«Acostarse con quien se quiera»

Hace unos meses, el señor Alberto Carlos, conocido como “Albert”, declaró en una entrevista, al ser preguntado por su situación sentimental, que “estaba orgulloso de vivir en un país en el que uno puede acostarse con quien quiera”.

Semejante tópico banal no parecía merecedor de una reflexión, y menos cuando viene de alguien de quien no se espera nada, y por lo mismo no puede causar grandes decepciones.

Pero reconozco que hoy, al saltar una noticia que en teoría pertenece al ámbito de la “prensa del corazón” (“Malú rompe con Albert”), la reflexión estalla. El eco de su pomposa frase anterior, “Estoy orgulloso de vivir en un país en…” se hace cada vez más irónico.

Ciertamente esa es una frase de las que se repiten porque sí, sin que nadie se detenga a pensar en lo que realmente significa, y si eso es verdad. Es frecuentísimo oír decir en entrevistas privadas “yo tengo relaciones [digámoslo así mejor] cuando me apetece”… Y lo afirman tan tajantemente que nadie lo cuestiona; a nadie se le ocurre decir: “¿De verdad? ¿Cuando te apetece? ¿Nuca te falla? ¿La persona con la que te apetece siempre accede? ¿El lugar donde te pilla el capricho siempre es oportuno? Qué cosa más rara…”.

Ateniéndonos a la realidad, afirmar que uno “se acuesta con quien quiere” es algo que sólo pueden hacer los violadores.

Suponemos entonces que los que se ufanan afirmando eso, sin declararse por ello criminales convencionales, lo que quieren decir es (¡agárrense!), que no son partidarios del matrimonio  (¿han oído algo igual?) ni de sus sucedáneos (“pareja estable, relación consolidada”), o por lo menos, que no necesitan de esas instituciones para mantener relaciones. Modernos y progres del mundo; almas desinhibidas, ¡aplaudid!

Hasta ahora, todo normal. El progre que se cree moderno por estar haciendo lo más antiguo del mundo, y la sociedad aplaudiéndole, precisamente porque hace lo establecido y lo que se lleva. 

Pero resulta que hoy nos enteramos (con perdón de hablar de cosas que parecen de “prensa rosa” pero creo que tienen más alcance) de que “Malú ha roto con el político”, cansada ella de que él la ocultara, siendo el detonante final la negativa de él a que ella publicara una foto de los dos juntos.

Ciudadanos del siglo XXI, ¿no han leído nunca, verdad, una comedia de Jacinto Benavente, una cualquiera de sus cientos de ellas? Considerado demasiado burgués, considerado como comediógrafo que halagaba el gusto de la alta sociedad madrileña de su tiempo (aunque mucho no se diferencia en eso de Oscar Wilde, que curiosamente se ha convertido en símbolo de la progresía), casualidad sería que tuviera hoy algún lector. Pues si alguien se anima, la vida e ideas de Alberto Carlos Rivera cabría en una de esas comedias “anquilosadas”.

Tenemos al señorito protagonista. No se casa porque le gusta mucho la libertad. Pero tiene una rubita educada y discreta para llevarla a actos oficiales; y una morena apasionada y algo gitana para sus encuentritos secretos. 

A lo mejor tenemos que, como en la comedias de Benavente, el principal deseo de la mujer no es “acostarse con”, sino que el hombre que las acompaña las muestre al mundo y presuma de ello. La misión de un buen seductor es acallar los naturales deseos femeninos de “reconocimiento de la relación”, es decir, conseguir que ella, por pasión, acepte una relación oculta, por humillante que le resulte. 

Pero el desenlace de las comedias de Benavente suele ser benévolo para la dignidad de la mujer. Por lo pronto, la rubita, al sorprender a la otra (“La Otra”, Concha Piquer. Sí, sí, es muy moderno todo), lo abandona con todo señorío y dignidad. Y meses más tarde, hasta la morena fogosa se cansa también de que la tenga tan escondida.

Pues cuando caiga el telón, aplaudiré. Porque el talento de Benavente, tranquilo, sin pretensiones de rompedor, sino sólo describiendo con cierto donaire las situaciones que él veía, tiene el mérito de retratar muy bien no sólo a la burguesía de su “anquilosado” tiempo, sino a la progresía del siglo XXI.

Pero siga creyéndose moderno, señor Rivera, cuando vuelva a visitar a sus queridas en pisitos, o en hoteles escondidos. A los que nos gustan las novelas del siglo XIX, e incluso las anteriores (Jane Austen), esto nos entretiene mucho.



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