La estación veraniega en el hemisferio norte, época de recolección y alegrías, desde siempre propició la celebración de fiestas tradicionales en las distintas culturas. Casualmente un joven país, los Estados Unidos de Norteamérica, oficia su día festivo nacional en el cuatro de julio. Conmemora con ello su Declaración de Independencia respecto de la Corona Británica en el año 1.776. Fue posible aquella independencia tras una guerra que, según tengo entendido, se inició en la portuaria ciudad de Boston con una revuelta que fue conocida como el “Motín del té”. Al parecer los americanos estaban bastante molestos por los aranceles con que los británicos gravaban al té y otros productos procedentes de la metrópoli. Y estos colonos, para defender sus intereses, abordaron los barcos de la Compañía Británica de las Indias Orientales y tiraron al mar los fardos de mercancía.

Así, por culpa de los aranceles entre otras causas, los norteamericanos se hartaron del rey Jorge III, se declararon independientes, redactaron su Constitución y empezaron a recibir inmigrantes de todos los confines del mundo. Y a pesar de las diversidades étnicas, culturales y religiosas comenzaron a forjar unas señas de identidad propias y unívocas. Se convirtieron en Nación con su bandera de barras y estrellas. Empezaron a idolatrar a sus héroes patrios como Washington y Lincoln. Crearon también hasta un típico sueño americano: hacer fortuna y comprar un rancho en el estado de Texas (nada nuevo bajo el sol). La contrapartida en su particular modelo económico capitalista ultra-liberal es que cualquiera puede quedarse tieso de solemnidad y tener que aguantar al raso el biruji de los duros inviernos de Chicago. En las heladas orillas del lago Michigan tendrá que calentarse las manos cubiertas con unos guantes sin dedos, con la lumbre de una candela en un bidón.

Por supuesto, también tienen los estadounidenses sus bebidas oficiales: café americano y Coca-Cola. Y sus comidas típicas: hamburguesa y pizza. Como allí las pizzas se elaboran con todos sus avíos, llevan sus rodajitas de aceitunas negras sevillanas, como Dios manda. Y claro está, trescientos veinticinco millones de americanos jamando pizzas, empujan más que un final de mes en una casa de familia numerosa. Son capaces de comerse en el almuerzo a las campiñas de Arahal, Utrera y Dos Hermanas. Y en la cena, tragarse las aceitunas del Aljarafe entero, con Morón, Osuna y Estepa.


Como la historia es cíclica y a veces hasta centrífuga, ahora es el gobierno de los Estados Unidos el que desde su elevada posición de consumidor preeminente grava con fuertes aranceles la importación de aceituna de mesa procedente de la Unión Europea. Las empresas exportadoras sevillanas han reducido a la mitad sus ventas al país norteamericano en beneficio de productores locales y de terceros países. Y no es asunto baladí, pues la burda explicación a este gravamen arancelario impuesto por el gobierno de Donald Trump es que la producción de aceituna sevillana compite en situación de ventaja porque está subvencionada con las ayudas económicas de la política agraria común.

Hay que realizar una gran labor didáctica para explicar a los ‘yankees’ que el cultivo del olivar en el valle del Guadalquivir procede de una tradición milenaria que se ha perpetuado a través de los tiempos en las distintas civilizaciones que han poblado estos lares. Demostrarles que la aceituna Manzanilla Sevillana es la más apreciada en todo el mundo por su gran calidad, su extraordinario sabor y su fácil deshuesado. Y sobre todo, el Comisario Europeo de Agricultura, los Ministros Españoles de Agricultura y de Asuntos Exteriores; y los muy competentes señores directivos y técnicos de ASAJA SEVILLA, han de formar un frente común para defender la vigencia y necesidad de las ayudas de la PAC ante el gobierno de Donald Trump. Las ayudas económicas de la PAC posibilitan en nuestra región el sostenimiento económico de un cultivo social que genera miles de empleos agrarios y de la industria manufacturera. Gracias a este empleo la población humana mantiene su residencia en el hábitat rural, vertebrando geográficamente nuestro país y evitando la despoblación que si padecen extensos territorios de la América profunda.

Hoy es la aceituna de mesa, pero mañana puede ser cualquier otro producto agroalimentario procedente de la Unión Europea el que sea gravado injustificadamente según este tergiversado razonamiento. Estados Unidos ha iniciado una guerra comercial con China. Si en este fuego cruzado nos cierran nuestros mercados exportadores con elevados aranceles, podemos ser los españoles quienes nos quedemos al raso en invierno, calentándonos las manos en la candela de un bidón.