, con su dominio sobre la Roca, no le interesaba tener a Francia en la otra orilla del estrecho de Gibraltar, España hizo valer sus aspiraciones de conquistar el terreno comprendido entre Ceuta y Melilla, ciudades españolas desde 1656 (Ceuta era portuguesa desde 1415) y 1497 respectivamente, y Francia aceptó a regañadientes ceder a España la franja norte del protectorado, que había impuesto al sultán, mediante la firma de varios tratados.

Ya en 1909 se produjo una agresión de las tribus rifeñas a los trabajadores españoles de las minas de hierro del Rif, cercanas a Melilla, que dio lugar a la intervención del Ejército español, pero no fue hasta terminada la primera guerra mundial cuando se desencadenó un conflicto que se alargaría durante años. 

Abd el Krim, caudillo rifeño, con las tribus sublevadas, infringió una severa derrota a las tropas españolas, calificada como desastre, tanto por la nefasta gestión de nuestros mandos (el general Silvestre fue abatido por un francotirador en la refriega), sin agua y sin avituallamientos y sin noticias de refuerzos, como por la forma en que fueron ejecutados todos los que se rindieron a unos nativos salvajes que llevaron a cabo todo tipo de infamias con nuestros soldados: “Cuerpos mutilados, momias cuyos vientres explotaron. Sin ojos o sin lengua, violados con estacas de alambradas, las manos atadas con sus propios intestinos, sin cabeza, sin brazos, sin piernas, serrados en dos” (relato del sargento de ingenieros Arturo Barea tras reconquistar el territorio perdido).

La mayoría de aquellos desdichados era tropa de reemplazo, y estamos hablando de una época en la que sólo cumplían el servicio militar los que no podían pagar para librarse de él: jóvenes de una España con elevados índices de analfabetismo, que iban al frente entonando el pasodoble de la bandera (“banderita tú eres roja, banderita tú eres gualda…”), pieza musical compuesta por el granadino Francisco Alonso en la opereta “Las corsarias”, en el verano del mismo año en el que habían asesinado al presidente Eduardo Dato un ocho de marzo.

Aunque la guerra duró hasta 1927 y terminó con la victoria de la coalición franco española, este hecho se interpreta como el detonante del golpe de Estado de septiembre de 1923 que dio lugar a la dictadura de Primo de Rivera, como el origen del desencuentro del pueblo español con la monarquía, por haber sido Alfonso XIII uno de los impulsores de la contienda, y como el inicio de un período que condujo al advenimiento de la segunda república, con generales en su ejército que se habían formado en África, como Francisco Franco. 

Desde aquellos años muchas olas han barrido ambas orillas del estrecho: Marruecos alcanzó su independencia y su fundación como estado en 1956, la marcha verde sobre el Sahara en 1975, las sucesivas oleadas de pateras sobre nuestras costas, y la última oleada de inmigrantes en Ceuta de hace unas semanas. Hay problemas que se resuelven, y otros que se disuelven. Las relaciones entre los dos Estados han sido siempre una materia especial en la gestión de nuestros diplomáticos y de (casi todos) nuestros presidentes de gobierno.

Como españoles haríamos bien en profundizar en el estudio de nuestra Historia para aprender de ella (les recomiendo leer “El vuelo de los buitres: el desastre de Annual y la guerra del Rif” de Jorge M. Reverte, editorial G. Gutemberg) y como creyentes (los que no lo sean también pueden dedicar unos minutos a su memoria) no estaría de más elevar una oración por las almas de aquellos soldados masacrados lejos de su patria, olvidados de todos los que no les conocieron, que entregaron sus vidas sin recompensa alguna.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com

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