Algo que no debería ocurrir

Amanecía el Benito Villamarín, este sábado de derbi, presentando un gran aspecto al darse cita 23.000 aficionados para vivir el Betis-Sevilla femenino. Un encuentro que pasará a la historia pues la casualidad o el destino han querido que tanto el derbi masculino como el femenino coincidan el mismo día y, además, porque nunca se había jugado un derbi femenino en el coliseo de La Palmera. De ahí la enorme expectación y las 23.000 localidades vendidas.

Para fomentar que se viva el gran derbi de una manera diferente, basada en la convivencia, el respeto y la tolerancia entre aficiones, el Sevilla F.C. y el Real Betis Balompié se han unido a Uber para crear el cortometraje “Romeo y Julio”, con la loable finalidad de acercar al espectador -y, en concreto, a los aficionados de ambos clubes- a la necesidad de una rivalidad sana entre ambas aficiones. Esta magnífica iniciativa de ambos clubes que rompe estereotipos y pone el foco en la rivalidad entre los dos principales clubes de la ciudad, cuenta la historia de Romeo y Julio, una pareja que va a contraer matrimonio y se enfrenta a la incomprensión de sus familias, no por la orientación sexual de los novios, sino por la afición de estos al fútbol, ya que la familia de Romeo es del Betis y la de Julio del Sevilla.

Pero, a pesar de los intentos y las iniciativas dirigidas a disfrutar de un derbi sano y tolerante, lo que tenía que ser una fiesta y motivo de orgullo para el Betis se ha visto emborronado por una parte de la grada que decidió dar la nota negativa. Joaquín Caparrós, técnico del Sevilla que, recientemente, desveló que sufre leucemia crónica, fue el blanco de una serie de lamentables y despreciables cánticos que coreaban “esta noche, se muere Caparrós, se muere Caparrós, se muere Caparrós”. Si bien, es de destacar que fueron entonados por una parte de la grada mientas que la mayoría de los presentes lo recriminaron con pitos.

En el fútbol español la asistencia a los estadios está al alcance de aficionados que pueden llevar a sus hijos sin temor, en la mayoría de los casos, a sufrir ningún tipo de incidente violento de carácter físico (verbales, eso es otra cosa). Sin embargo, siguen siendo muchos los casos de violencia en los estadios. Cada semana miles de seguidores acuden a los estadios para animar a su equipo y aparcar durante 90 minutos las preocupaciones y los problemas de la vida diaria. Sin embargo, cada semana, también, se repiten episodios que alertan de que el fútbol pueda llegar a ser un espectáculo más cerca del espanto que de una fiesta deportiva. En las gradas de los estadios anidan grupos radicales que hacen de los campos espacios de intolerancia, grupos minoritarios que encuentran en el fútbol un lugar ideal para hacer apología de la violencia.

Lamentablemente, esos episodios violentos no son hechos aislados y lo que sale a la luz no es más que la punta del iceberg de un fenómeno que salpica a todas las categorías del fútbol español. A ello se suma la permisividad de la sociedad y la tibieza de los clubes que, en la mayoría de los casos, se lavan las manos alegando que no es culpa del club, ni siquiera del fútbol, sino de determinados hinchas violentos que nada tienen que ver con este deporte pero a los que, paradójicamente, siguen admitiendo en sus gradas bajo el argumento de que no quieren gradas en silencio, en lugar de procurar que sus actuaciones públicas hagan gala de los valores que propugna el deporte y que su gestión se ajuste a criterios de juego limpio, de respeto a las normas deportivas, a los rivales y a los aficionados.

No obstante, las Autoridades Públicas no han estado pasivas ante este fenómeno. En 2007 se promulgó la Ley contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte y casi simultáneamente se creó el Observatorio con el mismo nombre y finalidad. Pero entre esas intenciones iniciales y la puesta en práctica de medidas efectivas para detener el fenómeno hay un gran vacío. Son varias veces en las que se ha criticado la falta de recursos de dicho Observatorio, así como la improvisación y descoordinación en la aplicación de sanciones.

Podremos vestirnos con diferentes colores pero lo cierto es que todos compartimos la misma pasión por el deporte. Ante la violencia alrededor del fútbol solo caben medidas contundentes que persigan la erradicación de los grupos de salvajes que han hecho de sus agresiones, sus insultos y de la imposición de la ley del más fuerte una forma de vivir el fútbol que pone en peligro la convivencia y abochorna a una sociedad que contempla atónita algo que no debería ocurrir.



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