Adiós, Clint Eastwood Iglesias

A usted y a mí, querido lector, nos faltan datos suficientes siempre para poder interpretar y prever la realidad y lo que se avecina, pero a ellos no, porque lo tienen todo a su alcance, incluso la capacidad para ocultarlo y transmitirnos datos engañosos o tergiversados que nos conduzcan al error o a la confusión.

Quiero decir con esto que ni usted ni yo, querido lector, nos vamos a creer jamás que la decisión de Pablo Iglesias de abandonar todos los cargos, y su discurso victimista autoproclamándose “chivo expiatorio” a la manera de un sacrificio de Abraham, la tomara anoche después de conocer los resultados cuando además lograron aumentar el número de diputados. ¿Acaso alguien en su sano juicio podía aspirar a convertirse en líder por aclamación frente a Díaz Ayuso?

Tampoco usted ni yo nos vamos a creer nunca que la decisión de abandonar la Vicepresidencia del Gobierno de la Nación un mes y medio antes para disputarle unas elecciones autonómicas a Isabel Díaz Ayuso, que rima con ilusos, la adoptara la noche antes al 15 de marzo después de conocer el fracaso de las diferentes mociones de censura promovidas por la escalada de traiciones en cadena de Inés Arrimadas contra el PP, quién sabe si ordenadas por la UE como pago en especie a Pedro Sánchez a cambio de desalojar del gobierno al díscolo farsante.

Uno puede profetizar todo aquello que su miedo le indique y señalar los riesgos de cada paso, pero, en mi humilde experiencia, los augurios en política conviene hacerlos sobre los datos de la realidad y no tomando como referencia los meros gustos personales ni las vísceras de una oca o de una cabra como en el oráculo de Delfos o en los templos de Mercurio.

Anoche, en su espantosa despedida, Iglesias casi comenzó como la bruja Lola en horario de madrugada, sólo que en lugar de pronosticar sobre los Aries, los Piscis y los Capricornio, auguró una serie de fatalidades impostadas e inventadas para distraer a la concurrencia sobre el arribo inminente del fascismo y el crecimiento de la deslealtad institucional (¡manda webs que eso lo augure el tipo que no acata ni la Constitución!) y ocultar así que nada de esto ha sido improvisado, ni por gusto, ni por casualidad.

Tampoco, desde luego, como consecuencia de los resultados en Madrid, a menos que alguien creyera de verdad con una ingenuidad fuera del tiempo y del espacio que las encuestas del muy tarbenario Tezanos no estaban cocinadas y que Pablo Iglesias iba a erigirse como el campeón de los votos en la Comunidad a la que dejó tirada en las residencias de mayores, su Paracuellos particular.

Dicho de otro modo, todo parece indicar que en algún momento de estos meses de atrás, mientras se preparaban los paquetes del rescate, la UE le hizo llegar a Sánchez que no nos llegaría ni un euro de las ayudas mientras tuviéramos a un lidercito al estilo de Varoufakis (encima sin formación alguna) en la cabeza de un gobierno que juega a la revolución permanente y a la desestabilización.

El dinero en Europa es miedoso por definición desde los tiempos de la aristocracia negra veneciana y de los mercaderes holandeses hasta nuestros días, de modo que no les llegue nadie con lagrimitas pero menos aún con chulerías y desafíos de gallito a la ventanilla si no quiere terminar doblando la cerviz, como le ocurrió a Tsipras cuando amenazó con sacar a Grecia del euro y la UE por boca de la Merkel le respondió: “¡Enga, échale cojones!”… Y se lo hizo todo encima, claro. Varoufakis vive ahora millonario contemplando los atardeceres desde su residencia de lujo en la colina de en frente del Partenón.

Lo que vimos anoche, a mí me parece, fue sólo el desenlace anunciado de un pacto de transición que Sánchez le comunicó a su propio socio de gobierno muchos meses antes: “Pablo, te tienes que ir”.

Podría haberse rebelado, pero al cobarde revolucionario de opereta le ofrecieron un buen precio, que consiste en largarse de las instituciones con la billetera repleta (es el político que presenta un crecimiento de patrimonio más fulminante) y listo para seguir ejerciendo de alborotador por libre, como antes lo hicieron el cómico Beppe Grillo en Italia o el payaso Tiririca en Brasil, el parlamentario con más apoyo popular de aquel país enorme. Si me apuran, hasta el célebre Danny el Rojo, el de las legendarias algaradas del 68 en las calles de París, es otro de los precedentes de estos revolucionarios asimilados por el “stablishment” por un precio.

En definitiva, Pablo Iglesias, el insomne de las teleseries y de las palabras extraídas de Silvio Rodríguez cuando ya no sabe qué decir (“caminando fui lo que fui”, de la canción “El Necio”), puso precio a su salida de la política institucional y se vendió por un pastón a la Trilateral, a la OCDE, al Banco Central Europeo y a todos los demonios desatados a los que hasta hace cuatro días señalaba como el “Eje del Mal”.

En un último intento de estigmatizar al adversario calificó a Díaz Ayuso de “derecha trumpista”, pero ni una vaga referencia europea, no sea que le retiren el cheque, y una y otra vez desligó al PP del concepto de “la ultraderecha”, lo cual habría sido impensable unos meses antes. París no sé, pero el chalé de Galapagar y lo que conlleva bien vale una misa. Por un puñado de dólares, la muerte tenía un precio. Adiós, Clint Eastwood…

He dicho.




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *