Qué día tan hermoso para recordar aquello de lo que hemos de sentirnos orgullosos. En este día se me vienen a la memoria Alberti, Pemán, Lorca, Martín Alonso Pinzón, Bécquer, Falla, Antonio de Nebrija, Juan Ramón Jiménez, Adriano, Trajano, Cornelio Balbo, Averroes, Aníbal González, Camarón de la Isla, Cánovas del Castillo, Mercedes Formica, Salvador Távora, Mariana Pineda, Picasso, Joaquín Cortés… y así, unan a esta lista innumerables nombres, de ayer y de hoy, que han dado, están dando y tendrán que dar esplendor universal –y volveré a repetir esta expresión y esta última palabra– a lo que somos. El Día de Andalucía debiera ser tal para reivindicar las aportaciones culturales, sociales y políticas que hemos dado a España; un día para reivindicar que somos un pueblo capaz que ha dado gloria a todo un país. Un país que, desde hace mucho, se mira en este espejo por mucho que a algunos cueste reconocer.


Nunca fui andalucista, pues no creo en el andalucismo como patria, sino como parte indispensable e indivisible de una mayor llamada España. Lo siento, no soy andaluz de bandera blanca y verde enarbolada con el grito del que reclama nacionalidades ni autodeterminaciones; soy andaluz, orgulloso andaluz, de lo que esta tierra ha regalado, regala y ha de regalar a España entera.

Me siento orgulloso de la Andalucía que celebra la desvergüenza de don Carnal en febrero y se siente libre para decirle cuatro verdades –cuatro verdades que aquí sí dice el pueblo– a quienes se pasan por el Arco de la Rosa lo que este necesita, que es la misma Andalucía que en primavera estalla, como el azahar, en devociones; que es la misma que recita los versos de sus poetas en una de los más bellas formas de hablar que el español diera; que es la misma que se viste de feria y no distingue, porque no le importa, entre quienes son y quienes llegan a disfrutar de su alegría; que es la misma capaz de universalizarse a través de sus artes; a través de andaluces que, en multitud de disciplinas, esta tierra ha parido. ¡Qué grande es esa Andalucía!


Me dirán, y no les faltará razón, que los andaluces hemos sido, por culpa de aviesas exageraciones y aberraciones, el hazmerreír de España; que nos han señalado con las más humillantes chanzas; que las andaluzas eran las eternas chachas; que éramos los analfabetos por antonomasia, los vagos de fiestas y siestas, de romerías y procesiones; los señoritos de puro, juergas y corridas de toros, que aquí vivíamos del aire y de los cantes y bailes flamencos. ¡Ay! Si muchos supieran cuánta amargura cabe en esas letras…

La Andalucía de pandereta era, sin embargo, aquella de hombres y mujeres que tenían que mantener a su familia y trabajaban de sol a sol en los campos, en las canteras, en las fábricas, en las salinas, en el exilio en tierras extrañas… Y fue desde esta misma Andalucía desde donde zarparon las naves que descubrieron América; y donde España entera, su gobierno, se cobijó para hacer realidad la primera constitución, la de Cádiz. Y la misma que fue capaz de organizar hasta dos de exposiciones, la iberoamericana de 1929 y la universal de  1992, ambas en Sevilla, siendo muestra fehaciente de lo que esta tierra es capaz de albergar y en qué puede convertirse.

Hay que proclamar esta Andalucía y hay que clamar por la Andalucía del siglo XXI, por supuesto, pero con ideas del siglo XXI. Alejada de los nacionalismos inexistentes, esos que solo separan; de las mentiras de aquellos que solo lanzan soflamas políticas que buscan la confrontación –los réditos–, y no me importa el color que luzcan sus ideas. Hay que reclamar una Andalucía más unida y de menos despropósitos provincianos. Una Andalucía libre de caciques ideológicos. Una Andalucía indispensable por su historia y sus logros en la unidad nacional, orgullosa de su acervo y de lo que este supone. Una Andalucía diversa y, a la par, valedora de sus tradiciones. Una Andalucía de derechos, sin coartar los de nadie. Una Andalucía libre, pero libre de los que dicen venir a liberarla; que aquí no necesitamos libertadores de pacotilla, sino quienes se partan la cara, de verdad, donde han de partírsela por ella y su pueblo.

Me siento orgulloso, decía, de una Andalucía que ha sido referente por lo que ha supuesto dentro de la historia de España, por lo que esta no se entendería sin aquella; por su inmenso legado, por su vasta cultura, por sus riquezas: lingüísticas, literarias, históricas, geográficas, costumbristas, arquitectónicas, naturales… Por sus gentes, por su idiosincrasia.

Más allá de lo que puedan decirnos con el pufo del convencionalismo revestido de revolución, del amor interesado que algunos demuestren, de las convicciones poco convencidas de quienes dicen trabajar por Andalucía, hoy es el día para reivindicar que somos el legado de una herencia universal que hemos de cuidar, por sí, España y la humanidad.

Por todo ello, ¡viva esa Andalucía! ¡Feliz Día de Andalucía!