Ahorrar para el Interraíl

El detalle del Interraíl para los jóvenes es peccata minuta en este panorama de descomposición general de una sociedad desde cualquier punto de vista (incluido el de la supervivencia física más elemental: se están destruyendo pantanos de agua para… “para no molestar a los peces”. Todavía creerán algunos que “la economía es el motor de la Historia”, cuando estamos viendo que lo son las ideas). 

Pero es un detalle muy revelador. Como en tantos otros casos, se trata de políticos dedicándose a tocar y alterar lo que ya funciona, y además no les compete. En vez de tratar los problemas, pues intervienen en lo que no presentaba problema alguno – por pura ideología.

Dirán que no viene al caso, pero este asunto se asemeja algo a los repulsivos experimentos actuales al enseñar las primeras letras. La cartilla está ya inventada, y es de los inventos redondos y perfectos, especialmente en el idioma castellano, con su maravilloso a,e,i,o,u, con su da, de, di, do, du… Pues se oye decir: “En el colegio de mi hijo ahora empiezan con la U”. El rencor a todo lo que nos identifica se hace extensivo a todo, de manera ridícula. Ahora hay que “consolar” a la vocal U por haber estado siempre la última, poniéndola la primera…

¿Qué tiene esto que ver con las propuestas de gratuidad para el Interraíl? Pues mucho: se trata de estropear lo que ya funciona. No de innovar. Innovar es inventar algo nuevo. El invento de la lavadora, por ejemplo, pues sí supone un adelanto con respecto a lavar a mano. Decidir quién tiene que poner la lavadora dentro de un hogar, eso es opresión e intrusismo.

Pero volvamos al tema original: la propuesta de que el Interraíl sea lo que ellos llaman gratis (que es lo más gravoso para el ciudadano). Aparte de la obvia demagogia, quien le tiene afecto a esa simpatiquísima iniciativa del siglo pasado, de dar a los jóvenes la posibilidad de conocer Europa en tren a módico precio, y se maravilla y alegra de que aún exista (hoy, que acaso muchos jóvenes se hayan subido a un avión más veces que a un autobús urbano), pues se apena viendo cómo los de arriba pretenden destruirla.

Porque darlo gratis supone destruirlo. El Interraíl, como bien recordamos los que hemos podido disfrutarlo, supone una aventura, un reto. Obviemos aquí las enormes diferencias entre el milenio pasado y el presente cuando se trata de viajar (la “aventura” ahora, siempre guiados por el teléfono móvil, es infinitamente menor. Lo lúdico, fácil y discotequero se impone mucho más que las visitas culturales. Las ciudades europeas se han banalizado y uniformado de manera que cuesta trabajo distinguir un país de otro. En fin, las diferencias son abismales – pero apartémoslas). Los jóvenes van con la idea de “pasarlo bien”, por supuesto, pero aun así, la experiencia del Interraíl no es un placer fácil y obvio servido en bandeja. Requiere una organización, algunas renuncias, un esfuerzo. Exige llevarse bien con los compañeros, o, si se emprende en soledad, el saber soportarla. Aun con las facilidades del siglo XXI, el pasar un mes fuera de casa y desplazándose continuamente, y tomando decisiones a cada momento, pues presenta ciertas exigencias. Hasta para disfrutar hay que esforzarse.

El billete de Interraíl es baratísimo si se considera todo lo que ofrece, pero, en términos absolutos, supone un dispendio de cierta entidad para un veinteañero. Esto forma parte del reto y del estímulo. ¿Merece la pena ahorrar, gastar en eso lo ya ahorrado, pedirle a los padres? Hasta con los padres más consentidores, que sufraguen todos los gastos de un viaje de Interraíl, el hijo beneficiado ya sabe, que, por puro sentido común, el siguiente capricho importante tardará algo en volver a llegar; decidirse por el viaje conlleva siempre un elemento de riesgo, de inversión. Uno invierte un mes de su vida; en lo económico, lo ahorrado, o lo recibido como regalo. Que el viaje suponga un cierto coste económico es hasta otro estímulo para disfrutarlo a fondo. No es concebible que un joven, ante cualquier pequeño inconveniente o disgusto, al tercer día decida renunciar y volverse a casa. 

Hasta para disfrutar hay que “sufrir” (a menudo, para lo que más). No vale el echarse atrás; hay que amortizar lo invertido. De este modo, aun cuando el tipo de experiencia Interraíl se centre en lo lúdico y en la vida nocturna, y con las facilidades de Internet hayan desaparecido mil retos, pues aun así conserva un cierto valor formativo.

¿Qué sucederá si a partir de ahora “es gratis”? En el primer momento, como en todo lo demagógico, pues muchos dirán “¡Qué bien!” (y estamos dejando aparte, claro, lo fácilmente que unos “regalan” lo que no es suyo, ¿o esto sale del bolsillo privado de un gobernante? Pero aquí nos centramos en que, desfachatez aparte, robo aparte, esta medida daña hasta al que dice beneficiar).

En el primer momento, acaso los jóvenes se alegren. Pero ya verán cuán pronto desaparece la ilusión que despertaba esta experiencia, perdido ya todo estímulo. En el momento en que uno recibe en casa el billete gratis para irse de viaje un mes, esto pierde su atractivo, adquiere tintes de obligación, y lo que buscará instintivamente será escabullirse. Se amontonarán los billetes, tras intentos de cambalaches y de reventas indebidas. Y, al que emprenda el viaje, al tercer día, al menor contratiempo, ya estará de regreso en casa.

Al tiempo.




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *