Adornos peligrosos

Nos hemos habituado a ver en los informativos unas imágenes de fondo adornando lo que dicen, pero sin que correspondan a la realidad de la cual hablan. Están de adorno. Son como algo publicitario. Como si en una marisquería hubiera cuadros representando vistosas escenas de la salvaje vida marina; guarda cierta relación con un negocio en donde se sirven gambas, pero tampoco garantiza, ni siquiera pretender afirmar, que su producto proceda de tan pintorescos lugares vírgenes. O como si en una cafetería “gastronómica” hubiera murales representando los hermosos campos de café de Colombia, o las plantaciones indias en Darjeeling: quedan bien, hacen juego con la idea de un café o un té de calidad, pero no garantizan, ni siquiera afirman necesariamente que sus productos vengan de allí.

Esto queda muy bien en negocios privados, cada uno lo decorará del modo que vea más oportuno. Pero, ¿es igualmente lícito si hablamos de telediarios; de informativos que se llaman así, “informativos”, y pagados del erario público?

Tenemos a un presentador dando una noticia, y de fondo unas imágenes ilustrativas, relacionadas con el tema. Pero, ¿qué pasa cuando esas imágenes distorsionan brutalmente la realidad? Ni siquiera los puedes acusar de mentir (suponiendo que esto les hiciera temblar) puesto que ellos, como el dueño de la marisquería, nunca han afirmado que las imágenes se correspondan exactamente con la noticia – la adornan, la ilustran nada más.

Así pues, nos hemos acostumbrado, notoriamente a lo largo de estos últimos dos años, a escuchar que “los contagios han subido un tanto por ciento en tal o cual comunidad- o en tal o cual grupo de edad” (es decir, la multitud de “tests” que ciudadanos perfectamente sanos se realizan compulsivamente arrojan estos o aquellos resultados)… mientras de fondo nos presentan las grabaciones, ya tan familiares, de dramáticas escenas hospitalarias. Guardan una cierta relación, sí: informan que personas “sin síntomas” (lo que antaño se llamaban personas sanas) arrojan un “positivo” en un misterioso test, “positivo” indicando que hay indicios de un virus, que, en el peor de los casos, puede conducir hasta un hospital, incluso hasta una unidad de cuidados intensivos. Pero la relación entre ambas cosas, entre las imágenes de fondo y la noticia concreta en cuestión, es similar a la que pueden mantener la fotografía de un salmón salvaje cerca del Océano Glacial Ártico con el plato que en realidad sirven en un bar. Adorna, ilustra, ilusiona.., pero nada más. Pero claro, la sensación que dejan en el espectador es totalmente engañosa.

¿Son convenientes estos adornos, estas imágenes decorativas de fondo?

Ahora, con la guerra de Ucrania, la cosa ha llegado a mayores. De manera burda y fácilmente detectable, se dan noticias de “la invasión de Ucrania”, “la estampida de refugiados”… mientras de fondo presentan grabaciones de otras guerras, de otros años, e incluso de películas y hasta de videojuegos. Todo es apto, todo “adorna”.

Y lo más llamativo es que si osamos comentar esto (“Pues esas imágenes ya las vimos en 2015” “Pues esa escena es de una película”)… chocamos con la mayor de las reprobaciones; se nos acusa de ser indiferentes a una guerra que de hecho tiene lugar. Lo cual es curioso: si de hecho la guerra está teniendo lugar, un afectado por la misma tendría indignarse de que se emplearan mentiras que le quitan crédito, en vez de proporcionar imágenes genuinas.

Hay quien, al precisar que en un ataque no murieron treinta sino tres, reacciona indignado: 

¿Y te parece poco? ¿Y todavía quieres que haya más muertos?

Habría que responderle:

-A mí no me parece poco. Es horrible que haya tres muertes violentas. A quien le parece poco es al que, examinando la cifra, ha decidido multiplicarla por diez. A ese sin duda que le ha parecido poco. También la realidad bélica actual le debe parecer poco alarmante, cuando recurre a escenas de guerras anteriores o de películas para ilustrarla. Ese sí que parece echar de menos más dramatismo, más muertes.

(Presiento un resurgimiento de la palabra “negacionista”, tan exitosa en los últimos dos años para acallar cualquier matiz, cualquier precisión al discurso gubernamental…).

Incluso hay quien específicamente admite el engaño, no niega que se den imágenes y cifras falsas, pero considera que eso no tiene mucha importancia, que puesto que la guerra es real, ¿a qué viene irritarse por una inexactitud más o menos?, y nos acusa, a los que sí lo hacemos notar,  como de mezquinos “por preocuparnos más de que nos den una grabación falsa más o menos, que de que mueran personas”.

La cosa no pude ser más descabellada. Precisamente en los temas más delicados, en los que atañen al sufrimiento humano, es donde la mentira resulta más sangrante y dañina. Recordemos los horribles casos en los que se han inventado un niño enfermo de enfermedad gravísima e incurable que pide donaciones. Evidentemente, esa mentira es muchísimo peor que cualquier otra sobre un tema banal. Precisamente los más conmovidos por la guerra tendrían que ser los primeros en revolverse de indignación ante cualquier falsificación de su realidad.

Pero los telediarios, ¿quieren mentir o simplemente “adornar”…? Y, ¿no es ya deleznable que guarden en los archivos esas grabaciones de UVIs, bombas, explosiones y tanques… para algo tan trivial como “adornar”, poner algo que haga juego…?

Sugeriría que , para “adornar”, pues que instalaran en el plató un ramo de flores. Más hermoso, esperanzador y más sincero.




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