Al rico disparate helado

Sostuvo siempre Karl Popper que no había ninguna posibilidad de convencer racionalmente a nadie que hubiese obtenido su convicción de manera emocional.

La gravedad de tal aserto en una democracia supone una condena a perpetuidad no sólo para las víctimas de semejante proceso, sino, sobre todo, para el resto, porque, de este modo, cuantos más analfabetos e incapaces de profundizar en las causas racionales de los hechos, más fácil les resultará constituir mayorías indelebles a los descerebrados que han llegado a sus convicciones de ese modo. De ahí, tal vez, esa insolencia de la ministra de Neguri que quiere sustituir las clases de matemáticas en las ramas de Ciencias por alguna optativa relacionada con el género… tonto.

Resulta descorazonador contemplar que tan catastrófica gestión de una crisis, con ese paisaje poblado de cadáveres y de ruina económica, pueda contar aún con alguna clase de respaldo en la calle más allá de quienes dependen estrechamente de la continuidad del régimen para su mera supervivencia.

Fuera de ello no hay excusa racional ni perdón posible para tan nefastas negligencias cometidas ni para el riesgo que corren la sociedad democrática y sus instituciones con un gobierno lleno de rencores, malignas iniquidades, mentiras de bulto y latrocinios inexplicados, todo ello envuelto en un panorama de morgues infinitas, de dramas extensivos y de catástrofe económica irremediable y generalizada.

Pocas personas puede haber a estas alturas en España que no se hayan visto o se vayan a ver afectadas de manera muy directa por las consecuencias de tan nefanda, torpe y negligente acción de gobierno, ya sea por la cercanía con resultado de muerte de algún familiar o amigo, por contagio cercano, por suspensión grave en el ejercicio de derechos fundamentales o por la dramática consecuencia económica que padecerán incluso quienes puedan sentirse todavía protegidos por el manto protector de una nómina de funcionario.

A tal efecto, recuérdese que Grecia, Portugal e Irlanda se vieron forzadas no sólo a congelar o rebajar sueldos y pensiones, sino también a prescindir de millares de funcionarios para adelgazar el presupuesto a cambio de recibir ayudas imprescindibles en forma de deuda para sostenerse dentro del euro y, en definitiva, para salvar el cuello. La otra opción, pueden preguntar a Tsipras o a Varoufakis, habría sido… la edad del hielo, un verdadero cambio climático sin las chuminadas y tonterías de Greta.

Escuchas hablar al prestigioso hematólogo y diputado de Vox por Madrid, Juan Luis Steegmann Olmedillas, y percibes la inane preadolescencia en la que vive sumergido un gobierno de inútiles cuyo ministro de pandemias que encabeza el Mando Único en este estado de alarma, ese Salvador Illa, no es capaz de articular una sola ocurrencia que resulte incontestable o que no necesite de las muletas de una emocionalidad partidista, acientífica y prejuiciada a su favor para que pueda sostenerla.

El tal Simón, en manos del Dr. Steegmann, es un “flecha” o un “pelayo” al servicio del régimen de turno, que monta en moto y que esconde su inhóspita marrullería presuntamente experta bajo el halo de sus correrías juveniles por el mundo con alguna organización de “Follatrices Sin Fronteras”.

Atrapados en la horrenda gestión no ya de la crisis en su conjunto, sino en cada faceta de la misma, sabíamos que la única salida viable para este gobierno de mindundis que declaman obscenas propuestas sobre el turismo, sobre la industria o sobre el campo, sería sólo abundar en la mentira y en la propaganda con el único objetivo de mantenerse al mando como cualquier tirano de novela.

Ábalos es un elefante en la cristalería cada vez que habla; las garzonadas de Garzón hacen aumentar el precio del pan hasta en Nueva Zelanda; los simplismos de Yolanda Díaz remiten a “Barrio Sésamo”; la palabrería hueca y abundosa de Montero nos lleva hasta los teleñecos; las matonerías de Iglesias conducen a las checas y al Paracuellos de una Tutsilandia abominable; las flatulencias de Castells nos instalan en el manicomio; las ñoñadas de Pedro Duque son dignas de “El hormiguero”.. y se me va la mano; las enrevesadas malicias de Marlaska sobrepasan en perversidad las de un garito oscuro de Malasaña; la espiritista Carmen Calvo no tiene palabras ahora ni para comunicarse, salvo con el virus, a quien parece haberle otorgado una corporeidad canonizable y mantiene con él conversaciones sesudas y profundas en su apartamento a cargo del Estado.

Pero lo peor de todo es que cuando el Gobierno trata de ponerse serio, anuncia un comité del que no se tienen los nombres (y si no se tienen sólo puede ser porque tal comité no existe, pues la ley obliga a hacerlos públicos) o pone al frente de un pomposo comité de ‘deconstrucción’ de la nueva normalidad a dos analfabetos profundos como Patxi López y Adriana Lastra, sin estudios conocidos, y a un representante de unas milicias narcoguerrilleras del Tercer Mundo. ¿Quién puede respaldar tanto disparate junto dispensado en cada telediario?

Una cosa sí sabemos, que a Inés Arrimadas le pudieron las hormonas, se puso de parto antes de tiempo y parió un entierro, el de su partido, con una ristra de argumentos desmontables como un mueble de Ikea.

A Sánchez le ha bastado una charla con Rufián y una nueva traición a su palabra y al Estado para dejar a los votantes de C’s con un biberón en la mano y un muñeco entre los brazos que finge que llora cuando le aprietas las costillas.

Apenas una sesión de control más y el Parlamento se despedirá hasta septiembre, con un verano por delante para que el Consejo de Ministros reparta decretos-leyes como panes y peces de un Presidium bolchevique.

He dicho.

2 Comments

  1. Caravagio48 dice:

    Ole ole y ole!!!

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